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Nº 720
11/12/2006

Fermín Bocos, periodista y director del programa '24 Horas' de RNE

"HAY UN EXCESO DE DOCTRINARISMO PREVIO A LA INFORMACIÓN"

Dejó la medicina para dedicarse al periodismo. Estudió en Barcelona en la Escuela Oficial de Periodismo en la que "la formación humanista pesaba más que los profesionales de la prensa, que venían un poco limitados por el corsé del antiguo régimen". Después se licenció en la Facultad Autónoma y "empecé a trabajar en
Radio Barcelona a los veinticuatro años y hasta hoy". No sabe qué le diferencia de otros periodistas pero le parece "fundamental saber de qué se habla, antes de emitir un juicio tener muy claro de que nada nace por generación espontánea". Escribe novelas históricas y el mundo de la literatura le permite "aunar lo que creo
que soy con aquello que sé que soy, porque lo he soñado"

Por Karmen Garrido

¿Qué le diferencia de otros periodistas?
—No tengo noción de cuáles son mis señas de identidad pero puedo decirte lo que es importante para mí. Me parece fundamental saber de qué se habla, antes de emitir un juicio tener muy claro que nada nace por generación espontánea, que todo tiene antecedentes que, a veces, hunden sus raíces en la historia y que sin conocer bien el pasado y el presente no hay forma analizar las consecuencias de un acontecimiento de cara al futuro. Y de ahí viene mi condición paralela de profesor de Periodismo, porque la formación me parece clave.

—"La radio se ha convertido en una confrontación de banderías", son palabras suyas. ¿Ocurre por igual en las públicas que en las privadas?
—Una serie de factores que sería largo analizar han producido la polarización política que apareja ya una polarización periodística y, aunque es más un fenómeno madrileño que general, también se da en el resto de España. Existe un exceso de doctrinarismo previo a la información que lleva en algunos casos a algo que me parece una perversión de los informativos, como es dar opinión antes de la información; creo que en paralelo está bien y como corolario sería lo razonable.

—Como periodista ha trabajado en las principales emisoras de radio y televisión de España y ha dirigido diversos programas en la COPE, Cadena SER, RNE, TVE, Telecinco y CNN+. Tal como está ahora la situación, ¿eso sería factible?
—En la profesión y dentro de los medios audiovisuales se están produciendo fenómenos de desnaturalización. La figura del comunicador, a mi modo de ver, no se puede ni se debe confundir con la del periodista. Hace unos años hubiese resultado impensable que un periodista, un informador, pudiese hacer publicidad y eso en los Estados Unidos, que por otra parte es el referente esencial del liberalismo, está totalmente reglado y alguien que hace información, no puede al mismotiempo ser un icono publicitario. Esto ocurre aquí y parece que a la profesión no le han preocupado las consecuencias de esta deriva. Pero es que además se ha ido a otro escenario: la vinculación, a mi modo de ver absolutamente rechazable, entre ideario político e interpretación de las noticias y de la actualidad en los programas. Creo que una cosa es la afinidad ideológica y otra la adscripción partidista. Sería absurdo pretender que una persona que está informando sea un ser aséptico sin ideas políticas propias pero una cosa es la afinidad política y otra la adscripción política y convertirse en correa de transmisión de elementos propagandísticos de un determinado partido. El Gobierno unas veces lo hace bien y otras mal y lo mismo ocurre con la oposición y cuando uno u otro se equivoca, la obligación del periodista es señalarlo; de ahí la paradoja que para algunos supone el que haya periodistas que un día tengan una opinión y otro día otra con respecto a comportamientos del mismo grupo político, algo que, en principio, debería tranquilizar al público y no aquellos periodistas que siempre, ¡qué casualidad mire usted!, coinciden con el punto de vista de un determinado partido político, una determinada fuerza social, sindical o económica, porque esa es otra, también existen vinculaciones entre el periodismo y los grupos económicos, deportivos o culturales. A mí me han echado de distintos medios de comunicación por motivos políticos y siempre he tenido muy claro que los periodistas en nuestro trabajo vivimos una etapa de provisionalidad y quien se crea titular de la encomienda que tiene, se equivoca.

—Dirige el informativo nocturno 24 Horas en RNE. ¿Cuál es su reto principal?
—Contar todos los días lo que pasa, saber lo máximo de las historias que comentamos y plantear con honradez aquellas incertidumbres que muchas veces acompañan a las noticias. La radio tiene una ventaja esencial sobre la televisión y sobre los periódicos que es la inmediatez pero tiene la servidumbre de que metemos la mano en el horno cuando todavía está caliente y, a veces, para realmente saber qué pasa en una historia, hay que dejar que se enfríe.

