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Nº 720 - 11 de diciembre de 2006

Las otras crisis del 56

LA INFLACIÓN CONTRA FRANCO

Cuando se recuerda, medio siglo después, la rebelión de los hijos del Régimen y los sucesos protagonizados por estudiantes en la primavera de 1956, se suelen olvidar un par de crisis paralelas que tienen lugar en ese auténtico año-bisagra del franquismo, como fue la gravísima crisis económica, con niveles de inflación de alrededor del 30 por ciento, que hoy parecerían insoportables en cualquier economía medianamente desarrollada, y el fracaso y último intento de institucionalización falangista de la mano de José Luis de Arrese. Entre dos febreros, del 56 al 57, se creó uno de los gobiernos más efímeros y cortos de la dictadura, de sólo doce meses de vida.

Por Manuel Espín

En el mensaje de Navidad de 1955 Franco alertó contra “la supervivencia de los resabios liberales”, llamando la atención sobre “el libertinaje de las ondas y de la letra impresa (que) vuelan por los espacios, y los aires de fuera penetran por nuestras ventanas, viciando la pureza de nuestro ambiente”. Curiosamente, las únicas imágenes de ese discurso que se conservan pertenecen a un No-Do en el que sobre planos aislados de Franco se superponen en off párrafos  de la grabación de audio, sin que corresponda el movimiento de los labios al sonido, lo que da lugar a un efecto que hoy puede parecer grotesco. Unas semanas más tarde, un grupo de estudiantes de la Facultad de Derecho de Madrid hicieron publico un manifiesto (“al Gobierno, ministros de Educación Nacional y secretario general del Movimiento”) en el que se hablaba de “divorcio entre una universidad teórica y la real”, pidiendo la convocatoria de un “Congreso Nacional de Estudiantes” elegidos por todos los estudiantes de centros superiores de enseñanza españoles. El manifiesto, que no tenía nada que hoy pueda ser calificado de radical, aunque desafiaba al SEU, órgano de encuadramiento obligatorio de los estudiantes o sindicato vertical de los mismos, fue gestado por nombres como los de Enrique Múgica, Javier Pradera o Ramón Tamames, con un suma y sigue de apoyos, de colaboradores, entre los que se pueden citar a muchos que luego serían conocidos dentro del mundo cultural como Julio Diamante, Alfonso Sastre, Jesús López Pacheco, o también Sánchez Dragó. E, incluso, con los apoyos de Ruiz-Gallardón padre, y de Gabriel Elorriaga padre, que representaba la actitud más abierta dentro del SEU. Se trataba, por lo tanto, de un posicionamiento de los hijos del Régimen, sobre todo teniendo en cuenta que hace medio siglo el acceso a la universidad en España estaba ligado a una clase social (adelantando una de las situaciones más dramáticas, y casi de tintes shakeasperianos,  del Régimen como fue, ya  en los 60,  la petición de dimisión del ministro del Aire, general Lacalle Larraga, al enterarse de que su hijo Daniel había sido detenido por pertenecer al PCE).

 Esa demanda de verdaderos retoños del sistema podría haber sido perfectamente asumida e incluso digerida por una autocracia con más capacidad de adaptación a nuevas realidades. Sin embargo, la reacción fue la represiva. Prohibiciones y detenciones que llevaron a la cárcel a varios de esos jóvenes, y una reacción desde el más cerrado sector de Falange, con enfrentamientos entre estudiantes de distinto signo, asalto a la antigua universidad de la calle San Bernardo, y el resultado de un joven miembro de una Centuria Juvenil de Franco herido de bala en la cabeza, con todo un aparato propagandístico a través de los medios y el falso rumor de que el estudiante había fallecido. Se suspendieron toda clase de derechos por parte del Gobierno, incluido el Fuero de los Españoles, por tres meses. Y el 16 de febrero se nombraba un nuevo gobierno del que salía Joaquín Ruiz-Giménez, democristiano cercano entonces a posiciones de unas DC europeas en tiempos anteriores al Concilio Vaticano II, reemplazado por Rubio García-Mina, que carecía de veleidades más liberales.

