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Nº 718 - 27 de noviembre de 2006

Sin Montilla ni Sebastián y con La Caixa en retirada

ZP se hace ‘Solbente’

El estilo Solbes ha logrado convencer a Zapatero. Dos años y medio después de llegar al Gobierno, el vicepresidente ha conseguido hacerse el verdadero amo del área económica. Hasta hace poco, había tenido que compartir poder con el asesor presidencial Miguel Sebastián y el ministro de Industria José Montilla, los dos miembros del gabinete Zapatero más entusiastas con la posibilidad de meter mano en el mundo empresarial. Ahora, el primero va ya camino de Madrid y el segundo se queda en Cataluña, movimientos que han coincidido con el anuncio de la poderosa Caixa –cuya estrategia industrial siempre ha sido del gusto de Moncloa– de distanciarse de la gestión en las empresas que participa. Solbes ha convencido a Zapatero de que los costes políticos han sido mayores que las ganancias ya que, como la mujer del César, no sólo hay que ser honrados, sino que también hay que aparentarlo. El presidente ha visto que es más rentable apasionarse relatando los grandes progresos de la economía, sobre todo cuando las elecciones se acercan.

Por Vera Castelló

Mientras que determinados miembros del Gobierno han dedicado la legislatura a estudiar con lupa -y difundir- los cambios que serían deseables en el sector empresarial español, Solbes siempre ha sido el hombre de los números, de la macroeconomía, de las grandes cifras. El ministro convencido de que nada debía desviar la atención de los buenos resultados que ha ido cosechando nuestra economía, creciendo a un ritmo muy superior al de nuestros socios europeos. Sin embargo, el vicepresidente se ha tenido que llevar más de un disgusto.

En todo este tiempo el Gobierno se ha visto obligado a campear diversas tormentas a cuenta de operaciones empresariales en las que algunos veían la larga mano del Ejecutivo de Zapatero. Un papel, el de apoyar o denostar movimientos en las empresas, que Solbes nunca ha visto con entusiasmo, consciente del coste de imagen que roles de ese tipo tienen. El vicepresidente siempre ha preferido la máxima de Plutarco sobre la mujer del César. Si el Gobierno es honrado, también tiene que transmitirlo así.  Y ahora, cuando quedan ya sólo unos meses para las elecciones municipales y autonómicas, antesala de la precampaña a las generales, ha llegado el momento apropiado para llevarlo a cabo.

Los hombres que esta legislatura han llevado el sambenito de ser los encargados de moldear el mapa empresarial al gusto de Zapatero están ya en otros asuntos.  Nos referimos, principalmente, al director de la Oficina Económica del Presidente del Gobierno, Miguel Sebastián, y al ex ministro de Industria, José Montilla.

Pese a que el economista sigue teniendo su despacho en La Moncloa ( Ver La despedida de Miguel Sebastián) ya ha sido elegido oficialmente candidato socialista a la alcaldía de Madrid, un reto que le está ocupando ya la inmensa mayoría de su tiempo.

Cuando hace unas semanas el presidente anunció que sería su mano derecha económica quien peleará con Gallardón en la capital ya se interpretó que Zapatero mataba así dos pájaros de un tiro. Efectivamente encontraba a alguien para esa plaza maldita, pero al mismo tiempo acababa con la bicefalia económica reinante en Moncloa. Y es que el estilo Solbes y el de Miguel Sebastián son absolutamente diferentes lo que ha provocado sonados chirrios.

Aunque en teoría cada uno tenía diferentes labores, en la práctica ambos se han pisado el terreno y no han sido pocas las ocasiones en las que sus opiniones han diferido públicamente, dando una imagen de falta de coordinación nada deseable en ámbitos económicos..

El área en el que su manera de ver las cosas ha sido más contrapuesta es probablemente  el de las operaciones empresariales. Si bien es cierto que su puesto de asesor económico le convertía en el intermediario natural entre Zapatero y los emprendedores, al final los medios han atribuído a Sebastián un protagonismo excesivo que nunca ha gustado en Moncloa. Los ataques al asesor por su supuesta intromisión en decisiones empresariales -relevo en la presidencia de Repsol YPF, intento de entrada de Sacyr en el BBVA o la opa de Gas Natural en Endesa- impactaban directamente en la cara del presidente. Y es que, cualquier movimiento atribuído al asesor monclovita lleva implícito el vistobueno de Zapatero.

Solbes, sin embargo, ha estado mucho tiempo dejando hacer a los de Moncloa, hasta que ha conseguido convencer al jefe del Gobierno de que el coste político que estaban sufriendo el Ejecutivo no compensaba los beneficios que se podrían derivar. De ahí que últimamente el vicepresidente haya aterrizado en la arena empresarial para tratar de poner orden y restablecer la imagen de elegante neutralidad que debería acompañar siempre al Gobierno.

