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Lista Pensamiento
Nº 715 - 6 de noviembre de 2006

El desconocido contradictor charles Eubé

Por José María Ridao

Poco después de su regreso del campo de Dachau, en el que fue internado por su participación en la Resistencia, el autor de La especie humana, el deportado Robert Antelme, tiene noticia de lo que está sucediendo con los prisioneros alemanes en la Francia liberada. Animados por un irracional ánimo de desquite, algunos de sus compatriotas están infligiendo malos tratos y dejando morir de inanición a los soldados de la Wehrmacht capturados en el momento de la liberación. Algo parecido está ocurriendo en la Alemania que ha quedado bajo jurisdicción de las potencias aliadas, hasta alcanzar un número de víctimas sobre el que los historiadores siguen, aún hoy, sin aproximar posturas. Las diferencias, con todo, se limitan a las cifras, no a los hechos. Tampoco a su alcance ni a su naturaleza, puesto que las estimaciones más cautelosas admiten miles de muertes. No se trató, pues, de episodios aislados, sino de una práctica en la que, con mayor o menor extensión, incurrieron algunos miembros de todos los ejércitos vencedores, incluidos norteamericanos e ingleses, con el conocimiento o no de la oficialidad de más alto rango. Entre los silencios que han contribuido a forjar el mito de la victoria sobre el nazismo como la única guerra moral de la historia, éste es tal vez uno de los más clamorosos.

Robert Antelme, por su parte, no se preocupa en ningún momento de las cifras, sino del significado moral que, a su juicio, comportan estas acciones perpetradas por algunos de sus compatriotas. El artículo que escribe para denunciarlas en noviembre de 1945 se titula “¿Venganza?”, y aparece en Les vivants, una publicación que recoge testimonios de prisioneros y deportados en los campos de concentración y exterminio. Son apenas unas cuantas páginas, en las que Antelme desarrolla dos argumentos. “El prisionero es un ser sagrado”, empieza diciendo el autor de La especie humana. “Si es personalmente responsable de actos criminales”, continúa, “debe ser juzgado”. Y aunque la pena que le corresponda sea en último extremo la de muerte, no puede ser privado “de los derechos que corresponden a la situación del condenado a la pena capital”. Siempre según Antelme, la ejecución debe ser un acto “inequívoco” que derive “linealmente” del juicio al que se han sometido sus actos, sin “añadidos” de ninguna naturaleza. De franquearse el paso a esos “añadidos”, sean los que sean, la barbarie se instalaría entre quienes creían haber triunfado sobre ella después de cinco años de conflicto.

El segundo argumento de Antelme vendrá a coincidir con el que utilizaría David Rousset en las reflexiones últimas de El universo concentracionario: considerar como equivalentes, como estrictos sinónimos, Alemania y el nazismo no sólo falta a la verdad, sino que supone concederle a Hitler la victoria póstuma. El propósito irrenunciable que Antelme repite en varias ocasiones es el de “salir del infierno” en el que se ha precipitado Europa y, por esta razón, ejecutar sobre los prisioneros alemanes –“que, en su mayor parte, no son criminales”– las mismas torturas a las que fueron sometidos los resistentes franceses u otros deportados, no puede dar lugar más que a una actitud: la condena. Para Antelme, no puede “existir una moral de ida y una moral de vuelta”, y de ahí que las razones por las que rechazaba en su fuero interno, en su “conciencia de cautivo”, la indiferencia con la que algunos alemanes contemplaban su humillación y su sufrimiento, le lleven a denunciar, ya recuperada la libertad, lo que hacen algunos franceses. “Lejos de vengarnos”, dice Antelme, “quien golpea o asesina a un prisionero alemán nos insulta”. El razonamiento implícito en esta toma de posición es que, contrariamente a lo que se empieza a decir poco después de terminada la guerra, y aún en nuestros días, los crímenes del nazismo no son singulares en su naturaleza, no son expresiones de ningún Mal absoluto, sino que, por desgracia, “pertenecen a un género posible de la humanidad”. Un género al que se adscribe, según Antelme, cualquier persona que, con independencia de su nacionalidad o de su filiación política, encuentre aceptable humillar, violentar o asesinar a un cautivo.

