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| Nº 723 - 8 de enero de 2007 |
JUAN GOYTISOLO: cada cual en su verdad La aparición de los tres primeros volúmenes –de los siete previstos– de las Obras completas (Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores) de Juan Goytisolo permite al lector codearse con un heterodoxo a la española, que quizá sea el intelectual más crítico de los últimos cuarenta años. Por Mauro Armiño Entiéndase por todo la heterodoxia frente a lo admitido, tanto por la izquierda como por la derecha; empezando por la negación del maniqueísmo y el sistema pendular en que se mueve el país. Goytisolo empezó por romper, desde el punto de vista literario, con aquel llamado realismo social para caminar hacia la experimentación; con la revolución cubana al mismo tiempo que la intelligentsia europea se desprendía de ese lastre al que el antifranquismo impulsaba; con la idea del partidismo en literatura, denunciando, por ejemplo, la ninguna calidad de la mayoría de la poesía escrita durante la Guerra Civil; con la idea “europeísta y blanca”, “pasándose” al campo árabe, defendiendo a ultranza la pluralidad y mezcla de culturas; con la sexualidad bendecida abrazando la homosexualidad. Y a partir de ahí, un largo etcétera. Desde su atalaya marroquí, en Marraquesh, –a donde peregrinan poetas y novelistas de vez en cuando–, Goytisolo vive esa tensión tan española del que no quiere ser español; y aunque esta frase sea simplificadora y molesta, Goytisolo la vive a la manera hirsuta del profeta de nuevos tiempos que nunca han de llegar. Desde allí lanza sus artículos que publica El País, con un surtido de admoniciones no por repetidas menos viejas; en su base ideológica, su aceptación, no demasiado crítica y ya superada por la historiografía, de la idea de España de Américo Castro frente a la propuesta por Sánchez Albornoz; del primero salen las ideas en que basa su lectura nueva de la picaresca y de la Celestina, de La Lozana Andaluza y del Arcipreste de Hita; también de ahí salen sus “cabras hispánicas”: Menéndez Pidal, o Albornoz, o Unamuno; y su relectura de los clásicos, de figuras como Larra, etc. –Furgón de cola, libro capital, en el giro goytisoliano que aún no figura en estos tomos. Pero no suele aplicarse Goytisolo su propia receta; sus artículos-sermones repiten la misma cantinela y reprimenda a los españolitos, preferentemente de la izquierda: nadie ha leído bien, según Goytisolo, la Celestina, nadie ha sabido apreciar a Larra o a Cernuda; casi cuarenta años después de que, según él, un profesor le denunciase en 1970 por enseñar una “obra pornográfica” –La Lozana–, sigue creyendo que no se lee –he tenido que soportarla en teatro incluso–, ni tampoco La Regenta, y un largo etcétera de títulos; no rehúye Goytisolo las generalidades de profeta que clama en el desierto, y, dando vueltas al molino de lo mismo, tal vez cree que van a leer esos títulos los “españolitos” machadianos. Una murga. Y cuando se le convence de que ya se leen, aduce que faltan otros por leer, los exiliados, etc. Propio es de profeta agarrarse al cuento de nunca acabar de la cultura española, donde entre la élite, cada vez más escasa, y el resto, la distancia va agrandándose. Nadie hace caso, ni siquiera el propio Goytisolo, que, centrado en sus prioridades árabes, nos dejó sin el pan cotidiano de sus artículos en la etapa del gobierno de Aznar, contra el que no se prodigó tanto como habrían deseado sus adeptos. Los malditos, en Francia, tienen buena prensa: en España no, y el mayor de nuestros malditos tuvo que descerrajarse un tiro harto de tantos cerriles como le rodeaban –en política, en literatura– en el filo del medio siglo XIX: Larra. Goytisolo, en cambio, es una especie de intelectual mimado; viene de los extranjeros con la voz de la razón, y a esos a los que Larra llamaba papanatas siempre les impresiona; puede así Goytisolo ayudar a defenestrar a críticos que no doblan la cerviz. Y es que no termina de convencer a todos los críticos. Jorge Guillén me decía hace ya muchos años, con la malevolencia y distancia de los viejos del 27 (Aleixandre, Dámaso Alonso): “Ese Goytisolo; como me dijo un crítico italiano: si supiera escribir...”. Es lo que más se le reprocha, aunque nadie sepa exactamente que sea eso de “saber escribir”. Los suplementos culturales jalean cada semana a funcionarios del escribir, muy solicitados por editoriales y por premios, porque su prosa es tan llana y tan fofa que está al alcance de cualquiera. No es el caso de Goytisolo, que en sus mejores momentos –todo el tercero de los tomos ahora publicados, de Señas de identidad a Paisajes después de la batalla–, recurre a posibilidades del lenguaje que ponen en jaque al lector. Pero probablemente se morirá con ese sambenito de no saber escribir. Como también, quizá, nunca consiga premios que empiezan a estar al alcance de mindundis de las letras patrias: en los varios premios nacionales de teatro o novela en los que he sido requerido, a la ritual petición de propuestas del jurado para el premio Cervantes, me divierto provocando con el nombre de Goytisolo –y algún otro– a los defensores de los galas, gamonedas o matutes, que terminarán consiguiéndolo si no lo han conseguido ya. Lo rancio es que allá abajo, en la plaza de Xemaá-el-Fná, Goytisolo, el marginado, no renuncie a esas pompas (Academia incluida) y los añore por lo bajo. Pero lo más discutible de esa postura, nada peligrosa para la cultura patria –una golondrina no hace verano–, es algo sorprendente: cuando todos creíamos que teníamos en Marraquesh una avanzadilla de la información –Goytisolo tiene los datos y el medio donde publicarlo–, hemos de esperar a que un oficial del ejército marroquí publique en Francia un libro sobre las torturas a presos políticos que han estado produciéndose a dos tiros de piedra de donde vive el autor de Señas de identidad. No hay manera, además, de que el gran defensor de los humanos derechos, siempre dispuesto a denunciar crímenes en Sarajevo, Iraq, etc., no diga nada sobre las tropelías marroquíes; y tiene la falacia de echar balones fuera cada vez que se le pregunta por la democracia en Marruecos y su responsabilidad como crítico de lo que allí ocurre: desvía la piedra hablando de que también Hemingway venía a la España de Franco por su simpatía hacia el pueblo español, o que cómo hablar de corrupción en Marruecos con la que está cayendo en España, etc. Y no es la primera vez que se le acusa de servir de espantapájaros hacia el exterior a la política marroquí: la presencia de un escritor tan crítico en todos los campos, tan callado en el de los desafueros marroquíes desde los tiempos de Hassán II, no invalida sus críticas, pero... ¡Ah!, los intelectuales, siempre con sus contradicciones. Déjenlas a un lado, lean a Juan Goytisolo, es la escritura más viva y sugerente y revulsiva de los últimos cuarenta años. |