Frank Schirrmacher, autor de ‘El complot de Matusalén’
“Hay que redefinir el concepto de vejez”
¿Se imagina usted una vida sin hermanos,
tíos, primos ni primos segundos pero con padres, abuelos, tatarabuelos y
tatatarabuelos? ¿Se ha preguntado usted cómo se podrá mantener el sistema de
pensiones en una sociedad donde los jóvenes serán minoría y los ancianos
mayoría? Frank Schirrmacher, 47 años, doctor en Filosofía, periodista,
escritor, editor del diario alemán Frankfuter Allgemeine Zeitung y una de las
figuras más relevantes de los medios de comunicación de Europa, respondió en 2004 a éstas y otras preguntas en El complot de Matusalén. Este año abunda en la problemática con su
nueva obra, Mínimo. De la disminución y nueva reconstrucción de nuestra
comunidad. “Si no resolvemos ahora el problema del envejecimiento de la
población, habrá una guetización de la sociedad”. El Siglo conversó con el
autor durante la lectura, por parte de diez intelectuales alemanes, de las
obras de la periodista Anna Politkovskaya, recientemente asesinada en Moscú.
Por J. V. (Berlín)
En sus libros El complot de Matusalén (Ed. Karl Blessing, 2004) y en su obra más reciente, Mínimo (Ed. Karl Blessing,
2006), da usted a entender que se cierne una amenaza sobre las clases medias
europeas a causa del bajo índice de natalidad. ¿Un régimen totalitario podría
ser contemplado como una posibilidad para solucionar este problema?
—No, un régimen totalitario no eliminaría
el problema. Pero si no lo solucionamos ahora, habrá una guetización de
nuestras sociedades. Es decir, la sociedad se fragmentará. La gente rica vivirá
en guetos y la clase media también, como ya sucede en Latinoamérica. Queremos
vivir con dignidad pero esto no se puede lograr con una vida larga e
improductiva. Hay que cambiar la situación. La clase media tiene que tener más
hijos porque es el grupo social más amenazado, es decir, el que menos hijos
tiene. El Estado debe tomar medidas urgentes en este sentido. Los que tengan
hijos deben pagar menos impuestos y contar con apoyo. Por otro lado, no
olvidemos que los jóvenes compran más coches, van de vaciones, es decir,
consumen más, y que las personas con más de sesenta años, aunque intentemos
cambiarlas, piensan de otro modo. Y ellas serán la mayoría en un futuro
próximo.
—¿Qué puede hacer el sistema democrático
para resolver este problema?
—El envejecimiento de la población
provocará un cambio radical de nuestras sociedades. En España esto es muy grave
y los españoles no saben que la situación será muy mala. En realidad, casi
nadie sabe lo que esto significa ni imagina cómo será una sociedad en la que la
minoría será joven y el resto, mayores.
—¿Estamos a tiempo de cambiar este
proceso?
—Un niño que hoy tenga cinco años ya se
encontrará con esta sociedad porque no estamos a tiempo de detener lo que se
nos avecina. Los cambios necesitan tiempo.
—¿Qué cambios?
—Una mujer tiene que tener más hijos y
más temprano, no a partir de los treinta años. Esto cambiaría los bajos índices
de natalidad, pero que suceda hoy en la clase de profesionales es difícil. Una
académica, normalmente, no va a tener hoy un hijo con veinticinco años y mucho
menos tres o cuatro, el número que se necesitaría para detener el proceso del
envejecimiento de la población. Por ello, centrar ahora el debate en la mujer
es algo falso. Hay que buscar otras alternativas. Entre ellas, la redefinición
del concepto de vejez. También tenemos que atraer emigración cualificada a
nuestros países. Canadá, por ejemplo, es un país con la población envejecida
que ofrece casa y una estancia de tres años libre de impuestos a los emigrantes
jóvenes y cualificados.
—En España se ha incrementado el índice
de natalidad debido a los hijos nacidos de los emigrantes, la mayoría de ellos
no cualificados. Muchos contemplan esta emigración como una solución, no sólo
para elevar el índice de natalidad, sino también para mantener el sistema de
pensiones. ¿Piensa usted lo contrario?
—No conozco los datos sobre España pero
en Alemania lo hemos calculado. Nos hemos preguntado cuántas personas deberían
venir, hasta el año 2050, para solucionar el problema del envejecimiento
poblacional y necesitaríamos 190 millones de personas. Por otro lado, estos
emigrantes tendrían que tener un mínimo de tres hijos para que la situación
cambiara. Es decir, reducirían el problema pero no lo solucionarían en
absoluto. No olvidemos, además, que tras treinta años de trabajo, estas
personas también cobrarán sus pensiones.
