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Nº 721 - 18 de diciembre de 2006

La UE y la nueva bipolaridad mundial


El final de la Guerra Fría nos dejó un mundo unipolar dominado por EE UU. Pero la guerra de Iraq está mostrando los límites de esta hegemonía y hoy se vislumbra un nuevo orden bipolar EE UU/China.

Estos dos nuevos polos están económicamente mucho más interconectados que lo que estuvieron los EEUU y la URSS durante la Guerra Fría. Simplificando, se puede decir los norteamericanos gastan más de lo que producen y se endeudan para financiar su creciente déficit exterior, mientras que los chinos consumen menos de lo que producen, ahorran y financian parte de la deuda norteamericana. Esto es, China presta a EE UU para que le compre sus productos.

La ironía de la Historia es que el destino del capitalismo esté en las manos del comunismo, puesto que China puede influir decisivamente en la cotización del dólar. Éste podría desplomarse o su cotización entrar en un ajuste paulatino que evite una crisis económica mundial.

Es lo que parece que esté ocurriendo. El dólar baja, pero lentamente, el crecimiento americano se ha moderado, pero sin entrar en recesión, y las inversiones norteamericanas en China siguen creciendo.
China tendrá también que reequilibrar su crecimiento aumentando el consumo interno. El crecimiento chino alcanza el 10% anual, pero el consumo interno representa cada vez una parte menor de su PIB: el 50% en 1980 pero el 38% en 2005.

Para crear un mercado interno será necesario establecer un sistema de redistribución social y un sistema impositivo que permita financiarlo. Y ésta es la segunda gran ironía de la Historia: el equilibrio de la eco-nomía mundial necesita que China redescubra el socialismo y cree su Welfare State.

Puede que el crecimiento económico tenga un efecto positivo sobre la democratización. Más tarde o más temprano, las aspiraciones de sus ciudadanos no se limitarán al ámbito del consumo y se extenderán a las libertades y los derechos políticos y sociales.

Pero podría ocurrir también que el desarrollo económico se convierta en la coartada para mantener los niveles de represión política actuales. Al fin y al cabo, el desarrollo económico chino está en parte cimentado sobre la actual falta de libertades sindicales.

Por ello, el interés de Europa por el desarrollo de la democracia y los derechos humanos en China no es meramente estético o basado en consideraciones morales. Es en nuestro propio interés equilibrar el desarrollo económico chino, y ello no se conseguirá sin importantes reformas políticas.

Las consecuencias económicas para Europa del nuevo juego bipolar son enormes. En realidad estamos ante una situación que enfrenta dos maneras de entender el mundo: la de quienes piensan que hay que anteponer el crecimiento económico a la democracia y aquellos que consideran que el crecimiento económico debe impulsar los avances democráticos.

China parece optar por el primer modelo. Y no sólo a nivel doméstico, también a nivel internacional. Su necesidad de abastecerse de materias primas que le permitan mantener su ritmo de crecimiento está por encima de cualquier otra consideración. Mientras que el G8 condiciona la ayuda exterior al respeto de los valoresdemocráticos y a la lucha contra la corrupción, China reclamó una ayuda oficial al desarrollo "libre de condicionantes" durante la pasada cumbre de Pekín con los países africanos.

EE UU y la UE parecen estar más interesados por el modelo democracy first, es decir, potenciar el desarrollo económico desde regímenes democráticos. Sin embargo, mientras la Administración Bush se embarque en guerras como la de Iraq, que ni los más optimistas pueden considerar un éxito para la democracia, parte de la legitimidad de este modelo se desvanece.

Por su parte, la UE, como el mayor bloque comercial y el mayor donante de ayuda al desarrollo del mundo, está en una posición envidiable para impulsar un sistema multilateral incluyente que tenga como objetivo principal la promoción de la democracia y el bienestar.

Pero no estamos aprovechando nuestra experiencia en la construcción europea para impulsar una globalización más integradora y justa. Para desempeñar un papel mucho más activo a nivel internacional deberíamos primero culminar algunos objetivos que se nos resisten a nivel interno. Sin respuestas claras sobnoe la crisis constitucional, seguimos sin una política exterior común, avanzamos lentamente hacia la culminación del mercado único y seguimos sin hacer el necesario esfuerzo de inversión en I+D que consolide un modelo económico competitivo compatible con un sistema de protección social que ha sido el elemento diferenciador de Europa.

Entre la visión china y la opción norteamericana, Europa puede ofrecer un camino más integrador que conduzca a un mundo más estable.

José Borrell
* Presidente del Parlamento Europeo

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