Hemeroteca

Lista Al trasluz

Buscador
Nº 719
4/12/2006

Más vale que nos vayamos mentalizando

Inquieta, atemoriza, desasosiega eso que hemos convenido piadosamente en llamar "el fenómeno mi-
gratorio". No se trata, sin embargo, de los viajes periódicos de las aves, peces u otros animales que se trasladan en función del clima y de otras circunstancias naturales. Sí se trata del "desplazamiento geográfico de individuos o grupos, generalmente por causas económicas o sociales", según el diccionario. O sea, que los que emigran lo hacen, sobre todo, por necesidad. Lo hicimos así los españoles, hacia los años sesenta y setenta del pasado siglo en Alemania fundamentalmente.

Más aún: las migraciones interiores fueron numerosas desde finales del XIX hasta precisamente las dos décadas mencionadas. Barcelona y Madrid –pero también Bilbao y otras ciudades en expansión– recibieron oleadas de gentes que huían de sus lugares de origen, ubicados en la España que era pobre, casi miserable, para instalarse en el paraíso de las regiones desarrolladas. A mitad de los años sesenta, por cierto, llegó a Barcelona, desde Iznájar, Córdoba, un chaval llamado José Montilla. Hoy es el presidente de la Generalitat de Cataluña.

La emigración ahora proviene de otras zonas. De los países del este de Europa, todos ellos satélites durante cerca de cincuenta años de la antigua URSS. De África. De Latinoamérica. En fin, proceden los emigrantes de una ominosa patria común para la mayoría de ellos, que se llama hambre, miseria y explotación. Son estos emigrantes, de patera, cayuco o transporte aéreo, los actuales parias de la tierra, hombres y mujeres que ansían conseguir un lugar al sol. Buscan desesperadamente las migajas al menos de la riqueza y la opulencia; buscan una cierta prosperidad.

Llegan y llegan. Y llegarán más. No se pueden poner puertas al hambre. Ni vallas. Ni muros. Ni despliegues impresionantes de fuerzas de seguridad. En España ya hay unos 500.000 marroquíes, 400.000 ecuatorianos, más de 380.000 rumanos, 100.000 asiáticos, especialmente chinos. Es una oleada que puede frenarse, pero no controlarse. Que desborda y seguirá desbordando cualquier previsión. ¿Cuándo vamos a asumir que su único delito, qué sadismo el nuestro, es ser pobres? Algunos de ellos, por lo demás, delinquen o delinquirán y hasta formarán parte de redes organizadas para la extorsión o el tráfico de drogas, o la trata de blancas, de negras o de amarillas. Pero también hay numerosos delincuentes entre los españoles de pura cepa, de muchas generaciones.

Más vale que nos hagamos a la idea, que nos vayamos mentalizando. Este fenómeno es imparable y sólo se encauzará si cambia la agenda de las prioridades de los países más ricos de la tierra. O se resuelve de raíz el problema de la miseria o la invasión incontenible, antes o después, está cantada. No pudieron los señores feudales, dueños y señores de vidas y haciendas, pertrechados en sus castillos, protegidos por ejércitos y por guardianes, evitar que los siervos de la gleba acabaran ganando la batalla. Y llegó la Revolución francesa. Y luego la revolución proletaria, la de octubre del 1917, y la necesidad de domeñar al capitalismo salvaje. En beneficio de los obreros y sus familias y en beneficio también de los dueños de las fábricas. Conviene releer la historia, por ejemplo, de la Semana Trágica en Barcelona y la de los pistoleros de la patronal y de la FAI durante los años veinte, también en Barcelona. Proporciona, a la larga, más seguridad el Estado del Bienestar que la ley de la selva. Curiosamente lo más obvio a veces resulta lo más difícil de entender.

Enric Sopena

 
Hemeroteca

Lista Al trasluz

Buscador