Hemeroteca Esta semana
Lista Pensamiento
Buscador
Nº 721 - 18 de diciembre de 2006

El ladrillo cultural de Gallardón

Por Mauro Armiño

Cuando al sr. alcalde de Madrid le da por bulerías culturales, Madrid parece estar a la cabeza de un polo de desarrollo hindú; en esto no queda muy lejos del anterior regidor, el inefable Álvarez del Manzano, que creía la cultura madrileña, con su zarzuela y su teatro de caspa, a la altura de París, Berlín y Londres; “y ahora vamos a por Nueva York” (no recuerdo ya el orden de las ciudades, pero era ése el tenor de unas declaraciones suyas por radio). También aquí la concejal de Cultura y Festejos –pomposamente denominada de Las Artes–, Alicia Moreno, no tuvo idea más feliz que pedir a La Fábrica (educado Canut) un informe para ver si los madrileños estaban a nivel europeo. La respuesta fue contundente: para estar a ese nivel “le falta todo”.

(Entre paréntesis: la propaganda de Esperanza Aguirre proclama que ya son siete de cada diez madrileños los que leen: ni siquiera tratándose del periódico deportivo que se prefiera). No ha dicho esta boca es mía Alicia Moreno; y mejor se está mudita, porque cuatro distritos madrileños siguen sin biblioteca; y alguna, como la de la Casa de Fieras, se prometió al principio de la legislatura; el famoso plan de choque de bibliotecas presupuestaba como siempre, pero luego la mayor cantidad dineraria del plan ha ido a parar el año pasado y éste para obras, al ladrillo. Y como la incultura va por barrios, los 85 centros culturales de que dispone el ayuntamiento están infrautilizados, con una programación que va de los cursos de danza a los de yoga y macramé (otro día este cantar).

Vengamos al ladrillo cultural: cada vez que oigo la palabra cultura –y esto en toda la Administración: Estado, Comunidades, Ayuntamientos–, alguien saca un ladrillo; mejor esto que lo de otro que sacaba la pistola en cuanto oía la palabreja. Aunque hay muchas formas de sacar la pistola, en sus diversas variantes, como se vio en la etapa aznareña.

Pero no nos apartemos del ladrillo: Ruiz-Gallardón y su concejal de festejos han gastado más presupuesto de cultura en contenedores que en contenidos; ¿qué hay dentro, por ejemplo, de la costosísima remodelación del Matadero? ¿Y de la ídem de la casa de Juan de Vargas? Claro, que muchos no se preguntan qué hay dentro, sino qué hay o qué ha habido detrás.

En ese gigantismo faraónico de esa política no es pieza menor el Teatro Español, a cuyo frente impuso Moreno a un hombre de teatro de toda la vida, Mario Gas, quien por fin, después de coser mucho para afuera, en febrero cose para casa y estrena su primer trabajo teatral ahí. El presupuesto del Teatro Español asciende a seis millones de euros anuales; compárense con los nueve millones de dinero público que toda una comunidad, la de Cataluña, invierte en teatro; no dejarían de ser motivo de alegría esos humos de Gallardón, pero enseguida viene Paco el de las rebajas; porque de esos seis millones, –con el ladrillo habéis topado– 1.400.000 son para obras, para tejer y destejer ese teatro que ya con el anterior director o lo que fuere fue ladrilleado.

Pasemos al contenido “cosmopólita”, que diría un personaje de Valle-Inclán; tirando de chequera hemos visto sobre su escenario a excelentes directores y actores –dan envidia–: la Royal Shakespeare Company, el Barbican, etc., con montajes estupendos: cosa que le agradecemos sobremanera la colonia inglesa, la colonia norteamericana, residentes con idioma extranjero, críticos de teatro, actores de primera o de segunda y los chicos de la Escuela de Arte Dramático. A las gentes que son de Madrid, en cuyo nombre Gallardón reina sobre el urbano casco, ni le va ni le viene que teatros como esos pasen con una obra dos días por el santo escenario del Español.

