Hemeroteca Lista La trinchera de papel
Nº 722 - 25 de diciembre de 2006


Tolerancia y libertad

"Abandona tu conciencia, hermano Martín, la única cosa que no supone peligro alguno es
someterse a la autoridad establecida"

Palabras dirigidas a Lotero por el Obispo de Tréveris en la Dieta de Womrs (1521)

por Joaquín Leguina

En nombre de la tolerancia, los reaccionarios norteamericanos han conseguido abrir un absurdo debate sobre la procedencia o no de que en las escuelas se explicaran en pie de igualdad las tesis creacionistas y las evolucionistas.

Demostrada hasta la saciedad la inoperancia científica de aquéllas, aceptado por la Iglesia desde algún tiempo atrás que las palabras del Génesis, según el cual Dios habría creado el Universo en seis días y el séptimo descansó, no era sino una metáfora, empecinarse en que se explicaran a los escolares las tesis creacionistas, como una opción más, no es sino un abuso en pro de la confusión que nada tiene que ver con latolerancia. Y más en sociedades como las nuestras excesivamente permisivas con todo tipo de patrañas esotéricas.

La tolerancia, como prédica, nació como una forma de lucha contra la intolerancia cuya expresión más elocuente siempre fue que "la verdad no puede convivir con el error", cuyas raíces, obviamente, son religiosas o, con más precisión, monoteístas. Son las religiones del Libro las grandes intolerantes y de una de ellas –de la cristiana y como escisión– nacen en Occidente las primeras demandas de tolerancia por boca de la Reforma protestante. Fue una larga lucha que tuvo sus héroes y sus mártires y entre los primeros, sin duda, estuvo Francois Marie Arouet (1694-1778), más conocido por su seudónimo: Voltaire. "Todos los hombres estamos llenos de debilidad y de errores, por eso debemos perdonarnos recíprocamente". Posteriormente y frente a estas ideas otro pensador, esta vez católico y español, llamado Donoso Cortés, escribió: "La verdad contiene en sí misma todos los estatutos de la soberanía y no necesita autorización para imponer su yugo". Palabras sin duda intolerantes, sobre todo si se tiene en cuenta que los donosos siempre se han reservado para sí la decisión de mostrarnos dónde estaba la verdad y dónde no. Pero no echemos las campanas al vuelo, pensando que la intolerancia siempre está en el mismo campo ideológico. Donoso Cortés llevaba unos cuantos años enterrado cuando la muy progre Simone de Beauvoir escribió lo siguiente: "La verdad es una y el error es múltiple, por eso no es de extrañar que la derecha sea plural". El lector habrá comprobado que las ideas intolerantes y totalitarias, como la estupidez, carecen de exclusividad.
La tolerancia, como presupuesto del sistema democrático, parecería asegurada al encontrarse la democracia, al menos aparentemente, bien asentada. Sin embargo, no conviene olvidar que el siglo XX ha estado marcado por los totalitarismos de manera determinante. Fascismo y Comunismo han ocupado la historia reciente hasta ayer mismo... y aún colean (Castro y Kim Jong II están ahí para mostrarlo).

Las utopías generales, totalizadoras y totalitarias, han constituido la mayor tragedia de nuestros días y los millones de muertos que ellas causaron aún no están completamente contados. Fascismo y comunismo impusieron concepciones completas acerca del funcionamiento de la sociedad. Hasta los mínimos detalles fueron programados. Estas utopías produjeron un relato global acerca de la vida humana, un plan totalitario y criminal. Pensar que, primero, el final de la II Guerra Mundial y, luego, en 1989, la caída del Muro de Berlín han librado para siempre a la humanidad de esta plaga puede verse como un pensamiento optimista, pero es, sobre todo, un pensamiento insensato.

En efecto, el nacionalismo desbocado, la xenofobia que aparece por doquier en los países de inmigración, las matanzas tribales en la antigua Yugoslavia o en Africa, los fundamentalismos religiosos, las guerras civiles que amenazan a todo el Medio Oriente, los enfrentamientos árabe-israelíes..., son la muestra palpable de que la intolerancia no es un mal pasajero, sino que parece tener profundas raíces genéticas contra las cuales lucha la civilización no siempre con ventaja.

Puede pensarse, y con buenas razones, que la muerte de las grandes utopías totalitarias ha producido una especie de big-bang. Han desaparecido como un todo, pero cada una de sus piezas vaga por el espacio social captando adeptos a objetivos parciales. En efecto, el racismo no es hoy el mismo que predicaba Hitler, pero ahí está. El racismo actual carece del relato global que sí teníael de Hitler, para quien el racismo era una pieza más de la cosmovisión hegemónica aria, pero esa particular pieza racista sobrevive disfrazada con otros ropajes. Del otro lado, ¿no acecha el veneno totalitario tras utopías unidimensionales en torno a objetivos tan nobles como el feminismo o el ecologismo? Aclaro, poniéndome la venda antes del coscorrón, que la frase veneno totalitario aplicada al feminismo y al ecologismo no es mía, sino de Agnes Heller.

Las utopías unidimensionales, o de objetivo único, tienden a negar cualquier otro fin social y sus militantes suelen creer que una vez alcanzado ese único objetivo se consigue la liberación de la sociedad toda.

La democracia y la libertad son hijas de la tolerancia, pero mientras la tolerancia es una actitud paciente y, en cierto modo, pasiva, la democracia y la libertad poseen un discurso activo, en el que se encuentra el reconocimiento positivo del otro, de su derecho a la diferencia.

Aunque tienda a ocultarse con más frecuencia de lo que se cree, es la buena conciencia la que se convierte en enemiga de la libertad. Cuando un militante de la libertad la ideologiza y se hace adepto al "más todavía" se constituye en un peligro. Eterno defraudado por la realidad, siempre demasiado insulsa y trivial para su alma bella y su buena conciencia, es incapaz de comprenderla, de entender los matices y la complejidad que el uso de la libertad conlleva. Por eso conviene recordar que la democracia, como la vida, está llena de imperfecciones; que los derechos que la democracia procura, están siempre contrapesados, limitados por otros derechos, también por las obligaciones que constituyen la moral social. De entre las cuales ocupa el primer lugar (Kant dixit) la obligación de cumplir las leyes. Incluidas aquéllas que se desea cambiar. •

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