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Nº 716 - 13 de noviembre de 2006

Innovación y crecimiento


En el año 2000, con la llamada Estrategia de Lisboa, la UE proclamó su objetivo de ser la economía más dinámica del mundo.

Desgraciadamente en los años que siguieron, nos convertimos en una de las zonas de crecimiento más débil. Ahora, después de seis años con un crecimiento en torno al 2%, las expectativas parecen mejorar. Se espera que este año la eurozona crezca el 2,5% y que el aumento de la demanda interna permita revisar al alza las previsiones para el 2007.

¿Estamos ante el inicio de un periodo de mayor crecimiento y creación de empleo? Puede ser.

Pero para aumentar de forma sostenida el crecimiento económico hace falta aumentar la capacidad de innovación de Europa.

De ello se habló mucho en el pasado Consejo Informal celebrado en Lahti, aunque los avatares de la cena con Putin hayan atraído mucho más la atención de los medios. También tuve oportunidad recientemente de tratar este tema en un acto invitado por la Cátedra "Economía y Sociedad" de La Caixa.

Cuando se habla de innovación tecnológica se acaba citando lugares comunes y recetas tan fáciles de enunciar como difíciles de aplicar. Pero parece que hay un convencimiento general de que una de las razonas más importantes del diferente ritmo económico entre la UE y los EE UU es que Europa no invierte lo suficiente en I+D.

Desde 1945, lo que hizo Europa para crecer fue acumular capital e imitar o adaptar las innovaciones tecnológicas hechas en otras partes del mundo.

Pero desde finales de los 80 este contexto cambia. EE UU se distan-cia como consecuencia de su mayor inversión en I+D y por el liderazgo que ejerce en sectores vinculados a • la tecnología del conocimiento que extienden su efecto innovador sobre otros sectores.

Ante esta situación, la respuesta obvia es invertir mas en I+D. Pero la inversión en I+D no genera los mismos resultados en todos los sectores y empresas.

Invertir en I+D en ciertos sectores o países producirá un efecto menor sobre la productividad y el crecimiento que en otros. Es lo que se llama la frontera de la innovación, el umbral a partir del cual los efectos de la innovación sobre el crecimiento son mayores.

Hace falta también favorecer la competencia entre empresas europeas y abrir el mercado a empresas innovadoras venidas de fuera de Europa para impulsar la sustitución del tejido productivo más obsoleto e ineficiente por otro nuevo y más productivo. Esta sustitución de tejido productivo más antiguo por otro nuevo e innovador es fundamental para entender los aumentos de productividad en EE UU.

En cualquier caso, es difícil aumentar la capacidad de innovación de una economía o de una sociedad sin altos niveles de inversión en educación superior. Ésta aumenta la capacidad de una economía para convertirse en líder en innovación, mientras que la educación primaria y secundaria aumenta la capacidad para utilizar tecnologías existentes más que para innovar.

El funcionamiento de los mercados laborales y financieros influye también sobre la capacidad de innovación. Es una obviedad que las restricciones al crédito y la rigidez laboral actúan como barreras a la in-novación. Pero en Europa focalizamos las necesidades de reforma en los mercados laborales y no prestamos la atención debida a los financieros, olvidando que las empresas netamente innovadoras suelen tener una alta dependencia de la financiación externa.

La regulación laboral es menos importante en este sentido porque las empresas innovadoras no buscan una flexibilidad externa (facilidad para contratar y despedir trabajadores) sino funcional (mucha cualificación profesional, movilidad funcional, etc).

Por ello, las reformas en Europa deberían hacer más hincapié en los sistemas crediticios que en los mercados laborales.

Innovar significa cambiar y los cambios no son nunca neutros. Producen ganadores y perdedores. Y las resistencias al cambio serían menores si la sociedad arbitrase sistemas de compensación que permitan repartir costes y beneficios de forma equilibrada. Las reformas deben también arbitrar medidas complementarias dirigidas a corregir las desigualdades creadas por las propias reformas y que, en un contexto de competencia global con países con salarios más bajos, afectarán más a los trabajadores poco cualificados.

Este planteamiento esta en la base del concepto de flexiguridad, que ha sido aplicado con éxito en los países escandinavos. Estos países son los que mejor han afrontado la globalización y los que con mayor éxito han desarrollado sus capacidades innovadoras. Cierto que ello implica un importante esfuerzo fiscal.

En definitiva, innovación y crecimiento, dos claves necesarias para el futuro de Europa.

José Borrell
* Presidente del Parlamento Europeo

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