F abián
Hemeroteca Esta semana
Nº 723
8/1/2007

MUROS Y MUNDIALIZACION CAPITALISTA,
¿EL NUEVO ORDEN?

Por Josu Montalbán

José Manuel Caballero Bonald, que es un infractor a tenor del contenido de su libro Manual de infractores, dijo recientemente en una entrevista: "Desde que cayó el Muro de Berlín todo va de mal en peor". ¡¿Y nosotros que asistimos alborozados a aquel derribo! Recuerdo a aquellas gentes que lloraban de emoción en medio de los ruidos de los picos y las piquetas. Recuerdo los pronunciamientos de los líderes políticos de aquel tiempo alabando aquel acto de reconciliación. Aún conservo en un cajón de la mesa sobre la que escribo un trozo de cal, pequeño, cubierto de pintura verde, que me regaló uno de mis mejores amigos. Recuerdo las canciones, las voces y las primeras grietas que permitieron que personas que solamente estaban separadas por unos centímetros pudieran verse después de muchos años de enemistad y odio. Aquel muro fue un símbolo, constituyó un paradigma del orden mundial en aquel tiempo en que la política se hacía desde bloques compactos, en aquel tiempo en que a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) se oponía el Pacto de Varsovia, en aquel tiempo en que capitalismo y comunismo, a duras penas, equilibraban los platillos de la balanza invisible en que se mostraba la estabilidad del planeta.

Cierto. Cayó el Muro de Berlín. ¿Y después, ¿qué? Por todos los lados se están levantando muros. Kilómetros y kilómetros de muros que pretenden poner orden en el desorden inevitable. Muro en Gaza que separa pueblos y familias. Alambradas en Ceuta y Melilla que separan África de Europa. Muro en la frontera sur de EE UU para que los mexicanos no suban en busca de la vida. Proyecto de muro entre Pakistán y Afganistán para que no se lleguen a mezclar conceptos de vida ni intereses estratégicos diferentes. Valla entre China y Corea del Norte para impedir el paso de refugiados norcoreanos agobiados por las penurias en que viven en su país. A los muros hay que añadir bloqueos comerciales y estratégicos con los que el Mundo de los satisfechos pretende sojuzgar a los países y las sociedades más pobres.

Pero el nuevo orden mundial no se va a construir con las mismas medidas ni con semejantes parámetros. El mundo se ha doblegado ante las soflamas del neoliberalismo. Europa no admite variaciones. La caída del bloque comunista se llevó consigo a la esperanzadora perestroika de Gorbachov, y se llevó por delante también gran parte de los anhelos de la izquierda. François Houtart, director del Centre Tricontinental de Louvain (Bélgica), lo explica de un modo claro: "La caída del socialismo del Este europeo y la integración progresiva de la mayoría de los regímenes socialistas a la economía de mercado no contribuyen a aclarar los espíritus". Asistimos a un proceso de mundialización capitalista que está teniendo ya efectos sociales importantes. El Estado se muestra impotente ante el fenómeno de reconquista de beneficios por parte del capital, frente a las viejas conquistas que habían logrado los trabajadores mediante sus luchas sociales. El Estado –los Estados– "se ha reorientado al servicio de los intereses de los capitalistas, y al servicio de las organizaciones internacionales y de la ONU, crecientemente gobernadas por los organismos financieros y comerciales (Banco Mundial, FMI, OMC) y colonizadas por las empresas multinacionales", tal como señala Houtart.

La pregunta no es tanto "qué mundo queremos", sino "qué sociedad queremos". Sin embargo resulta evidente que el mundo se está estructurando como un gran mercado en el que el gendarme Bush se muestra implacable. La realidad es un mundo en el que las desigualdades constituyen una amenaza y la pobreza es el síntoma de una enfermedad terrible. Quienes creían que sería de la mano del mercado de donde llegarían la lucha y solución del problema de la pobreza y las desigualdades se saben errados. Cerca de 400 millones de pobres de todo el mundo ganan lo mismo que 500 personas de las más ricas. Un noruego, por ejemplo, dispone de una riqueza per cápita de 38.500 dólares, y tiene una esperanza de vida de 80 años, mientras no parece que el poder político se muestre excesivamente dispuesto a atajar sus riesgos. Houtart lo explica con contundencia: "La mayoría de las reacciones que se observan, salvo las de los fundamentalistas nacionalistas o las de los religiosos, o aún la efervescencia pentecostal o carismática despolitizante, no se oponen en absoluto a la universalización de las relaciones humanas, sino a la apropiación del fenómeno por parte de los poderes económicos".

Si antes del Muro de Berlín había dos alternativas (bloques) reales y potentes que se contrarrestaban entre sí, ahora hay alternativas diversas que no son antagónicas, sino complementarias. El nuevo orden mundial lo encarnan los movimientos alternativos a la globalización imperante, porque "la idea de un solo partido de vanguardia que sería el depositario de la verdad carece de actualidad", como dice Hautart. ¿Qué papel le queda a los partidos de izquierdas tradicionales? ¿En qué dirección deben moverse las grandes ideologías? ¿De qué modo deben integrar en sí mismas las tesis de los movimientos sociales alternativos? Se trata de coordinar las acciones de unos y otros, porque un nigeriano cuenta con apenas 779 dólares y sólo vive hasta los 45 años. Hay 1.000 millones de personas que sólo cuentan con un dólar cada día para vivir. El mercado y la globalización son los culpables del desequilibrio, que encierra serias contradicciones en su interpretación, porque riqueza y desarrollo no siempre van parejos.