Solbes ha sido el encargado de diseñar la marcha atrás de la Comisión Nacional de la Energía (CNE) en la eliminación de las trabas que el organismo había impuesto -de forma ilegal, según Bruselas- a la posible entrada de E.On en el capital de Endesa.

Asimismo ha jugado su papel Joan Clos. Después de todo la CNE depende del ministerio de Industria. También en este departamento se han observado últimamente significativos cambios.

Montilla impulsó significativos cambios en las presidencias de las empresas que, como Red Eléctrica o Hispasat, tienen participación fuerte del Estado. En otras, enteramente privadas, también hizo saber a los accionistas la conveniencia de que sus cúpulas dejaran atrás el perfil ideológico que dejó el Partido Popular . El caso más claro, el de Repsol YPF, con un Alfonso Cortina nombrado a dedo por Rodrigo Rato que dejó el sillón a Antoni Brufau, hasta entonces director general de La Caixa,accionista de referencia en la petrolera y la entidad que más se ha movido para hacer valer la importancia de su cartera industrial, propiciando las simpatías del actual Gobierno.

El de Repsol fue el caso más llamativo, pero a éste le siguieron la salida de Miguel Boyer de CLH, la de José Olano de Aldeasa, o la de José Manuel Fernández-Norniella del  Consejo Superior de Cámaras de Comercio, todos ellos marcados políticamente.

Si a José Montilla le tocó intentar desaznarizar ciertas empresas, Clos ha aterrizado en el ministerio con el objetivo de llevarse bien con los sectores que peor lo llevaron con su antecesor. El caso más evidente es el de las eléctricas.

El actual presidente de la Generalitat tuvo que vérselas con la opa de Gas Natural sobre Endesa y la contraopa de E.ON, un escenario que le valió diversas tensiones con el sector eléctrico y convertirse en la principal diana de los ataques del Partido Popular al Gobierno. En los dos años que estuvo Montilla en el Ministerio, los populares le responsabilizaron -junto a Sebastián- de todos y cada una de las novedades que fueron surgiendo en el sector. A Clos, sin embargo, le está tocando jugar un papel muy distinto, más grato, ya que consiste en recomponer las buenas relaciones con las compañías eléctricas.

¿Cómo? A cuenta de una subida de las tarifas para que estas reflejen los "costes reales" de la generación de energía, la eterna reivindicación del sector.

Hasta ahora el Gobierno se ha resistido a ella por el efecto que puede tener en la inflación -la gran preocupación de Solbes- pero también para no asumir el coste de imagen que siempre conlleva elevar el recibo de la luz de los consumidores. No obstante, parece que el Ejecutivo va a tomar el toro por los cuernos y la va a llevar adelante. De hecho, la pasada semana Clos, en una intervención en el Senado, dio por hecha el alza de las tarifas, pese a reconocer que será “dolorosa”.

Y es que esta tradicional reclamación de las eléctricas resulta ahora más acuciante debido a los costes que los nuevos accionistas están asumiendo para conformar nucleos duros españoles en las principales eléctricas: Acciona en Endesa y ACS, que ya estaba presente en Unión Fenosa, en Iberdrola. Movimientos que parecen contar con el visto bueno del Gobierno, de la misma manera que se ha visto de forma positiva la entrada en Repsol YPF de Sacyr, logrando hacerse con un paquete accionarial aún más significativo que el que atesora La Caixa.

De retirada. El nuevo estilo en política empresarial -ni intervenir ni parecer que se interviene- ha llegado ya incluso a las propias compañías cercanas. Desde que Zapatero pisó La Moncloa encontró en la cartera de participaciones industriales de La Caixa un instrumento muy atractivo para propiciar cambios en algunas de las mayores empresas del país, precisamente las privatizadas, las mismas en las que los hombres que nombró José María Aznar intentaban blindarse.

La cartera de La Caixa cuenta con el 50% del holding asegurador Caifor, el 35% de Gas Natural, el 12% de Repsol, el 19% de Abertis, el 5% de Telefónica, el 23% de Aguas de Barcelona, el 12% del Banco Sabadell, el 94% del parque temático de Tarragona, Port Aventura, el 16% del banco portugués BPI o el 30% de Occidental Hoteles, entre otras.

Si bien La Caixa ha sabido entender qué operaciones podrían ser más del agrado del actual Ejecutivo ha sido precisamente esa sintonía la que ha hecho que la caja quiera ahora ocupar un segundo plano. Y es que la caja catalana ha salido últimamente escaldada.

Ya cuando la entidad hizo valer su peso accionarial en Repsol YPF para conseguir un relevo en la presidencia, y situar en ella a Antoni Brufau, recibió alguna crítica por estar en la órbita del Gobierno Zapatero, y ahora, desde que su participada Gas Natural lanzara su oferta de compra sobre la eléctrica, la caja no ha hecho más que esquivar los arañazos que le lanzaban desde los sectores más conservadores. La Caixa y sus responsables se han tenido que aplicar a fondo para intentar limpiar de matices políticos lo que desde un principio defendieron como una operación empresarial de indudables beneficios a distintos niveles.

