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Elecciones en EE UU
por Santiago Carrillo
Mañana, 7 de noviembre, los ciudadanos norteamericanos tienen una cita electoral importante para ellos y seguramente para nosotros también. En un mundo tan globalizado como el nuestro hoy y teniendo en cuenta el poder de la superpotencia, el resultado de esta consulta nos afectará, de uno u otro modo, a todos. La campaña electoral en las jornadas previas en que escribo estas líneas, no se libra sólo en el territorio de EE UU.; en el lejano Pakistán tienen lugar acontecimientos estrechamente relacionados con dicha campaña. Allí, en los confines con Afganistán, ha habido una masacre en un centro religioso islamista en la que han perecido decenas de personas, bautizadas como talibanes, en un bombardeo de aviación. Parece ser que Bush, en busca de un argumento electoral capaz de cambiar las previsiones negativas para él, esperaba poder anunciar la muerte de Bin Laden. ¿Cuántos afganos o pakistaníes inocentes habrán muerto con el pretexto de eliminar al líder terrorista? Bin Laden es ya una leyenda para millones de islamistas, una leyenda que Bush ha contribuido como nadie a crear. Y aunque desapareciese en una de esas masacres, muerto seguiría siendo tanto o más peligroso que estando vivo. Entre tanto, los misiles que se utilizan en esas acciones siguen garantizando que por cada baja americana haya decenas o centenares de bajas contrarias, aunque sean civiles.
Las elecciones de mañana tienen en vilo al grupo de Bush, que podría perder la mayoría en el Congreso, en cuyo caso la votación equivaldría a una condena de la guerra de Iraq e incluso de toda la política belicista de la actual Administración. Esta va a intentar hasta el último minuto dar la vuelta a las encuestas desfa. vorables. Si lo consiguiera, eso significaría que se acentuaría no sólo el peligro de extensión de la guerra, sino la continuación de las medidas que están recortando las libertades civiles y los derechos humanos y que ha convertido la República en algo muy parecido a un régimen autocrático. Cuando escribo estas líneas los medios de comunicación están hablando de la posible utilización de técnicas nuevas de voto que a un importante porcentaje de electores les llevan a poner en duda la limpieza del sufragio.
Esta Norteamérica que adopta la tortura, que suprime el habeas corpus, que llena el planeta de prisiones clandestinas, que levanta muros en sus fronteras para hacerlas inaccesibles a los inmigrantes, se parece muy poco a la democracia que implantaron los padres fundadores. Bush la ha convertido en un peligro para la paz y la libertad de otros pueblos. Ha perdido toda autoridad para dar lecciones de democracia a otros países. Ganó la llamada Guerra Fría, pero ha perdido toda la razón para presentarse como un ejemplo para el resto del mundo. Tiene mucho dinero y quizá el mejor armamento, pero ha perdido el alma. El mundo de hoy comienza a verlo no como un líder moral, sino como un peligro.
Sin esperar milagros de las elecciones de mañana, lo que sí podrían representar éstas es la voluntad de los ciudadanos norteamericanos de intervenir a favor de un cambio del rumbo catastrófico que hoy sigue. En EE UU hay fuerzas democráticas y progresistas que luchan con indudable valor para lograr que su país tome un camino más positivo, más acorde con los principios y valores que presidieron su formación. Esas fuerzas contribuyeron a hacer fracasar aventuras imperialistas tan graves como la que terminó con la victoria del pueblo de Vietnam. Hoy el poeta Walt Whitman estaría llamando a despertar con voz poderosa a un pueblo de cuyo voto mañana dependen tantas cosas. Estas 24 horas van a ser de tensa espera no sólo para Bush, sino –y por razones opuestas– para muchos ciudadanos, hasta en los más lejanos confines del planeta. |