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Las cajas, un poderío creciente Ricardo Fornesa, presidente de La Caixa, la primera caja de España, ha sorprendido con su iniciativa de organizar y sacar a Bolsa un holding con sus participaciones industriales, cuya intención confesada –hay muchas más, como luego veremos– es sacar dinero para comprar un banco europeo. Miguel Blesa, su referencia inmediata como presidente de Caja Madrid, le ha contraprogramado exhibiendo fuelle para comprar otro banco europeo sin necesidad de artilugios. Desde el punto de vista del potencial comprador avezado no ofrece un atractivo especial comprar las acciones de un holding financiero cuando puede adquirir selectiva y directamente las que integran el paquete catalán: Gas Natural, Repsol, Aguas de Barcelona o Telefónica; no obstante, albergo escasas dudas de que La Caixa logrará vender la nueva corporación sin mayores problemas gracias a la formidable máquina comercial que es su red de oficinas, eficaz y barata. Pero si son discutibles las ventajas para un posible comprador, no lo son las que aporta a la caja y hay que reconocer que Ricardo Fornesa, con 77 años muy bien llevados, le ha echado imaginación y valor. Fornesa pretende que la imagen de la entidad no se vea involucrada en las pasiones, altas y bajas, que provocan ciertos movimientos corporativos. La experiencia de la OPA de Gas Natural y los movimientos que se adivinan en la gasista, en Repsol YPF y en otras compañías, ha debido constituir su principal motivación. Nace un poderoso ente con personalidad propia, domicilio singular, Consejo de Administración ad hoc y, suponemos, encabezado por un capitán de empresa de reconocido prestigio. Fornesa consigue así: 1) desplazar la polémica política del sanctasanctórum de la caja hacia la sede del holding; 2) se sustrae un tanto de los condicionantes que el Banco de España impone a las inversiones de las cajas; 3) se sustrae, igualmente, al potencial intervencionismo del gobierno catalán; 4) obtiene sabrosas plusvalías al sacar un 49 por ciento del futuro ente a la Bolsa, y 5) integra las empresas participadas en una dirección ad hoc que puede mejorar la gestión. Asume, sin embargo, algunos riesgos, uno de los cuales ha sido señalado por Solbes: las reticencias de la Comisión Europea que pudiera avizorar ayudas públicas, dada la naturaleza de las cajas. Sin embargo, ahora que los grandes bancos han abandonado sus compromisos industriales, hay que felicitarse por el nacimiento de este poderoso instrumento productivo que integrará el 35 por ciento de Gas Natural; el 12 por ciento de Repsol YPF; el 19 por ciento de Abertis; el 5 por ciento de Telefónica; el 4 por ciento de Endesa; el 23 por ciento de Aguas de Barcelona; el 12 por ciento del Banco de Sabadell; el 50 por ciento del grupo asegurador Caifor; el 94 por ciento del parque temático de Tarragona, Port Aventura; el 16 por ciento del banco portugués BPI; el 30 por ciento de Occidental Hoteles, y el 20 por ciento de Caprabo, entre otras participaciones. La Caixa seguirá controlando, pues mantiene el 51 por ciento y con el dinero obtenido reforzara su músculo financiero y su internacionalización. Las cajas son un genuino producto nacional que, nacidas en el ámbito local, han terminado confluyendo en una victoriosa marcha sobre Madrid. No es extraño que los bancos estén de uñas contra ellas pues no paran de perder cuota de mercado; exagerando un poco podría decirse que les han expulsado de España, si bien hay que reconocer que ellos han logrado beneficios más sabrosos gracias al negocio que hacen fuera del país; acusan a las cajas de numerosas maldades: competencia desleal; que no tienen que dar cuentas a los accionistas; que están politizadas; que disfrutan de una legislación protectora, etc; su argumento más eficaz es que una caja puede comprar un banco y no a la inversa. La verdad es que si se privatizaran las cajas iban a durar menos que un porro en la puerta de un colegio: son las que garantizan una razonable competencia; sin ellas, sufriríamos el duopolio del Santander y el BBVA. Las cajas se defienden de los ataques del adversario señalando que sufren unas limitaciones legales más estrictas que los bancos y atacan haciendo notar su compromiso con la sociedad, que se plasma en su Obra Social frente al frío interés de la banca cuyas apelaciones a la Responsabilidad Social Corporativa responden a criterios de puro marketing. Este argumento fue la base de una campaña de publicidad que irritó profundamente a las entidades bancarias.
José García Abad
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