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Nº 719 - 4 de diciembre de 2006

Desde el arco del río Níger


Recientemente tenía la oportunidad de realizar un viaje al África subsahariana siguiendo el arco del Níger, desde Nigeria hasta Mali. Nada mejor que un recorrido por estos países para comprender la relación entre desarrollo, demografía e inmigración y la diversidad del continente africano.

El francófono Mali es uno de los países mas pequeños de África (11 millones de habitantes) y el tercero más pobre del mundo. El 70% de la población es analfabeta y crece tanto como su PIB. Depende críticamente de productos agrícolas, como el algodón, muy afectados por las políticas proteccionistas, especialmente de los EEUU, de la ayuda externa y de las remesas de sus 4 millones de emigrantes.

En contraste, los 130 millones que tiene la anglófona Nigeria, gran potencia de la región pero que afronta graves tensiones étnicas y religiosas en su interior. Gracias a su petróleo, es uno de los países potencialmente más ricos. Pero el 70% de su población vive con menos de 1 dólar al día. Durante 30 años de dictadura militar, la riqueza petrolera ha sido como una maldición que ha desbaratado las estructuras económicas y generado corrupción y desigualdad.

Ese África real, a veces excluida de la globalización pero cada vez mas deseada por sus materias primas, se enfrenta a tres grandes desafíos: la lucha contra la pobreza, evitar el asistencialismo y construir sistemas de gobierno democrático.

Recorriendo el arco del Níger resulta evidente que la lucha contra la pobreza es la mejor respuesta a desafíos colectivos como la paz, la seguridad, las migraciones y la protección del medio ambiente. Pero es necesario que esa lucha sea eficaz.

Uno de los Objetivos del Milenio era reducir la pobreza a la mitad en 2015. Digo bien, "era", porque según el PNUD, al ritmo actual África no alcanzará esos objetivos antes de ¡140 años! A pesar de todas las ayudas, cada 30 segundos muere un niño africano de malaria. Es un tsunami silencioso que el calentamiento climático podría agravar al extender el endemismo de ésta y otras enfermedades.

La corrupción tiene un efecto devastador en la eficacia de las ayudas al desarrollo. La Unión Africana considera que la corrupción le cuesta al continente el 25% de su PIB. En Nigeria estiman que el 90% de los 400.000 millones de dólares obtenidos del petróleo han desaparecido o se han malgastado. Si persiste esa lacra nunca llegaremos a erradicar la pobreza, por muchos esfuerzos que dediquemos a la cooperación.

La UE aporta más de la mitad de la ayuda mundial al desarrollo, la mitad de la cual se dirige al África subsahariana. Pero son como gotas en el océano.

Podemos y debemos hacer más, pero también debemos y podemos hacerlo mejor. En muchos países receptores las ayudas no llegan siempre a quienes más las necesitan. Muchos donantes tranquilizan su conciencia liberando fondos sin preocuparse demasiado por la poca o mucha eficacia con que se empleen.

Hay que exigir transparencia y responsabilidad compartida para evitar que las ayudas caigan demasiadas veces en un agujero, o en un bolsillo, o en un bolsillo agujereado. Condicionar pero no abandonar. Combatir los efectos perversos de la ayuda al desarrollo, que adormece a unos y crea buena conciencia enotros, que a veces empobrece y mantiene una forma de dependencia postcolonial. Para ello, necesitamos estrategias más coherentes y acciones menos dispersas. Un ministro ghanés decía tener que atender a mas de 400 donantes. Demasiados actores para demasiados pocos medios.

En el 2005 hubo gestos relevantes, como el aumento de los esfuerzos del G-8 e importantes anulaciones de deuda externa. La UE adoptó una estrategia de desarrollo para África basada en el principio de "apropiación local" para que el destino de las ayudas se determine junto con los destinatarios y así ponerlas directamente a disposición de los sistemas locales de ejecución.

Ligado al desarrollo y a la pobreza están los flujos migratorios. Visto desde el arco del Níger, la emigración es una necesidad, como lo fue para los europeos del siglo XIX. Y se comprende que el "Eldorado europeo" haga soñar a muchos africanos que emprenden una aventura, a veces de años, en la que arriesgan sus vidas pagando sumas colosales a los traficantes de seres humanos. El volumen de negocios de estos "nuevos negreros" es ya equivalente al de los traficantes de droga.

Si tuviésemos una política europea de inmigración legal y si no existiera una oferta de trabajo ilegal en Europa, los candidatos a la inmigración clandestina serían menos numerosos. Europa envejece y necesita emigrantes para salvar su bache demográfico. África es joven y necesita recursos y mercados.

Canalizar la emigración y ayudar al desarrollo local son las dos caras de uno de los grandes retos de nuestro tiempo, que debemos afrontar juntos.

José Borrell
* Presidente del Parlamento Europeo

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