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La historia de una ignominia Acertaron los profetas de todas las catástrofes. Iban repitiendo, como el predicador incorporado por William Faulkner a su novela El ruido y la furia: "Veo padecer a Dios cerrando las puertas del cielo; veo pasar la marea que todo lo anega; veo la oscuridad y la muerte que sobrevivirán a las generaciones". También veían los augures de la derecha todo esto y más, un paisaje de tragedia, con las puertas del cielo cerradas –ese cielo que es su España–, desde que Rodríguez Zapatero empezó a transitar los senderos del diálogo con ETA. En vano, Rajoy y sus adláteres anunciaron una y otra vez que podía llegar en cualquier momento "la marea que todo lo anega". Acusaron al presidente de traicionar a los muertos, de rendir el Estado de Derecho a los terroristas, de negociar la entrega de Navarra a Euskadi y, en definitiva, de negociar políticamente con ETA, con los asesinos. Zapatero se llamó a andana, hizo caso omiso, se aferró a su buenismo de progre ingenuo, de "bobo solemne". Hasta que se cayó del andamio de sus ensoñaciones y despertó bruscamente cuando ETA hizo trizas uno de los parkings de la T-4, ocasionando dos muertes casuales aunque obviamente previsibles. Pero la muerte de los dos ciudadanos ecuatorianos puede convertirse en vida. El predicador del célebre novelista norteamericano de pronto cambió su discurso. Desde la maldad más abyecta surgía la luz redentora: "¿Qué veo, oh, pecador? Veo la resurrección y la luz; veo al bondadoso Jesús diciendo: me mataron para que volviese a vivir. Yo morí para que aquel que ve y cree nunca muera. ¡Hermanos, oh, hermanos! Veo el Juicio Final y oigo trompetas de oro proclamando la gloria ( )". Están en la gloria. O creen que están llegando a ella. Zapatero se hunde, el PSOE se quiebra, ETA recupera su oficio de verdugo sin entrañas, los ciudadanos entienden que sólo el PP garantiza el cumplimiento estricto de la ley y el orden de modo que, salvo minorías izquierdistas y/o nacionalistas irrecuperables, Rajoy regresará a la Moncloa, en esta ocasión como presidente del Gobierno. Se habrá clausurado el paréntesis ominoso de un jefe de Gobierno irresponsable y vacuo, un gauchista de salón que se siente más a gusto con Hugo Chávez, Evo Morales, Fidel Castro o Arnaldo Otegi que con los políticos del PP. El bondadoso Rajoy puede triunfar y sustituir al "presidente por accidente", muchos de cuyos votos llegaron en el tren de la muerte, el 11 de marzo de 2004. La pesadilla de los conservadores, a causa de haber sido arrojados democráticamente del paraíso, estaría tocando a su fin. El escenario descrito puede terminar siendo verdad. Sólo la sobredosis en la presión política o la ansiedad compulsiva -que son características muy arraigadas en la conducta del PP- pueden evitar del todo el vuelco electoral. Zapatero puede y debe también evitarlo, naturalmente. Pero constituye un dato objetivo de la realidad el hecho de que Zapatero no se encuentra precisamente en su mejor momento. Más bien atraviesa unos de sus peores momentos. Le ha fallado su optimismo antropológico. Le ha fallado, además, ETA/Batasuna. Como les ocurrió antaño a Felipe González y a José María Aznar. Hubo entonces una diferencia sustancial en relación con el episodio actual. Nunca la oposición se había comportado con el Gobierno de turno como ahora: desde el comienzo del proceso a la explosión del 30 de enero. Pero eso no es otra historia. Simplemente es la historia de una ignominia. Enric Sopena |
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