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Nº 719 - 4 de diciembre de 2006

 

CREADORES EN PLENA VEJEZ

Tienen más de ochenta años y en algún caso son centenarios. Y se encuentran en sorprendentes momentos creativos de su obra. La ancianidad no es un momento de retiro sino de actividad. El reconocimiento público o los premios tampoco les han supuesto una acomodaticia sensación de pernoctar en el olimpo.

Por Manuel Espín

Hace días un joven fotógrafo extremeño (Enrique Cidoncha), autor del retrato que ilustra el cartel de la exposición homenaje a Francisco Ayala (Granada, 1906) era recibido en su casa por el escritor. Contestando al saludo de cómo se encontraba, Ayala dijo sin complejos: “Ya ve, preparando el segundo centenario”. Basta asomarse a alguna de las convocatorias en torno a su figura para los próximos meses para comprender que su agenda tiene tantos compromisos como los de una persona mucho más joven que él. Frente a una exaltación de la juventud exclusivamente física como un valor, tal y como sugiere la publicidad o la moda, hay un trabajo especialmente creativo en artistas e intelectuales que afrontan la vejez sin renunciar a lo que han venido realizando a lo largo de su vida. Es el caso del director de cine portugués Manoel de Oliveira (Oporto, 1908), que es ya el más longevo de la historia del cine, y que desde hace década y media viene escribiendo y rodando una película por año. Que nadie piense, sin embargo, que De Oliveira, que empezó haciendo cine en el mudo y en los primeros tiempos del salazarismo, rueda “por delegación”, con la ayuda de un buen ayudante de dirección que es quien se mueve en los rodajes tal y como hace Antonioni, desde que sufriera un problema cerebral, sino que su presencia se realiza in situ, incluidos los exteriores muy alejados de su residencia habitual junto al estuario del Duero y sus viñedos.

 Nadie diría cuando se habla de historias minimalistas sobre jóvenes y frescura en los diálogos y en las situaciones, que el director francés, autor de muchos de esos relatos rodados con escasez de medios, actores no conocidos y una gran espontaneidad, como es Eric Rohmer (Nancy, 1920) va camino de la novena década de su vida. En cualquiera de los casos, tanto De Oliveira como Rohmer, y otros como Alain Resnais, trabajan gracias a que lo hacen en Europa y no en el mundo anglosajón, donde las compañías aseguradoras se niegan a cubrir los rodajes con mayores. Billy Wilder pasó muchos años tratando de mover historias que nadie le financiaba por culpa de los seguros; lo mismo que David Lean que tras Pasaje a la India no pudo rodar otra película por idénticas razones. Contaba hace pocos meses en Madrid el director argentino Luis Puenzo (La historia oficial, Gringo viejo), el dolor y a la vez la resignación de Burt Lancaster después de haber estado meses ensayando su personaje en esta última película al lado de Jane Fonda, cuando faltando días para empezar la aseguradora le echó atrás reemplazándole a última hora por Gregory Peck. De aplicarse en Europa el mismo sistema que en Norteamérica no se hubieran podido hacer ninguna de las últimas películas de Luis Buñuel o de Fritz Lang.

 Semanas atrás visitaba Barcelona para ofrecer una lectura de sus textos en la Torre Agbar el poeta Gonzalo Rojas (Lebu, Chile, 1916). Premio Cervantes y eterno candidato al Nobel, Rojas mostró una insólita vitalidad pese a sus problemas con uno de sus ojos (“Afortunadamente el ojo derecho”, dice con sorna). Un personaje que tras el golpe de Pinochet que le pilló en el extranjero, fue expulsado de todas las universidades de su país “por ser un peligro para el orden y la seguridad nacional”, y que a punto de entrar en una nueva década de su vida mantiene una gran actividad creativa. Lo mismo se podría decir de José Saramago, que en los pasados días volvía a su ciudad natal (Azinhasa, Portugal, 1922) para presentar su nuevo libro, precisamente una visión en torno a los espacios en los que se desarrolló su infancia. Después del Premio Nobel, Saramango ha venido manteniendo una actividad continuada y una presencia pública constante. La ancianidad no ha sido un obstáculo para la creatividad. Saramago reside en una buena parte del año en Canarias, en Lanzarote, igual que José Luis Sampedro (Barcelona, 1917) lo hace en Tenerife. Hasta hace muy poco tiempo se podía ver a Sampedro haciendo cola en algún cine para ejercitar una de sus aficiones favoritas: ver películas. Incluso hasta 2005 se asomaba al principio de cada verano a Valencia a las sesiones del Festival Cinema Jove. Sampedro ha venido publicando desde hace dos décadas con una regularidad casi matemática. El último libro ha salido hace escasos meses: La sombra del drago.

