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Nº 718 - 27 de noviembre de 2006

María Antonia Iglesias, autora de ‘Maestros de la República’

“LA DERECHA ES TAN MISERABLE QUE NUNCA SE CONFORMA CON NADA”

La periodista y escritora, que estuvo algunos años al frente de los informativos de Televisión Española, recoge en un apasionante y estremecedor libro la historia de diez maestros que acabaron sus días bajo las balas de la represión franquista. Su muerte cruel y vengativa, pero también sus vidas y su obra son el material con el que se ha tejido este emotivo relato que también se erige en denuncia de un olvido imperdonable: el de los 500 maestros fusilados por la dictadura de Franco.

Por P. A. N.

Una historia terrible acerca de diez maestros –que representan a todo un colectivo– fusilados sólo por desempeñar honestamente su labor.

—La inmensa mayoría eran católicos fervorosos. Una de las cosas que más me ha impresionado es que detrás de cada historia de maestros fusilados, siempre hay un cura. Un cura que denuncia, un cura que los mete en una lista, un cura que tiene envidia, porque en esa época republicana, las Misiones Pedagógicas cuidaron mucho a estos maestros; los eligieron como referente social de cada pueblo. Cuando llegaban a las poblaciones no buscaban al cura, buscaban al maestro. Eso generaba un rencor... Cuando llegó el bando nacional, la venganza fue tremenda. En la mayoría de los casos, el motivo real no fue ideológico, sino pura venganza. Detrás de cada expediente hay un cura que delata: “ateo, marxista, no va a misa”.

—¿Qué resultaba más impresionante de estas historias?

—Para mí, lo más importante es el ejemplo de devoción a la cultura laica, a la enseñanza, a la defensa de los niños más pobres, a la defensa de la escolarización, a la cultura, a la libertad. Como consecuencia de su forma tan coherente de estar en este mundo, dieron la vida por ello. Su único delito fue defender una enseñanza de iguales, la escuela laica. Eran mucho más que maestros. Constituían el referente social del pueblo. Hacían de médico, de comadrona, ayudaban en el campo, con los animales, arreglaban los papeles para que la gente no tuviera que ir a la ciudad desorientada. Luego, en el ámbito personal, todos, todos, tenían una mujer, una compañera que les hacía el apoyo, no sólo como la mujer del maestro, sino que era la que hacía abrigos a los niños, la que hacía la comida para todos los niños. El maestro de Móstoles del que escribo, Gerardo Muñoz, todos los meses enviaba anónimamente, lo que él llamaba “el pedido” a las casas de los niños más pobres. Era gente con una dignidad, una categoría humana y personal extraordinaria.

—Ha construido su narración a través de múltiples testimonios directos.

—Para la documentación he contado con apoyos básicos. Por un lado, hijos de estos maestros y, sobre todo, testimonios de alumnos. Son tan elocuentes de lo que significaba para ellos el maestro. Recuerdo uno de ellos en Galicia –que, lamentablemente fallecía poco después- que decía “si se muere mi padre, no lo hubiera sentido más”.

—Su libro constituye un homenaje a un colectivo olvidado.

—Yo he pretendido hacer un homenaje muy apasionado. Es un libro muy de llorar. Son casos tremendos en los que se mezcla la bondad de esta gente –que eran tan inocentes, que los cogieron como a conejos porque no se marchaban de sus pueblos porque no eran conscientes de haber cometido delito alguno, confiaban en la bondad de la gente- con las atrocidades que cometieron contra ellos. Fue un ensañamiento tal contra los maestros, una persecución selectiva. La gente del franquismo sabía muy bien lo que estaban haciendo. Eran conscientes de que golpeaban en la columna vertebral del espíritu de la República. Lo único que la República pudo o supo poner en pie fue un plan de educación. Triplicó el número de escuelas en dos años, triplicó el salario de los maestros. Las Misiones Pedagógicas desplegaron una ingente labor que llegaba hasta el último rincón del país. El ser la raíz de la cultura y de la libertad es lo que les costó la vida.

—¿La idea de este libro está vinculada al 75 aniversario de la República?

—No. Me daba mucho coraje este asunto de los “mártires de la cruzada”. Tenía una idea muy clara de lo que habían sido los maestros de la República, y no sólo en la vertiente educativa, sino en la calidad humana. Siempre me pregunté quién iba a “canonizar” a estas personas, quién se iba a acordar de ellas, quién escribiría sobre lo que habían hecho. Era una especie de deuda que teníamos con muchas de estas personas, que no pasaban por santos, pero que lo eran. También porque tropecé con un librito sobre el primero de los casos que trato, el de un maestro de una localidad de la provincia de Lugo que se llama Valeira. Un lugar muy pobre, abandonado. El libro se titula “Alsimiro Rico, luz dos humildes”. Su lectura me estremeció tanto... El peso y la humanidad del personaje. Luego lo torturaron de una forma salvaje, le arrancaron los ojos y la lengua, le cortaron los testículos, y lo fusilaron con postas de caza para que la agonía durase más. Este libro fue ya el elemento detonante.

