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Kabul-Bagdad, ida y vuelta
Desde luego, en ambos teatros por la aplicación de la llamada RMA (Revolution in Military Affairs) se pretendió librar una guerra rápida y barata, como paso previo para una paz igualmente rápida y barata. En los dos casos, y en contra de lo que siempre nos han enseñado los militares y los diplomáticos, se pretendió que la victoria y la paz no fueran el último escalón alcanzado después de sudarmucho, no el final sino el principio, y así se convirtieron en un ficción o apariencia momentáneas que tras exhibirse paulatinamente desvelaron la falsedad de la victoria y la paz proclamadas, a manos de los mismos enemigos que no han sido derrotados, y que se reagrupan y multiplican como hongos. De esta manera, en Afganistán y en Iraq la guerra ha comenzado después de la victoria, que en realidad no hubo, y de la paz ha dejado de hablarse, porque la aparente victoria, o victoria pírrica, no era más que una batalla mayor cuyo término señalaba el comienzo de la guerra de guerrilla y de la guerra asimétrica, con toda su prolongación mediante atentados suicidas y bombas artesanales con efectos colaterales de creciente impacto en la población civil. Hay todo un viaje de ida y vuelta Kabul-Bagdad, con una misma fisonomía del conflicto, similares ilusiones truncadas y una constante perfección terrorista. Los Estados Unidos se hallan fuertemente implicados en ambos países, pero es en Afganistán donde la OTAN desarrolla además su primera misión fuera de la zona euro atlántica. Quiere esto decir que los resultados de su actuación tienen gran importancia para Afganistán pero también para la misma Alianza Atlántica y su capacidad de pacificación e intervención. En ambos teatros de operaciones se asiste a una insistente demanda por parte de los comandantes para aumentar las tropas o al menos para la formación dew fuerzas de maniobra. Pero si la actuación militar es vital para combatir la insurgencia, lamentablemente ocurre que pese a los años transcurridos sigue siendo un elemento predominante, tanto en Afganistán como en Iraq. En uno y otro lugar es evidente que sin capacidad policial y administrativa para controlar una zona conquistada una vez que la hayan abandonado los soldados, y sin una política inmediata de paz y reconstrucción, pocas semanas después los insurgentes y los rebeldes reaparecen y se adueñan de las áreas que se consideraban seguras. Así es difícil saber en manos de quienes, o por cuánto tiempo, se encuentran Fallujah o Ramadi, o Kandahar, o si Kabul puede llegar un día a ser tan peligrosa como lo es Bagdad. Que ambos conflictos se amplían se explicaría por la ancestral cultura de la violencia y la impunidad, también por la debilidad o ausencia de una ofensiva de reconstrucción y buen gobierno, tan rápida y efectiva como fue la ofensiva militar. Demorándose la normalización tanto en Afganistán como en Iraq, la crisis se va desdoblando y haciendo más compleja por la penetración terrorista pero también por la intersección de conflictos menores, enfrentamientos entre sectas y tribus, tensiones entre el centro y la periferia, señores de la guerra y escuadrones de la muerte, y un largo etcétera que en el caso de Afganistán se enrarece aún más por tratarse de una narcoeconomía. Pero afganos e iraquíes tuvieron un día la sensación de haber sido liberados por los soldados extranjeros, salvados de los talibanes y de Saddam Hussein, sin que esa sensación, que se fomentó por la oportunidad de acudir a las urnas, se haya completado por el imperio de la ley, la administración de justicia y la efectiva asignación de recursos. En Iraq ya y en Afganistán casi, se habría llegado al cabo de una calle sin salida, de una experiencia que cada vez cuesta más y rinde menos para ambos países y para Occidente, tratándose de un viaje de ida y vuelta que para todos resulta exasperante. Ignacio Rupérez |
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