—¿Cree usted que todo el aluvión de dudas arrojadas en la instrucción del 11-M tiene como objetivo evitar que el juicio se celebre antes de las elecciones generales?
— Estoy convencido de que en el juicio contra los presuntos responsables de la matanza más terrible de la historia de España se va a hacer justicia. Cabe la posibilidad de que se deba prolongar alguna línea de investigación porque no se termine con quienes se van a sentar en el banquillo pero eso ocurre en todos los procedimientos, pero los crímenes no prescriben cuando el procedimiento es criminal. Estoy convencido de que la trama islamista es la que perpetró los atentados del 11-M y me baso para ello en que creo en el Estado de Derecho; no tengo ningún motivo para desconfiar ni de la Policía, ni de la Guardia Civil, que han investigado estos asesinatos, y tampoco lo tengo para desconfiar de los fiscales y de los jueces españoles. Cualquier otra interpretación forma parte de películas que la gente se monta.

—¿Podemos seguir hablando de periodismo independiente?
—El lector, el telespectador y el radioescucha tiene que exigirle honradez al periodista; la independencia es un concepto más difícil de definir porque lo subjetivo siempre marca, todos somos fruto de nuestras propias vivencias. Ahora bien, la honradez es exigible. Todavía se puede hablar de periodismo independiente, aunque el periodismo está cada vez más mezclado con la comunicación que es, por definición, la transmisión de la verdad del grupo social, la empresa, el partido político o la entidad cultural que esté detrás, luego, en su raíz es propaganda. Y el periodista está para contar lo que pasa que, normalmente suele ser una anomalía, lo excepcional o lo que alguien está tratando de ocultar en algún punto. Los periodistas que, en un momento determinado son conocidos, populares e incluso famosos deben a cambio devolverle a la sociedad por el camino de la honradez, ese compromiso con la verdad. Lo importante nunca es el periodista, sino el medio en el que trabaja y, circunstancialmente, ese protagonismo tiene que estar al servicio de sus oyentes, telespectadores o de sus lectores, sabiendo que es provisional y no considerándose titular de esa fama, sino simplemente depositario a tiempo parcial.

—Las negociaciones con ETA pasan por un momento delicado. ¿Cómo ve el horizonte en este proceso?
—En su momento dije que me parecía que el Gobierno tenía la obligación de intentarlo, contaba con el apoyo de gente que parece ser le había dado indicios de que esta vez podía salir mejor que en otras ocasiones y, en consecuencia, intentarlo formaba parte de su hoja de ruta. Cuando el Sr. Aznar llevó a cabo los contactos con la dirección de ETA también lo apoyé porque me parecía que era bueno que se intentase, después se supo que era una trampa. Actualmente veo el proceso con cierto escepticismo porque me da la impresión de que, por desgracia, no están saliendo las cosas como parecía hace unos meses cuando se inició el alto el fuego, pero aun así insisto en que aunque fuera un fracaso, políticamente este Gobierno, el anterior y el que venga, tienen la obligación de intentarlo.

—¿Qué es lo que más le preocupa como periodista?
—El descrédito que tiene la cultura; una sociedad como la nuestra que ha hecho un esfuerzo gigantesco para que la enseñanza fuese no sólo gratuita, sino obligatoria hasta los 16 años, esperaba conseguir con ello un perfil de ciudadano por más informado más culto, más respetuoso con todo, y ahora se encuentra con problemas que no tenía antes: acoso escolar, agresiones a los maestros, zafiedad en la palabra, comportamientos soeces, en chicos y chicas, lo veo en la Facultad y, paradójicamente, esto sucede cuando más oportunidades culturales han tenido todos los ciudadanos españoles. Hace una generación y no digamos hace dos, la cultura era el privilegio de las élites y este gran logro, decisión de los gobiernos de los años ochenta, debería haber transformado España pero resulta que las primeras promociones están enganchadas a los programas basura de la televisión, hablan como los protagonistas de ese circo en que se ha convertido en las horas de máxima audiencia la televisión y, para que la paradoja se convierta en desolación, una encuesta reciente ponía de manifiesto que el personaje más conocido, es decir, más popular, era Julián Muñoz, a quien la gente identificaba más que al presidente del Gobierno o al jefe de la oposición. Si este esfuerzo presupuestario y de concepción del Estado del Bienestar al final deviene en que cada vez haya más brutalidad, menos respeto, más desinterés por la información, algo estamos haciendo mal y deberíamos empezar a preguntarnos, como hacían los hombres de la Ilustración, si no deberíamos replantearnos las bases sobre las que estamos construyendo el Estado actual. Esta es una preocupación más como ciudadano que como periodista porque primero hay que ser ciudadano y luego periodista, y no al revés.



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