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La batalla decisiva se juega en Euskadi Artur Mas apenas disimula su cabreo con Zapatero. "No tenemos ninguna deuda con el partido socialista, ni con el PSOE. La relación que podía haber habido con los socialistas, que era intensa y franca, en estos momentos está bajo mínimos", declaraba el otro día a COMRàdio el líder de CiU. El mensaje de Mas es nítido: me gustaría que te enteraras de lo que vale un peine, Zapatero. Aquella noche en Moncloa –noche de humo y de sueños optimistas, con el Estatut danzando– queda lejos y le ha dejado a CiU un regusto amargo, un irrefrenable deseo de revancha. Pero el problema para Mas es que sus diputados en el Congreso –aun siendo la tercera fuerza parlamentaria- no tienen la llave de la gobernabilidad de Zapatero; no son determinantes. Ni suman tampoco evidentemente con los diputados del PP, notario aparte. Esta situación, no obstante, inquieta como es lógico al presidente del Gobierno. Desde que empezó la legislatura, CiU ha coincidido por lo general con los planteamientos del PSOE. El aislamiento del PP ha sido, a día de hoy, abrumador, incluso agobiante. ¿Puede quebrarse, a partir de ahora, la soledad parlamentaria de Rajoy? Podría suceder que sí, mediante un proceso paulatino de guiños entre la derecha española y el centro-derecha catalán. Ello abriría las puertas de una cierta esperanza al líder conservador para formar, tras las próximas elecciones generales, Gobierno. Si CiU jugara la carta del PP, hasta conseguiría convencer quizás al PNV. ¿El cuento de la lechera versión Rajoy? Muy difícil lo tuvo Aznar en marzo de 1996 y, sin embargo, acabó consolidándose como jefe del Ejecutivo y luego cosechó una victoria por mayoría absoluta. Zapatero, aun sin disponer por sí mismo de mayoría suficiente, ha gobernado con relativa tranquilidad. La ruptura con CiU –consecuencia de la reedición del tripartito– le supone un quebradero de cabeza. Pero la cuadratura del círculo es un ejercicio tan imposible como estéril. Tener de socios preferentes a ERC e IU –lo que supone un giro hacia posiciones de izquierdas y, en el caso de Esquerra, hacia posturas además independentistas– significa el riesgo de alejarse (o de parecerlo) de opciones más templadas o moderadas. El renovado pacto entre el PSC, ERC e ICV en Cataluña puede tener un costo elevado para Zapatero en relación a CiU. Habría que preguntarse, en todo caso, acerca de cuál hubiera sido el precio a pagar por el PSOE –en términos electorales– como consecuencia de haber permitido un Gobierno sociovergente pudiendo formar uno con Montilla, el hombre fuerte del PSC, de presidente. Cataluña es –con Andalucía– uno de los mayores graneros de votos socialistas en las elecciones generales. La coyuntura actual no es la mejor ciertamente para Zapatero, aunque no sea grave ni desesperada. La mayoría de los indicadores le siguen siendo favorables. Y la batalla decisiva, hoy por hoy, no se juega en Cataluña, sino en Euskadi. Conviene no olvidarlo. Enric Sopena |
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