 En esa situación llegaba José Luis de Arrese a la Secretaría General del Movimiento reemplazando a Raimundo Fernández Cuesta, un falangista de la primera hora, mientras en el Ministerio del Ejército seguía Muñoz Grandes, que en casi tres lustros pasó de la División Azul a la máxima autoridad de las Fuerzas Armadas. Este efímero Gobierno, que duraría hasta un año después, vendría a constatar una de las crisis más significativas, y hoy no suficientemente reconocidas, de aquella dictadura. Con Arrese llegaba el último intento de institucionalización de Falange, en el que venía a representar una Falange surgida desde el franquismo sin las veleidades revolucionarias que podían existir en el partido creado en los primeros años 30 en línea con otros movimientos similares en auge en ese tiempo. Arrese trabajaría en distintos proyectos de borradores de futuros textos fundamentales de institucionalización de una Falange surgida desde las posiciones de Franco, siempre desconfiado de la modernidad. Los borradores, sin embargo, no parecieron gustar ni a un sector de la Falange, ni tampoco a una parte de la influyente Iglesia católica, con prelados que, al parecer, llegaron a prevenir al propio Franco contra esos proyectos.

 Pero, a la vez, los últimos meses de 1956 marcaron uno de los momentos más terribles para la economía española, con unos índices de inflación de cerca del 30 por ciento, y una situación al borde del colapso que podía haber echado por tierra todas las expectativas del sistema. Entre los años 1950 y 1953 las exportaciones habían crecido y mejorado levemente la situación de los abastecimientos, lo que permitió el final del racionamiento y de las cartillas. Los pactos con Estados Unidos para las bases militares y el Concordato con el Vaticano aportaron una fuerte dosis de oxígeno a la supervivencia del Régimen, y desde 1954 creció la entrada de divisas por el leve aumento del turismo y las primeras remesas de los emigrantes. Pero, a la vez, el disparo de la inflación se tradujo en un crecimiento incontrolable del coste de la vida al que se replicaba, -política Girón-, con un aumento de salarios que, a su vez, hacía subir los precios, lo que venía a hacer que casi al momento la inflación se comiera cualquier mejora. Sin mecanismos de control de la inflación en una economía fuertemente burocratizada, de haberse mantenido esa espiral el Régimen podría haber hecho crack por el lado más inesperado: el de la economía. De este modo se vendría a justificar el cambio espectacular que se registró, a partir de 1957, y con el nuevo equipo  ministerial, en la conducción económica, con la presencia de miembros del Opus Dei en esas áreas. Sólo a partir de esa fecha se adoptarían las primera medidas antiinflacionistas para paliar la espiral incrementos salariales-alto coste de la vida-fortísima inflación, y las postreras iniciativas de reforma fiscal, que prepararían el giro radical del Plan de Estabilización de 1959. Se ha querido presuponer muchas veces la intención  de Franco de enterrar un sistema autárquico que formaba parte de las esencias del Régimen y adoptar otra estrategia que venía a chocar con una identidad con ella, pero su decisión aparecía fuertemente condicionada por unas cifras económicas tan  avasalladoras ante las que no cabía otra opción que la liberalización o el suicidio. Se trató, por lo tanto, de una opción muy condicionada por las circunstancias.

 Con el nuevo Gobierno de febrero del 57 Arrese dejaría la Secretaría General del Movimiento para hacerse cargo del Ministerio de la Vivienda. Y con ello el entierro del último intento de institucionalización falangista. En realidad, estaba en camino un claro  cambio de discurso, utilizando la palabra “desarrollo” como justificación, en rechazo a los que antaño se mantuvieron como “revolución” (“pendiente” o no), “imperio”, “cruzada”, a partir de finales de los 50 claramente obsoletas. El final del 56, del que ahora se cumple el medio siglo, marca la suma de varias crisis acumuladas, de las que la más importante, y curiosamente menos conocida hoy, quizás sea la económica, con unos índices de inflación y de precios desbocados que en nuestros días podrían ser comparados a los de los peores momentos en algunos Estados iberoamericanos. El año en el que en España se iniciaban las emisiones regulares de televisión (para menos de 1.000 familias en todo el país) que sólo funcionaban en los días laborables y a escasas horas del día, fue además aquel en el que la economía pudo quebrar.

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