—Antes ha comentado que hay que redefinir
el concepto de vejez. ¿Cómo?
—En base al cambio de las expectativas de
vida. En la actualidad, en Europa, una persona de cincuenta años tiene las
expectativas de vida que tenía una de treinta hace un cuarto de siglo. En EE
UU, una persona de sesenta años ya puede conseguir un crédito bancario para
fundar una empresa, algo imposible en Alemania. Pero esta persona vivirá entre
veinte y treinta años más, y puede ser productiva más años. Por otro lado, hoy
cuando cumples cuarenta años sueles ganar más dinero que cuando tenías
treinta. Esto hay que cambiarlo. Si la gente joven tiene más hijos, tiene que
ganar más.
—¿Qué papel puede jugar la religión en
esta situación?
—Un gran papel. La gente joven se
confrontará con muchas personas mayores: sus padres, abuelos, tatarabuelos.
Todos en la misma mesa, y esto no será algo excepcional, sino habitual. Las
personas mayores están normalmente inclinadas a conservar las tradiciones y a
practicar la religión, lo que influirá en los jóvenes. Por otro lado, la
amenaza del radicalismo islámico influirá de modo relevante en esta situación.
En España esto será importante, pues los islamistas radicales la consideran un
territorio a reconquistar.
—¿Es posible una colaboración entre las
diferentes religiones para luchar contra el envejecimiento de la población en
Europa?
—Con mucho gusto. El diálogo está ahí y
también los 250 millones de jóvenes que vivirán en los países situados al norte
del desierto del Sáhara y llamarán a las puertas del mercado de trabajo. Hay
que dialogar para asumir esta dinámica. Pero también hay que defenderse contra
los radicales cuando sea necesario.
—En su nuevo libro, Mínimo, habla usted
de la familia como una estructura social en donde se fraguan los valores y el
amor. Pero hoy la familia sigue presente. He ahí la familia monoparental y de
otros tipos. ¿Por qué estos modelos son menos válidos que la familia
tradicional para luchar contra el envejecimiento de la población?
—No tengo nada en contra de este tipo de
familias pero hemos hecho investigaciones y descubierto que cuando en la
familia no hay vínculos biológicos, sus miembros se ayudan menos. En una
encuesta preguntamos a quién ayudaría una persona, a la que le une un vínculo
biológico o a la madrastra o padrastro. El 90 por ciento respondió que al
pariente biológico. Tome usted a un niño que tiene padres que se separan. El
padre encuentra una nueva novia y la madre un nuevo novio. En un futuro, si
esta familia tiene dinero suficiente, bien. Si no, cuando sea mayor, este niño
tendrá que cuidar de cuatro ancianos. Por otro lado, la familia ha sido una
fábrica de supervivencia. Jugó un papel fundamental en todas las crisis del
pasado pero nos dirigimos hacia una crisis sin familia.
—¿A qué se refiere, en su nuevo libro,
cuando habla de Mínimo?
—A la mínima estructura familiar: un
hijo. Los hijos del hijo único no tendrán tíos ni primos, pero tendrán padres,
abuelos, tatarabuelos y tatatarabuelos. Esto es nuevo.
—¿Qué papel jugará el amor en nuestras
relaciones personales en un futuro próximo?
—Las preguntas que nos hacemos hoy sobre
el amor eterno, la posibilidad de hallar a la mujer amada, etcétera, son un
lujo y proceden de un tiempo en el que nos fue muy bien. En la sociedad en la
que viviremos será muy importante estar unidos por un objetivo, pero no será
tan esencial como ahora estar enamorados. Pienso que debemos ser más
pragmáticos. Pensar en la familia como una empresa con el objetivo de alcanzar
un beneficio juntos. Esto no es poco romántico, sino que se trata de hallar el
amor a través de la relación y no al revés. Necesitamos construir sistemas que
funcionen como redes.
—Es usted muy pragmático.
—Totalmente. Durante las últimas décadas
hemos vivido el lujo. Ahora iniciamos un periodo pragmático. Y pienso que es
bueno, fantástico. Decir: “Esto es el objetivo”, y no esperar que el otro
aporte el sentido a tu vida. Tú tienes que buscar tu propio sentido de la vida
y de tu vida.
—¿Qué papel juegan los medios de
comunicación en este nuevo reto?
—Pueden ser buenos modelos. En Brasil,
por ejemplo, se puede saber cuántos hijos tendrá una mujer, en función de
cuánto tiempo ve telenovelas. Según nuestros datos, la mujer que ve muchas
telenovelas tendrá menos hijos porque éstas muestran al hijo como lastre. |