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Nº 719
4/12/2006

una naciÓn que encoge


La desintegración de Yugoslavia comenzó en 1989 cuando a Slobodan Misolevic se le ocurrió acabar con la autonomía de Kosovo. Años después, y con todo lo que sobrevino, volvemos al principio del círculo, esperemos que no a otra guerra, en Kosovo precisamente y en circunstancias dudosas. Es posible que con el nuevo año se selle la independencia del territorio, un desgarro más para los serbios, conocida y dolorosa etapa en una nación que no deja de encoger y de sentirse humillada. Si Serbia pierde Kosovo, una provincia y no una república como Macedonia o Montenegro, no sería raro que mañana perdiera también la Volvodina. O que, por aquello del valor del precedente, Rusia aproveche para beneficiar territorios que también quieren independizarse de Georgia y Moldova; Abjazia, Ossetia del Sur y Trandsniestria. Para Serbia, Kosovo será una pérdida muy sensible que ningún político querría endosar. Por ello resulta inquietante que Vojislav Kustunica, primer ministro, de alguna manera haya recogido el legado de Milosevic, xenófobo y antioccidental, con Serbia como víctima y Kosovo en el centro de la mitología nacional.

Con la Constitución serbia de Octubre de 2006 y las elecciones previstas para el 21 de enero los políticos y la población se tienen que emplear ante la explicable congoja de un país que sufre nuevas amenazas secesionistas, en las que no es raro que encuentre suficientes motivos para el resentimiento y la asunción de la condición de víctima. Malos ingredientes en cualquier caso y una durísima prueba histórica para cualquier país, aunque la Serbia de hoy no puede compararse con la Yugoslavia de 1989, ni Kustunica sea capaz, o tenga la voluntad, de generar la violencia de Milosevic, que acabó con Yugoslavia y con él. Mart-ti Ahtisari, enviado especial para Kosovo de las Naciones Unidas (Unosek), presentará sus propuestas de status definitivo de la provincia una vez celebradas las elecciones de enero. Si son demasiado ambiguas, como se teme, es probable que se intensifiquen las presiones para la partición de Kosovo, o que su Asamblea proceda a una declaración unilateral de independencia. Por motivos religiosos, históricos y demográficos, con independencia o sin ella, Kosovo registrará constantes apuestas y envites entre Serbia y Albania.

No es fácil ponerse en el papel de políticos y ciudadanos que otra vez asisten al empequeñecimiento de su patria, pero tampoco lo es despreciar la tremenda ilusión de un 90% de albaneses de Kosovo, tan acorralados por la ceguera criminal de Milosevic y su soberbia. Complicado resultará encontrar un punto de entendimiento entre Pristina y Belgrado, porque precisamente desde octubre de 2000, al sustituir Kustunica a Milosevic, aquél no ha dejado de reivindicar su herencia, de resultados evidentemente desastrosos para los serbios. Se sospecha que de manera deliberada, Belgrado está tratando, con el proyecto constitucional, su aceptación mediante referéndum, y las elecciones de enero, de aplazar lo inevitable, –una independencia más o menos completa–, para conseguir que los albaneses se muestren más y más impacientes, que lleguen a emplear la violencia otra vez y así debiliten su posición en la mesa de negociaciones celebradas en Viena desde 2005. Por supuesto, una vez conseguida la independencia, Serbia hará todo lo que pueda para que tenga las mayores limitaciones posibles.

Además, si se procede a la partición de Kosovo, ¿no surgirán motivos para la partición de Macedonia y Bosnia? Al parecer la desintegración de Yugoslavia todavía no habría concluido, en un mundo europeo en que las tensiones nacionalistas e independentistas recobran un notable vigor, lo que al menos y, por desgracia, sirve para lamentar los desastres de la guerra, las ilusiones truncadas y el absurdo criminal a que han conducido la tiranía, el mal gobierno y la opresión de las minorías. Quizás el Kosovo de mañana sea tan sólo independiente de manera nominal y requiera durante años una importante presencia internacional de carácter civil y militar; quizás termine repartido entre Albania y Serbia, naturalmente con el desplazamiento de los 100.000 serbios del territorio, otra limpieza étnica que a lo mejor esta vez es pacífica. Estas soluciones, como las que se impusieron en el resto deYugoslavia, verdaderamente no son las mejores pero lamentablemente acaban siendo inevitables, en éste y otros casos de remedios nacionales, ante la misma exasperación generada por militares y políticos que han hecho imposible la convivencia en un marco nacional único.

Ignacio Rupérez
*Embajador de España en Iraq.

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