La coincidencia de Rousset y Antelme en la negación de la equivalencia entre Alemania y el nazismo tiene que ver, sin duda, con su propia experiencia de deportados: durante los largos y terribles meses de internamiento, compartieron su suerte con alemanes que, como ellos, sufrían privaciones y torturas por parte del nazismo, al que resultaba imposible asociarlos por el vínculo circunstancial de la nacionalidad o la lengua. El artículo “¿Venganza?”, de Antelme, fue respondido por un lector de la revista Les vivants, Charles Eubé, quien le acusaba de haber sucumbido a “la habilidad calculada” de los alemanes, quienes, lejos de “entonar un mea culpa”, reclamaban un perdón inmediato para evitar que vuelvan a ocurrir nuevas desgracias. Para Charles Eubé, el nazismo estaba inscrito en el alma alemana, se desprendía de los textos de sus principales filósofos, y había llegado la hora de convertir en definitiva una victoria que tanto había costado. La réplica de Antelme fue concluyente e inmediata: “Si se afirma que el fascismo da cuenta de la personalidad total de Alemania, que nada de lo alemán puede escapar al mal fascista, quedar al margen, entonces hay que llevar esta lógica hasta el final: el exterminio o, por lo menos, la afirmación –que entonces hay que tener la osadía de expresar– de que Alemania está definitivamente cerrada a la humanidad”. Ésa, precisamente ésa, era la lógica del nazismo, sólo que aplicada a otros países.

Como si se tratase de una burla del destino, quienes han permanecido como figuras ejemplares son Antelme o Rousset, pero la visión que ha triunfado es la de Charles Eubé. Cuando todavía hoy se cuenta la historia de Alemania antes y durante la guerra mundial, se suele sostener que la resistencia interior al nazismo es “una nota a pie de página”, hasta el punto de que obras como las de Sebastián Haffner o, incluso, las encendidas emisiones radiofónicas de un Thomas Mann exiliado y comprometido, llamando a la revuelta contra el régimen nazi, se consideran excepciones, simples gotas de agua en un océano de colaboración y complicidad. Lo mismo que Antelme no se preocupó de las cifras, sino del significado moral de unos actos de barbarie cometidos en suelo francés contra prisioneros alemanes, la resistencia interior al nazismo merece una aproximación distinta a la que se le ha dispensado hasta ahora, con el agravante de que, además, no fue ni tan episódica ni tan marginal como se sigue creyendo. No combatir esta imagen es convalidar la pavorosa atrocidad que persiguen los regímenes totalitarios, los de entonces y los de ahora: el exterminio equivale a la inexistencia.

La resistencia alemana al nazismo existió aunque fuera, en efecto, meticulosamente exterminada. Desde la perspectiva del significado moral, y no de las cifras, ese es el principal argumento para desmentir a Charles Eubé. Puesto que hubo resistentes, no es cierto que el nazismo dé cuenta de “la personalidad total de Alemania”, ni que “nada de lo alemán” pueda escapar “al mal fascista”, ni “quedar al margen”. Desde dentro de Alemania se levantaron voces que repetían las mismas ideas que Antelme y Rousset y que, al menos por este solo motivo, deberían ser escuchadas con la atención y el respeto que merecen. Rosa Sala Rose lo ha expresado con precisión en su prólogo a Los panfletos de la Rosa Blanca, el movimiento de profesores y estudiantes que, desde 1942, llamó a la resistencia contra el nazismo: “La identificación del régimen nazi con la causa nacional, acrecentada por la guerra –escribe Rosa Sala–, condenaba a los resistentes alemanes a ser extraños entre su propia gente”. Lo más sorprendente es que sigan siendo extraños más de medio siglo después, y no sólo entre su propia gente, sino entre quienes se vuelven hacia la guerra mundial como el único conflicto moral, y tratan de extraer alguna enseñanza para estos tiempos de turbulencia, en los que vuelve a aparecer la figura del cautivo y hay quienes se complacen en ejercer la venganza contra él.

Uno de los últimos panfletos de La Rosa Blanca terminaba diciendo: “No vamos a callar, somos vuestra mala conciencia. ¡La Rosa Blanca no va a dejaros en paz!”. Unas palabras que valdrían para otras causas, una enseñanza que confirmaría las de Antelme y Rousset, un recordatorio universalmente válido de que ninguna ideología que invoque a un grupo humano lo sustituye, hasta confundirse del todo con él. En suma, una lección que se podría tener presente si el desconocido contradictor Charles Eubé no se hubiese alzado, al fin, con la victoria.

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