Pero hay curiosidades más complejas: creó la Concejalía, para acelerar trámites, etc., una especie de ente autónomo, Madrid Arte y Cultura S.A., con representación proporcional de los partidos, con representante de sindicatos, etc. –no pintan nada, sólo ponen la oreja, porque la mayoría del PP pasa el rodillo del número hasta en este campo, el de la cultura, como debe ser en buena democracia regida por la cantidad de manos alzadas o papeleta depositada–. Ese Arte y Cultura libera de papeles, ahorra firmas y obstáculos espesos y municipales, y no tiene, dice, ánimo de lucro: pero en sus contratos hay una cláusula cuando menos curiosa: de todo lo que pasa por su firma, un cinco por ciento queda para Arte y Cultura, aduciendo que se trata del beneficio “industrial”, gastos imprevistos, etc. Es decir, un montaje del Teatro Español presupuestado en 300 millones, supongamos, genera como beneficio “industrial” 45 millones para Arte y Cultura. La oposición, pese a estar representada en su consejo rector, no ha conseguido saber en qué se reinvierte, adónde va a parar ese cinco por ciento.

Desde luego no en ayudas al teatro privado, para el que el Ayuntamiento destina una cantidad tan ridícula que en este fin de año han decidido invertirla en publicidad teatral: son varios los productores y dueños de salas a los que la tal campaña parece ineficaz por más que se suba a las farolas cartelitos con eso de “Vuelva usted al teatro”, etc. y un título que ni siquiera se ve bien.

El cosmopolitismo y la chequera se unen para hacer cultura “madrileña”; como no tengo espíritu de campanario y, conociendo a los autores españoles y a los extranjeros, sólo me interesan  –autores, actores, directores, etc.–, aquellos que, nacieren donde nacieren, pueden aportar algo de nivel, que, cuando menos, supere la caspa, desde el egoísmo personal sólo me preocuparía hasta cierto punto esa política realmente siniestra –no es un juego de palabras: es derechista cien por cien– con las generaciones jóvenes, que tienen derecho a posibilidades culturales que no le dan otros estamentos: desde la familia a la Universidad. No se agita la vida madrileña culturalmente, o cuando dicen que la agitan hacen una manida idea como la Noche en Blanco, que parece querer remitirnos a los años de la movida madrileña; si aquellos años, desde el punto de vista de profundidad cultural, no sirvieron para nada, menos sirven ahora esas Noches en Blanco: eso sí, bloquean la ciudad y hacen que la gente, amontonada y en tumulto, crea que vive una experiencia nueva y  piense que por ver a las dos de la mañana  un manuscrito de Leonardo abierto bajo una urna, ya ha engullido la cultura de toda una tarde de codos sobre un libro de esa pendiente Historia del Arte o historia de lo que sea, que tiene; pura demagogia bulliciosa, que la concejal avala, sobre todo porque no sirve para nada; a lo sumo para la capa de cultureta de la que presume la concejal que es “de izquierdas”, expresión que suelta en cuanto tiene a pie de boca una entrevista.

La señora Moreno se gana, eso sí, las iras de los populares, sobre todo de la Comunidad, y sirve de blanco –se vio en el caso de la censura a Pepe Rubianes en ese Teatro Español tan libre y según algunos hasta libertarios– a los que tratan de apear a Gallardón de la futurible presidencia de no se sabe qué a la que aspira. Pero los chicos de Rajoy y Aguirre no quieren ver la realidad; y la realidad es que La Mudita, como se la llama desde la época de la Asamblea de Madrid, habla, ¡y vamos que si habla! Lo que pasa es que, cual todos los mudos del mundo, habla por gestos; es decir, cuando Pedro Zerolo pidió apoyo municipal para el matrimonio gay sacado adelante por el Gobierno estatal, La Mudita se salió a la hora de votar, para hacer sus necesidades, que no son otras que hacer como que juega a dos cartas. No es siquiera doble moral, sino dura hipocresía de tartufa. Porque además, esta mudita de izquierdas, cuando el PP propone en el Ayuntamiento medidas de derechas, como no podía ser menos en ese partido, pero hasta las más tremebundas, la mudita golpea la mesa y es la primera en jalear a sus compañeros de bancada: quizá es que ahora las propuestas de Ana Botella en el área de asuntos sociales son de izquierda.

Hemeroteca Esta semana
Buscador