—Habla de diez casos, pero habrá tenido conocimiento de muchos más.

—Sí, me costó mucho seleccionar. Tuve la suerte de tropezarme con un personaje entrañable, que es sobrino de un maestro republicano, que se llama Antonio Sánchez Marín, que es un archivo viviente, y tenía un montón de casos de maestros fusilados, represaliados. Entre los dos, y con muchísimo dolor y esfuerzo hicimos una selección. Hubo 500 fusilados y miles de represaliados. Era tal el odio contra lo que representaban, la cultura, la libertad.

—¿Ha tenido dificultades para la documentación?

—Ninguna, todo han sido facilidades. No he escrito un libro de tesis. No soy historiadora y no quiero serlo. He hecho un libro muy pegado al corazón, y para ello he contado con un material humano –si se puede emplear esta expresión- extraordinario. Los hijos, los nietos, los alumnos. Poner a esa gente a hablar es como una catarata de memoria viva. He optado por una técnica en la que reproduzco, casi de manera exacta todo lo que cuentan. Es sobrecogedor.

—Ha contado con prologuistas de excepción para cada uno de los diez capítulos.

—Sí. Les pedí esa colaboración a estas diez personalidades excepcionales y todos accedieron. El del caso gallego lo hace Xosé Manel Beiras, un prólogo precioso. Santiago Carrillo escribe el de Asturias, Manuel Vicent, el de Valencia, Almudena Grandes, Luis García Montero. En fin, estoy muy contenta. No es un libro de tesis, no es un libro de historia, no he pretendido realizar un análisis profundo sobre la educación, sino aproximar a la gente a unos seres humanos de un nivel increíble.

—Ahora que se está debatiendo sobre la Ley de Memoria Histórica, ¿es un acicate este libro para impulsarla?

—Creo que sí. Una cosa está clara, con el PP no hay nada que hacer; por mucho que se rebaje el listón, siempre estarán en desacuerdo. Segundo, la redacción de la Ley es ingenua, a mi modo de ver es cobarde. Es ingenua porque dejan a la libertad de cada ayuntamiento la decisión de cosas que nunca modificará una corporación del PP. Pedirle a un alcalde del Partido Popular que elimine los símbolos franquistas es pedirle peras al olmo. Creo que esta ley, que desde la perspectiva del encontronazo político con la derecha, iba a producirlo de todos modos, se ha quedado tan corta que no vale para nada.

—Amnistía Internacional la ha llegado a comparar con una Ley de Punto Final a la argentina.

—Posiblemente. Es una ley que se mete en su propia trampa. Me considero, de alguna manera, hija de la transición, y creo que ese milagro que un día se hizo entre Santiago Carrillo y Manuel Fraga en el Club Siglo XXI echó a andar a la transición. Si no, estaríamos muy mal. Hay cosas que hay que superar. Pero una cosa es superar y otra, olvidar. Hay un elemento decisivo para que yo tenga una posición tan beligerante en este asunto; la derecha es tan miserable que no se conforma nunca con nada. Si dijéramos que con la Memoria Histórica pretenden hacer una revolución proclamar la República o tomarse la revancha..., pero lo que quiere la gente es enterrar pacíficamente a sus muertos, saber dónde están. ¿Qué daño hace eso? ¿Qué ampollas levanta? Tengo la sensación de que el Gobierno está dispuesto a aceptar enmiendas de Izquierda Unida y de otros. Yo vi el borrador inicial, y entonces era muchísimo más clara, pero luego creo que se han acojonado, que, al final, no querían que el PP se encabritara. Hay un desequilibrio enorme, los vencedores de la Guerra Civil –con toda mi solidaridad para con las víctimas del bando nacional- tuvieron 50 años para resarcirse, para enterrar a sus muertos, para tener sus pensiones, sus ayudas del Gobierno, para monopolizar la educación, para todo. Y los perdedores, ¿qué han tenido? Un montón de huesos que ni siquiera se sabe dónde están.

—¿Por qué cree que esta ley se opone a la difusión de los nombres de personas que han cometido crímenes que, además nunca prescriben?

—Es un proceso de intenciones, no tengo bases para poderlo asegurar, pero lo que yo intuyo que puede pasar es muy fácil. Tú escarbas en los apellidos de la derecha y te encuentras ahí lo que quieras. Todos los apellidos de la represión están ahí. Mucha gente del PP –que yo no digo, ni mucho menos, que tengan que asumir lo que hicieron sus abuelos-..., pero, ¿por qué cuando hay una propuesta de condenar la dictadura franquista el PP siempre busca un subterfugio para evitarlo? ¡Cómo van a condenar a sus abuelos!

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