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| Nº 720 - 11 de diciembre de 2006 |
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Recordando a Tarancón
por Santiago Carrillo
Al estructurarse el sistema democrático, el cardenal Tarancón no propició la existencia de un Partido Demócrata Cristiano, que actuase como el brazo político de la Iglesia. Admitió que pudiera haber cristianos en todos los partidos políticos, incluidos los de izquierda, fenómeno sumamente novedoso en España. Hasta la guerra española y la dictadura franquista la política de la Iglesia había logrado que se identificasen catolicismo y derecha. Y que la izquierda fuese –salvo excepciones-anticlerical, como se advirtió siempre en los grandes movimientos populares habidos en la historia de este país. Fue precisamente bajo la dictadura franquista, cuando en oposición a la jerarquía comenzó a haber una importante corriente católica de izquierda, en los movimientos de base, entre los curas obreros, incluso en la Compañía de Jesús y otros sectores del clero. En ese período, muchos católicos colaboraron lealmente con los comunistas y otros antifascistas en la lucha de los trabajadores y de los vecinos en las barriadas. Algunos incluso militaron en el PCE, sin abdicar de sus creencias, influidos por la teología de la liberación. En la clandestinidad surgió un grupo de Cristianos por el Socialismo. Dentro del PCE se creó una corriente cristiana que encabezaba entre otros el inolvidable Alfonso Comín y en la que militaban hombres como el padre Llanos, a cuyo alrededor actuaba un grupo de curas pro-gres fundidos con los habitantes del Pozo del Tío Raimundo. Pienso que gracias a esta cultura de entendimiento que se desarrolló en aquellas circunstancias, los cambios democráticos de la década de los 70, fueron los únicos de este género en los que no hubo quema de iglesias o conventos, lo que consideré y considero prueba de un gran progreso político y cultural. La Iglesia y el Estado se separaron pacíficamente. ¿Cómo hemos llegado a retroceder tan drásticamente en este terreno? ¿Acaso el poder político ha incurrido en políticas antirreligiosas? No existe ningún hecho que permita hacer imputaciones de este carácter. Sería más justo decir que los gobiernos de la democracia han hecho muy poco para separar la Iglesia del Estado. Las costumbres del pasado han predominado sobre la Constitución. Cada año, un representante de la Jefatura del Estado sigue ofrendando España al apóstol Santiago, como se hacía desde que triunfó Franco. Las autoridades democráticas siguen saliendo bajo palio en las procesiones. El Estado sigue subvencionando al clero. En las escuelas públicas continúa habiendo una clase de religión a cargo de profesores que nombran y destituyen los obispos. En el Ejército sigue habiendo capellanes católicos... Y así sucesivamente. Entre tanto, la radio de los obispos combate encarnizadamente al sistema democrático, hay toda una campaña de origen clerical acusando al Estado de perseguir la Religión. Hay obispos que se manifiestan en las calles contra el Gobierno y obispos que amenazan con convocar a la desobediencia civil. La jerarquía de la Iglesia se une a la derecha en la calle contra acuerdos del Parlamento. Se reclama el monopolio de la definición de los valores morales y se niega al Estado y a la sociedad el derecho a exponer y practicar los valores democráticos. Hasta se intentan limitar los progresos científicos y los nuevos derechos que hacen mejor la vida de mujeres y hombres. No incurriremos en el viejo anticlericalismo en respuesta a tales aberraciones. Pero una jerarquía tradicionalista y fundamentalista que parece añorar los tiempos felizmente pasados en que la sociedad estaba dominada por la alianza de la Corona, el sable y el altar no contribuye para nada a la estabilidad y al progreso de España. Sería necesario que voces como la del abad de Montserrat salieran más a menudo de una institución que todos desearíamos respetar y que nos respete. |
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