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| Nº 720 - 11 de diciembre de 2006 |
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El Belén más atestado
del mundo
por Miguel Ángel Aguilar Aquella pugna que envenenó a tantas familias entre el Belén y el árbol de Navidad, entre los Reyes Magos y Papá Noel, entre la tradición y la modernidad americanizada que se nos coló de rondón con las bases militares de los Estados Unidos y las películas de Hollywood, parece armonizada con el paso de los años y la pérdida de valores raciales mediante el recurso al sincretismo. Ahora tenemos de todo como corresponde al nivel de renta per cápita alcanzado. Otra cosa son los énfasis con los que cada uno module semejante abundancia. La reciente viñeta de El Roto en el diario El País, dedicada a la iluminación de las calles en estas fechas, lo dejaba muy claro: "No son luces de Navidad, son incubadoras del consumo". Puede que todo ello sea un signo liviano de la ola de multiculturalismo que nos invade. Así que tenemos puesto el Nacimiento o si se prefiere tenemos armado el Belén, eso sí, en pequeño formato porque la superficie útil de las soluciones habitacionales de nuestra ministra de la Vivienda impiden aquellas amplitudes de otros tiempos sobre tableros improvisados. Hemos comprado las figuritas –las del Misterio, el buey, la mula, los pastores, los Reyes (todos con sus ofrendas), Herodes, los soldados romanos, las ovejitas, los camellos–en los puestos de la Plaza Mayor. Además, el musgo para que haga de pasto, el corcho para configurar las montañas, el papel de plata para simular el río y para recortar las estrellas, el serrín para trazar los caminos, el rollo azul para que haga de cielo, y así sucesivamente. Y entonces, llega el rayo que no cesa de nuestro máximo líder periodístico Jota Pedro, incapaz, como quienes reciben el honor y aceptan el peso del caudillaje de darse al relevo ni al descanso, para hacer un despliegue imperial sumando figuritas y más figuritas hasta convertir las callejuelas de laaldea de Belén en las apreturas japonesas de Tokio. Ha llevado a sus lectores prendidos del embrujo de su capote pero está prolongando tanto la faena que se ha hecho imposible en la práctica seguirle. Otra cosa es que él continúe impertérrito la serie iniciada hace más de dos años, con botes de humo para ennegrecer el ambiente, impedir el esclarecimiento procesal e invalidar el juicio de la masacre del 11-M. Mientras tanto, al serial siguen afluyendo nuevos personajes. Cartagena ha sido el último en la edición del martes 5 de diciembre. Ha sido presentado a los lectores para que les revele cómo la Policía le pidió que captara a Zougam para El Tunecino. Hay superpoblación en Belén. La aglomeración de las figuritas dificulta su identificación y la aclaración de la función que tienen. Las inmediaciones del portal, los caminos, los puentes, todos los espacios son un agobio y las almenas del castillo de Herodes rebosan de centuriones de los Tedax. Pero el ciudadano pierde pie, no puede seguir el hilo de la narración, ha olvidado quién es Zougam, la naturaleza de sus relaciones con El Tunecino y el perfil delictivo de este último y nadie se ofrece para colmar sus carencias. Se echan en falta las ayudas a la lectura que acompañaban a aquellos novelones que los periódicos editaban por entregas. Primero, de todo un "resumen de lo publicado"; luego, un mapa de situación donde figure la Kangoo aparcada, la ruta de las furgonetas de la caravana de la muerte, el Skoda, la mochila, el ácido bórico, los teléfonos móviles, las tarjetas, los locutorios, la caseta entre Chinchón y Morata de Tajuña, la mafia asturiana de la dinamita. Luego habría que incluir junto a cada capítulo una referencia onomástica, un dramatis personae que situara a cada uno de los actores mencionados en el episodio en cuestión. Llegan fiestas entrañables: ¡piedad con los lectores!, caballeros de Pradillo. |
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