F abián
Hemeroteca Esta semana
Nº 717
20/11/2006

En respuesta a Joaquín Leguina

NADIE ES PERFECTO

Por Daniel Fernández *

Las dificultades que los socialistas tenemos para asumir la responsabilidad de gobernar las instituciones madrileñas no son ajenas, a mi juicio, al desaprovechamiento político de la energía tranquila de Joaquín Leguina. Pero, como no hay bien que por mal no venga, gracias a ello, Don Joaquín puede ocupar parte de su tiempo en el análisis de la política catalana. Con todo, su última aportación (en su artículo titulado Castristas, publicado en EL SIGLO la semana pasada) contiene afirmaciones que, cordialmente, no comparto.

Sorprende, en primer lugar, que el análisis postelectoral que Joaquín Leguina concluye como firme partidario de la gran coalición entre PSC y CiU, no se aborde en ningún momento desde la lógica izquierda/derecha (Francis Fukuyama vincit?). Y, ciertamente, si se prescinde de esta lógica y se aborda la realidad catalana desde una perspectiva exclusivamente nacionalista (catalana o española), algunos acontecimientos son difíciles de entender.

Para el PSC, la CiU de Mas representa a la derecha nacionalista catalana que –después de Pujol y pese a los esfuerzos de Duran– ha iniciado una trayectoria acentuadamente neoliberal –sustitución de servicios públicos por cheques– y radical –carné de catalanidad para los inmigrantes–. Son, en definitiva, nuestros adversarios políticos. Una vez introducido el parámetro izquierda/derecha, pretender que los votos socialistas –por activa o por pasiva– hicieran presidente a Mas, existiendo una mayoría parlamentaria progresista, se convierte en una posición tan respetable como pintoresca.

Pero, para Joaquín Leguina lo verdaderamente preocupante es la deriva nacionalista del PSC. Aunque ni soy ni aspiro a ser un sesudo analista, voy a cometer el atrevimiento de elucidar algunas diferencias entre un catalanista y un nacionalista.

Para un nacionalista (catalán, español o nepalí) su nación es el principio y el fin último de su proyecto político y de todas sus decisiones. Un nacionalista es además, un sujeto refractario a compartir identidades.

Un catalanista aspira al máximo nivel de autogobierno y al impulso de la lengua y cultura catalana –tanto en sus manifestaciones en catalán como en castellano– en el marco de una concepción plural de España. El catalanista comparte identidades –por ejemplo, la catalana y la española– con naturalidad y le causa perplejidad la obsesión de algunos nacionalistas –catalanes oespañoles– por obligarle a optar entre una u otra.

Los nacionalistas hunden sus raíces en el Romanticismo alemán. Su nación es una entidad con vida propia que trasciende a hombres y mujeres. El nacionalista tiene, además, una querencia a mirar por el retrovisor de la historia (Mas acabó su campaña en Ripoll, ante la tumba de Guifré el Pelós).

Los catalanistas bebemos de la tradición de la Revolución Francesa, que concibe la nación como una comunidad de ciudadanos con derechos y deberes. El catalanismo piensa más en la Cataluña de nuestros hijos que en la de nuestros padres. Y lo hace desde la Cataluña que existe y no desde digestiones melancólicas (Montilla reclamó a Mas un debate en castellano que éste se negó a realizar).

Don Joaquín acaba su aportación insinuando la recuperación de la Federación Socialista Catalana del PSOE (¿un guiño amable para recordarnos las alegrías que la FSM ha proporcionado al socialismo español?). Esta reflexión y la contraria que la complementa –avanzar hacia un socialismo catalán desvinculado del socialismo español– son dos caras de una misma moneda que aparece de uvas a peras.

Afortunadamente, la inmensa mayoría del socialismo catalán y español han hecho caso omiso de unas voces que parecen desconocer que la unidad del socialismo catalán que representa el PSC ha sido clave para preservar la unidad civil de Cataluña. Y que sin el vínculo fraternal entre PSOE y PSC el proyecto atractivo, moderno y plural de España –nuestro gran éxito colectivo– hubiera tenido una vida mucho más azarosa y un futuro más incierto.

Los socialistas catalanes estamos destinados a ser "güelfos para gibelinos y gibelinos para güelfos". Lo asumimos con deportividad. Castristas en la acepción leguiniana (aquellos que sólo piensan en su propio liderazgo) no creo que lo seamos ni más ni menos que otros. Lo que es evidente es que no somos tan castizos como Don Joaquín y, lo que es peor, me temo que nunca llegaremos a serlo. Nadie es perfecto.

*Diputado del PSC en el Congreso

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