Pese a que la entidad se ha cansado de asegurar que se trataba de una operación puramente empresarial, la opa ha ido acompañada de connotaciones políticas desde el mismo día que se anunció. Empezando por la presidenta de Madrid, Esperanza Aguirre, quien protestó -con lapsus incluido- porque se quisieran llevar la energía "fuera de España". La popular se refería a la posibilidad de que la sede de Endesa se trasladara de Madrid a Barcelona al estar los principales accionistas de Gas Natural radicados en Cataluña. Por entonces, hablamos de septiembre de 2005, el proyecto de reforma del estatuto catalán ya había exaltado algunos ánimos y el intento de la gasista por hacerse con el control de la "española" Endesa fue la gota que colmó el vaso para los sectores conservadores, los mismos que impulsaron un boicot a los productos y servicios de capital catalán. Un rechazo que, según la propia entidad, no llegó a hacer mella en sus resultados, que han seguido creciendo, pero que sí llegó a preocupar por sus posibles consecuencias en una compañía como La Caixa que ya hace años decidió no quedarse sólo en Cataluña y desarrollar una decidida expansión por toda España y, próximamente, fuera de nuestro país.

Que La Caixa vaya a sacar a cotizar su atractiva cartera industrial -valorada en más de 20.000 millones de euros- tiene como principal objetivo hacerse con dinero en efectivo para poder salir de compras fuera de España. Sí, pero detrás de esa decisión también se encuentra el deseo de la entidad de alejarse de la gestión directa de alguna de las empresas en las que participan, o más concretamente de algunas operaciones, pasadas o futuras, que pueden dañar su imagen.

No se trata de vender esas participaciones, sino de crear un holding que aunque siga controlado por la entidad tenga una presidencia propia y unos gestores se encarguen de esas inversiones, desvinculando de alguna forma las decisiones que puedan tomar los ejecutivos de ese holding de las que tome la caja. No parece fortuito que La Caixa anunciara la futura salida a bolsa de parte de ese holding el mismo día que la CNMV aprobaba la opa de E.On, dejando obsoleta la oferta que hizo Gas Natural hace 15 meses.

Con este nuevo escenario Solbes va a intentar afrontar el final de la legislatura -¿la última? “ya veremos, ya veremos”, como le gusta decir con cara de pícaro- “disfrutando” de sus logros económicos e intentando hacer olvidar las intromisiones que “otros” lideraron. Ese no es su estilo.

El país de las maravillas económicas

Pocas veces se ha visto tan resplandeciente al presidente del Gobierno como la pasada semana en unas jornadas organizadas por el semanario The Economist. Zapatero disfrutó enlazando los logros económicos alcanzados por España en los últimos años. Pero lo mejor, al parecer, está por llegar. Según adelantó ante un auditorio repleto de empresarios -con algunos se reunió previamente en privado- nuestro PIB terminará el año mucho mejor de lo esperado, concretamente en un 3,8% de media para todo el año y el IPC cerrará en torno al 2,5%, el nivel más bajo desde febrero de 2004. También se han obrado fuertes mejoras en el empleo ya que, según aseguró Zapatero, se crearán 700.000 puestos de trabajo este año y tres millones hasta final de legislatura. El sector exterior también va de maravilla. Incluso el presidente se felicitó de que la economía vaya a cerrar el año con un superávit presupuestario del 1,4% ó 1,5% del PIB, algo que no cuadra con su estandarte de ser el presidente más de izquierdas de la democracia.

Sin embargo la euforia desplegada por Zapatero fue matizada por el anfitrión de las jornadas quien se ocupó de hablar de los desequilibrios que perviven en nuestra economía.

La despedida de Miguel Sebastián

Pese a que ha sido ya nombrado oficialmente candidato a arrebatarle la alcaldía a Alberto Ruiz-Gallardón, Miguel Sebastián todavía está en la Oficina Económica del Presidente del Gobierno. Allí puede permanecer incluso hasta primeros de enero, según fuentes de Moncloa, mientras termina de rematar sus asuntos y su anunciado sustituto, David Taguas, ex compañero en el Servicio de Estudios del BBVA, arregla su salida del banco.

No obstante, Sebastián ya se ha despedido de todo el mundo. Hace un par de semanas lo hizo de la prensa presentando, en persona, uno de los informes que elabora su departamento. El candidato a la alcaldía aprovechó el acto para dejar clara algunas cosas que parecen haberle molestado.

Por ejemplo, que por supuesto que ha elaborado informes sobre empresas “como hacen los asesores económicos de todos los países desarrollados” o que le parece “injusto” que la prensa cuente que las empresas informan a Zapatero de sus planes pero que no se refleje que a veces -caso de la opa a Endesa- los empresarios lo hacen primero a la oposición. También negó que este Gobierno haya sido intervencionista y recordó que el PP vetó seis operaciones en el sector eléctrico y ellos ninguna.

La España que aún va mejor, por Enric Sopena


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