Hemeroteca Lista sin maldad
Nº 715
6/11/2006

Cataluña en seis partidos y otras tantas partidas

La fuerte abstención no puede atribuirse a falta de ofertas. Cataluña maravilla por su pluralismo: eran cinco partidos y parió la abuela en forma del joven nudista, Albert Rivera, cabeza de Ciutadans-Partido de la  Ciudadanía la estrella de estos comicios; una gente que se proclama de izquierdas y antinacionalista como se intuye desde el bilingüismo muy estudiado con que se titula y como eran antes los hijos de Marx, abominadores de nacionalismos, doctrina de comedores de raíces de un romanticismo de la tierra algo reaccionario. Ya veremos en qué queda este movimiento.

El pluralismo se reproduce en el interior de cada uno de los partidos. PSC, como se sabe, no hay, o no había, más que dos: Maragall y Montilla; en Convergència i Unió destacan las divergencias y desuniones, al menos entre Mas y Durán, y en ERC se perciben tantas opciones como militantes. Los comunistas son sólo tres: Iniciativa per Catalunya, Los Verdes y EUIA, donde se unen todas las vocales con excepción de la o. Parece mentira pero son los que han salvado el honor de la izquierda cosechando 12 escaños y ascendiendo hasta rozar el 10 por ciento del electorado, algo insólito en España y en Europa. El PP sigue marginal y marginado. Piqué es lo más catalanista que puede darse en este partido pero no goza del entusiasmo de los militantes catalanes ni mucho menos de los cabecillas madrileños. En realidad, los mayores partidarios de Piqué son los otros dirigentes catalanes, sus adversarios.

Semejante proliferación de  partidos y de partidas haría ingobernables otras Comunidades pero no ésta, donde se combina armoniosamente el pacto y la ponderación de la política como una tarea importante pero no tanto como la vida misma. Cuando uno escuchaba a los líderes en campaña parecía como si Cataluña se jugara su ser, un mensaje que no ha debido calar en el 43 por ciento del electorado que se ha quedado tranquilamente en su casa tras honrar a sus muertos en el Día de Difuntos, o de Todos los Santos menores, los que no tienen derecho a día propio.  Desgraciadamente para Montilla, entre los que se han quedado en casa se encuentran sus votantes potenciales, las células dormidas de españolistas de los cinturones industriales que nadie ha logrado despertar: ni Montilla ni ZP, de tan fuerte tirón en estas tierras. El primero ha hecho una autocrítica a Maragall y otra a sí mismo: la culpa es del mal recuerdo del tripartito –y habría que añadir: sobre todo el espectáculo estatutario– pero también, reconoce humildemente el presidente del PSC, por falta de imagen del candidato.

La política catalana conoce la fineza que allí llaman seny  y una notable propensión al acuerdo. Lo novedoso es que en esta ocasión hay dos llaves: la de Carod, que en 2003 hiciera tintinear con arrogancia, y la del propio Montilla. Zapatero aclaró que éste podrá elegir novio con entera libertad, por amor y no por razones de Estado, pero presionará para que el matrimonio se formalice con Artur Mas, su tradicional adversario. No es fácil pedir que uno duerma con su enemigo y menos que José Montilla renuncie a la presidencia del Gobierno que tiene al alcance de la mano, pero es obvio que Zapatero prefiere la sociovergencia, que parecería más que una contracción una contradicción de términos pero ideal para que el presidente culmine la legislatura en paz.

La alternativa no es tan grave si ERC se modera. Parece que todos han aprendido de la experiencia y, sabido que Convergència no puede gobernar en solitario al alejarse de la mayoría absoluta, no le quedaría mas opción que aliarse con la denostada Esquerra, el único partido que le puede disputar votos en el futuro. Sería una alianza que no desea nadie y menos Zapatero, consciente de que ello provocaría una deriva soberanista inasumible.

Lo más probable es la reinvención del tripartito bajo otras bases.  ERC no sólo ha perdido humos cuando se lanzaba a la primera división, sino que además, tras el trauma estatutario, necesita ganarse la imagen de izquierdas. Su gran adversario es CiU, que es muy de derechas; no es un partido al estilo del PNV, situado en la tradición populista de los democristianos, sino que comulga en el credo de los neocon, los liberales más radicales. Es algo que desde Madrid cuesta percibirlo pero que probablemente Montilla se lo hará notar a ZP.

  José García Abad

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