 En algunos casos, la llegada a la ancianidad se ha convertido en un auténtico pórtico para el reconocimiento literario. Éste ha sido el caso de Ramiro Pinilla (Bilbao, 1923), uno de los más sorprendentes casos de “Guadiana de las letras”. Pese a haber ganado el Nadal en 1960, y un año más tarde el Nacional de la Crítica, aunque en 1971 fue finalista del Planeta, apenas era conocido por alguien ajeno al mínimo reducto de un exiguo sector de la crítica literaria. Y no se dirá que Pinilla es un autor de historias de difícil lectura o de compleja construcción formal, sino de un escritor cercano a tratamientos “clásicos” del relato. Aunque publicó con una cierta asiduidad, el reconocimiento no le ha llegado hasta hace muy poco tiempo, con la trilogía La tierra convulsa, Los cuerpos desnudos y Las cenizas del hierro, un tríptico sobre el País Vasco a lo largo del siglo XX. A Pinilla le ha podido ocurrir, salvando las distancias,  lo que a Torrente Ballester, que hasta la adaptación televisiva de Los gozos y las sombras, superando con creces la edad madura, sirvió para descubrir mediáticamente a un autor que era sólo apreciado por una élite. Ramiro Pinilla publica ahora una novela de 263 páginas, La higuera, mucho más reducida de dimensiones que su monumental trilogía que le hizo en 2005 ganar el Premio Euskadi y el Nacional de la Crítica, un emotivo relato sobre la mirada de un niño horrorizado por la guerra civil, y el dolor de las víctimas hasta convertirse en una verdadera obsesión que le atrapará en buena parte de su vida, en una ciudad de Getxo recreada con gran acierto a lo largo de varias etapas. Pinilla, por vez primera en su larga carrera, vende libros cuando ha superado con creces los 80 años y se encuentra en un magnífico momento creativo.

 Hay un personaje de una absoluta regularidad en sus trabajos de historia. Se trata de Manuel Fernández Álvarez (Madrid, 1921). Este miembro de la Real Academia de la Historia, autor de monumentales trabajos sobre Juana la Loca, Carlos V, Felipe II o Isabel la Católica, que el pasado año lanzó Cervantes visto por un historiador, muestra una regularidad pese a los años que le hace publicar un nuevo libro por temporada. Ahora le ha tocado a Colón. Cualquiera que visite a Fernández Álvarez en su piso del centro de Salamanca se encontrará con un ser humano extraordinariamente cordial que se expresa de manera muy locuaz y a borbotones con una lucidez que incluye el apasionamiento por los personajes y la época de sus biografiados, una visión de la Historia que parece tan viva que con su presencia contagia tanto a sus interlocutores como a sus lectores. La jubilación de la docencia no ha significado en este caso la perdida de fuelle en su la actividad creativa.

 El trabajo creativo puede ser el paliativo para los latigazos del tiempo. Así debe haberlo entendido Mario Benedetti (Paso de los Toros, Uruguay, 1920) que trabaja en nuevos textos, pese a su reciente viudez luchando contra los propios azotes de la depresión. Benedetti, uno de esos poetas a los que su personalidad parece una prolongación más de sus textos, –frente a magníficos autores como Juan Ramón Jimenez ante los que el lector puede sufrir un choque entre su poética y los hechos de su vida que se narran en recientes publicaciones–, y que como tantos otros que afortunadamente siguen cumpliendo años mantienen un trabajo de máximo nivel. Y, lo más sorprendente de todos ellos, como en el caso de Ayala, una agenda abierta. Testigos del tiempo parecen querer demostrar que éste también es el suyo.

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