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Nº 721 - 18 de diciembre de 2006 |
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Pinochet y los 'Chicago boys' por Carlos Berzosa H a muerto Pinochet, uno de los dictadores más sanguinarios del siglo XX, calificativo éste difícil de alcanzar en un siglo que se ha caracterizado por la existencia de regímenes políticos brutales y despiadados. A lo largo de la historia, desde que existe el Estado, siempre ha habido dictadores y gobernantes autoritarios, que han utilizado la represión contra los ciudadanos como su principal arma política para mantenerse en el poder, pero en el siglo XX se han alcanzado cotas de represión que no es fácil encontrar en otros períodos históricos. Un siglo que, como muy bien caracterizó el gran historiador Gabriel Jackson, se puede definir por la coexistencia de civilización y barbarie. Hitler, Mussolini, Franco, Stalin, Videla, Pinochet y otros, han dejado tras de sí tantos asesinatos, personas desaparecidas, torturadas, encarceladas, maltratadas, depuradas, que realmente cuando nos asomamos a través de libros de historia, novelas, cine, o testimonios orales o escritos de las víctimas sobrevivientes de estos sistemas, lo que cabe no es sino horrorizarse ante tanto terror y preguntarse cómo es posible que se haya desarrollado tanta maldad en el ser humano para que situaciones así hayan podido darse. Pero lo cierto y lo triste es que se han dado, y lo que resulta grave y preocupante es que estos dictadores, aunque sea en mayor o menor medida, sigan teniendo seguidores, y lo que es un hecho sorprendente es que, por ejemplo en España, siga habiendo tantas reticencias para condenar con contundencia la que ha sido una de las épocas más ominosas de nuestro pasado reciente. En la política económica efectuada por estas dictaduras, sin embargo, ha habido diferencias entre las dictaduras del ayer y las más recientes. Mientras que Hitler, Mussolini y Franco se caracterizaron, dentro de un marco capitalista que no sólo no cuestionaron sino que reforzaron, por el intervencionismo del Estado, la regulación, el control de precios y salarios y la autarquía, los dictadores de América Latina de los años setenta llevaron a cabo políticas neol ibera les fuertemente capitalistas. Los contextos diferentes marcan también estas distancias. El intervencionismo de los años treinta y cuarenta responde a una situación de crisis económica, políticas de rearme, control político y económico de la población y autarquía, como un modo de alcanzar la propia autosuficiencia. Nada que ver este papel del Estado con lo que luego sería en los años de posguerra el keynesianismo y el Estado del bienestar en las democracias occidentales. El liberalismo de los años setenta responde a un ataque contra el keynesianismo y las políticas sociales, cuando no a otras formas de intervención favorecedoras de los grandes intereses del capital y militares. Los economistas chilenos que pusieron en marcha la política económica habían estudiado en Chicago, templo de las propuestas neoliberales, y fueron discípulos aventajados de Milton Friedman, recientemente fallecido. Friedman, principal teórico antikeynesiano de posguerra, se convertirá de este modo en el guía de las políticas económicas de las dictaduras de los años setenta y ochenta, y más tarde en el guía también principal de las propuestas más conservadoras en los países desarrollados. Las proposiciones neoliberales, que tratan de basarse en estudios empíricos rigurosos para extraer de ahí conclusiones teóricas que cuestionan el papel benefactor del Estado en la economía, han servido, sin embargo, con el consentimiento y apoyo de Friedman y sus seguidores, a los grupos más reaccionarios y dictatoriales de las sociedades de nuestros días para poner en marcha mecanismos que han supuesto una agresión a los derechos humanos y sociales de los trabajadores. Al tiempo que han beneficiado a los grupos poderosos y ricos, han potenciado la desigualdad de la renta y la riqueza. Todo ello no es más que una manifestación de que la economía no es una ciencia neutra y sólo técnica, sino que el debate y la controversia afectan al nivel teórico, empírico y de política económica, y cómo no, a la buena marcha de la sociedad y al interés de clases sociales y grupos determinados.
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