De los informes anuales desarrollados por la ONU y algunas organizaciones solidarias se desprende que casi dos millones de niños mueren cada año en el mundo por falta de agua y saneamientos. Más de 2.600 millones de residentes de las regiones en vías de desarrollo carecen de servicios básicos de agua y saneamiento. A pesar de esto, la dotación de estas necesidades e infraestructuras básicas no figuran como una cuestión primordial para la mayoría de los gobiernos de las áreas afectadas. En opinión de los expertos de la ONU, cada ser humano precisa de 20 litros diarios de agua limpia para satisfacer la demanda doméstica. Sin embargo, los europeos empleamos 200 litros al día y los norteamericanos, 400. Es más, con el goteo que se pierde en los grifos y cañerías de las viviendas de los países desarrollados podría satisfacerse la demanda de 1.000 millones de individuos que carecen de este recurso básico. ¿Cómo responden los gobiernos y los organismos internacionales a estas demandas? La mundialización no es un fenómeno perverso en sí mismo, pero puesta al servicio del capitalismo se convierte en una amenaza, y
que no todos los movimientos sociales anti-globalización son antisistémicos. Houtart lo impulsa pero previene un peligro más que evidente: "Hoy se corre el riesgo de una folklorización de lo que se ha dado en llamar antiglobalización, fácilmente ridiculizable y por lo tanto recuperable y divisible. Es preciso darse cuenta de que una actitud de ese tipo no es para nada inocente y de que sería grave que los movimientos sociales se dejasen arrastrar en esa dirección. Es cierto que todo movimiento popular es portador de su cultura y que los jóvenes que hoy se movilizan escapan a los arquetipos de las movilizaciones de períodos anteriores, pero las formas expresivas no pueden reemplazar el sentido de estas movilizaciones".

El camino es largo y precisa de gran preparación, porque lo que es actualmente un gran desorden, propio de un gran mercado de compra-venta, aspira a conformarse como el nuevo orden, por cierto, desideologizado y fácil de ser confundido con el caos. Cada iniciativa genera recelos. Recientemente se reunieron en Pekín cuarenta líderes de otros tantos países africanos con objeto de forjar una alianza estratégica chino-africana. Lo chinos desean poder acceder a todos los rincones de África, donde saben que hay una enorme riqueza en recursos de todo tipo, pero los africanos saben que la competencia china es una amenaza para algunos sectores incipientes y ya presentes en el continente pobre.

Cuando, a primeros de octubre, Corea del Norte puro en marcha un ensayo nuclear, EE UU amenazó con actuar. Ciertamente el régimen norcoreano no es ningún modelo a imitar porque es capaz de gastar en este tipo de ensayos lo que necesita urgentemente para combatir la miseria de sus habitantes, pero Bush se opuso al régimen de Pyongyang porque supone una amenaza incluida en el famoso eje del mal, junto a Iraq e Irán. El gran gendarme empujó al Consejo de Seguridad de Naciones Unidas a tomar medidas de castigo e imponer sanciones y bloqueos económicos. Se reservó además la "opción de defender a nuestros (sus) amigos, aludiendo sobre todo a la otra Corea y a Japón. Sólo las reticencias de China hicieron mella en la actitud belicosa del gobierno de EE UU. Algo parecido cabe decir de lo acontecido algún tiempo antes cuando Irán anunció su intención de enriquecer uranio. Que el llamado eje del mal no esté, todo él, en plena guerra con EEUU (y sus aliados) sólo es consecuencia de que la guerra de Iraq se ha convertido en la más flagrante derrota para Bush.

En esa franja del Este asiático se juega una parte importante del nuevo orden estratégico del mundo, como se juega en Oriente e Israel, como se juega en el norte de África, o en la franja de Gaza y Cisjordania. Pero en el tablero de ajedrez que es el mundo, no todas las piezas se mueven en base a estrategias encadenadas. El nuevo orden es cada vez más provisional y, por lo tanto, menos duradero. El nuevo orden no lo van a garantizar los tanques ni los militares del Pentágono porque hay demasiados flecos sueltos: Europa completándose incluso mediante la adhesión de Turquía, Rusia en una posición cada vez más peligrosa, África en la más absoluta miseria y América Central y del Sur revolviéndose y desasiéndose del yugo yanqui.

El nuevo orden mundial se constituir cuando hayamos resuelto una cadena de preguntas que recientemente se hacía Federico Mayor Zaragoza, presidente de la Fundación Cultura de Paz y copresidente del Grupo de Alto Nivel para la Alianza de Civilizaciones en un artículo (El País, "Delito de silencio', 30 de noviembre): la pobreza generada por la globalización, las deslocalizaciones productivas, la incorporación de gigantes col hina e India al crec miento planetario, la acei ación de algunas dictad' as sólo porque beneficie a economías de mercad de guerra, el gasto en a mamento, la explotacie ndiscriminada de recurs( iaturales, la existencia c paraísos fiscales en donc se mueve el dinero sud del tráfico de drogas y rata de blancas, los Objetivos del Milenio para la lucha contra el hambre y sida, etc.,... Creo con él que "alguien debe tomar iniciativa de esta nueva era consistente en hablar en lugar de imponer". La utopía no es una entelequia. La de Mayor coincide en gran parte con lo que mueve estas reflexiones mías: "Deberá ser Europa y sus instituciones, sus centros de enseñanza superior, sus artistas y creadores... los que inicien el camino histórico del rearme intelectual que el mundo ansía".

De momento, sólo Europa ha mostrado la sensatez suficiente para compaginar economía de mercado y niveles de bienestar dignos para sus gentes. Las múltiples demandas de los altermundistas caben en el espíritu del europeísmo. Sólo la vieja Europa puede impulsar el nuevo orden, atemperando las intenciones perversas de algunos poderosos, contraponiendo a los fundamentalismos religiosos la alianza de civilizaciones y sustituyendo el estruendo de las armas y los bombardeos por el diálogo y la palabra.

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