Nº 722 - 25 de diciembre de 2006
 
Hemeroteca Esta semana

De cómo el PP le había cerrado las puertas
a Loyola de Palacio

Con motivo del óbito de Loyola de Palacio, todos los periódicos de derecha a izquierda han coincidido en exaltar las virtudes humanas y políticas de la extinta. Ésta es una costumbre que algunos atribuyen a los españoles, pero que yo modestamente considero universal. Salvo casos muy concretos, como el del general Augusto Pinochet, pongamos por caso, o el de otros monstruos, en el sentido más peyorativo del término, como Adolfo Hitler, Benito Mussolini o Francisco Franco, la verdad es que en todas partes los muertos tienden a gozar de elegías o epitafios favorables. Los sermones fúnebres procuran ensalzar a los desaparecidos para siempre, de modo que, una vez cadáveres, se produce un impulso casi irresistible hacia la beatificación oficiosa de quienes el destino o los dioses decretaron su marcha obligada de este perro mundo.

No ha escapado a esta regla Loyola de Palacio. Hay que precisar que De Palacio ya no competía en el ámbito pepero y había sido ignorada, castigada o marginada. No formaba parte de la nomenklatura del PP. Recuerdo haber oído en no sé qué emisora radiofónica, horas después del fallecimiento de Loyola, a Mariano Rajoy. Cantó las excelencias de la muerta, dijo cuatro topicazos y se apresuró a difundir que, contra lo que algunos criticaban, sí había sido tenida en cuenta en el escalafón de la madrileña calle Génova, 13, sede central de la derecha política, cercana a la plaza de Colón y a la Castellana. Pero lo cierto es que, desde mucho antes de su enfermedad, el cáncer que la ha llevado a la tumba, Loyola de Palacio había pasado al ostracismo.

Y, sin embargo, qué pocos periodistas han sido capaces de subrayar tal evidencia.  A Loyola, el cáncer la derrotó, a pesar de sus esfuerzos por sobrevivir y de su acreditado coraje personal. Pintaba más, mucho más, Zaplana, de lo que pintaba ella en la cúpula del PP a partir del 14 de marzo de 2004. Entre esos escasos periodistas, sobresale Lucía Méndez, periodista del diario El Mundo, cuyas reflexiones acostumbran a ser atinadas, de sólidas argumentaciones y de una cordura encomiable, sobre todo teniendo en cuenta el medio en el que presta sus servicios.

En su artículo sobre la finada, Méndez escribe: “Loyola de Palacio siempre fue una mujer de partido. Nunca quiso desvincularse de la dirección, ni de las vicisitudes del PP, que seguía atentamente desde Bruselas. Durante la larga y espinosa carrera por la sucesión de José María Aznar, El Mundo la incluyó en la encuesta del Hipódromo que periódicamente se publicaba en estas páginas. Sinceramente, y no como otros, ella reconocía que le hacía ilusión figurar en esa lista. También a diferencia de muchos de sus compañeros de partido, decía lo que pensaba en voz alta, cosa que no la beneficiaba de cara al aparato del PP”.

Y añade la periodista aludida: “Por atreverse se atrevió a lo que nadie. En la primera reunión del Comité Ejecutivo del partido tras la designación de Rajoy como líder, Loyola le dijo: “Sabes que no eras mi candidato, pero a partir de hoy me pongo a tus órdenes”. La situación interna del PP tras la derrota del 14-M preocupaba a Loyola en sus últimos meses de vida. Por decirlo claramente, ni ella ni sus muchos amigos comprendían por qué la nueva dirección había prescindido de su experiencia”.

Otra excepción ha sido la escritora y asimismo periodista Julia Navarro. Es aún más explícita que Méndez en torno a la marginación política de Loyola: “Me cuesta escribir  estas líneas sobre Loyola de Palacio, por temor a que mis palabras se confundan con las muchas que de manera rutinaria se dicen en estas ocasiones (…) Cuando Loyola de Palacio terminó su mandato en la Unión Europea y regresó a España su partido, sí, el PP, le dio la espalda. No contaron con ella, no la hicieron un hueco en la nueva etapa, y no lo hicieron los mismos que hoy ponen gesto contrito por su desaparición. A Loyola la hizo de lado su partido, creyendo los nuevos dirigentes que podían pasar de su experiencia y buen hacer. No quisieron contar con ella, y a ella le dolió en el alma encontrarse las puertas cerradas de su partido, por el que tanto había peleado y al que había representado orgullosa. A Loyola la hirieron injustamente, aunque ella jamás hizo un reproche público y una vez que vio que nada querían saber de ella, hizo mutis y organizó su vida en el sector privado (…) Pero ya digo que cuando se le preguntaba por la actitud de su partido lo más que hacía era encogerse de hombros y esbozar una sonrisa evitando dejarse llevar por la amargura”.

Al margen de todo lo anterior, el óbito de Loyola de Palacio ha sido aprovechado por Francisco  Umbral para sacar una vez más lo peor que lleva dentro. Su artículo incluye párrafos como éstos: “Fue (…) quizá en casa de los Miláns del Bosch donde principié a agredirla, siempre como mujer y virgen. Ella me contestaba a gritos desde la otra punta de la casa y me explicó, también a gritos, que ella no era teresiana, sino de Jesús, con lo cual principié a llamarla jesuitina. Pero era Antonio López, el pintor, quien de verdad se había enamorado de la guapa gorda y joven (…): “¡Qué carnalidad, qué carnalidad!”, repetía el pintor (…) Así pasaron la tarde o la noche, pero al final Loyola seguía siendo una monja como una hostia y a todos nos atraía un poco la hostia, pero nos rechazaba la monja, la monjorra”. Lamentable.

Luis G. del Cañuelo

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