Cataluña en seis partidos y otras tantas
partidas
La fuerte abstención no puede atribuirse
a falta de ofertas. Cataluña maravilla por su pluralismo: eran cinco partidos y
parió la abuela en forma del joven nudista, Albert Rivera, cabeza de
Ciutadans-Partido de la Ciudadanía la estrella de estos comicios; una gente
que se proclama de izquierdas y antinacionalista como se intuye desde el
bilingüismo muy estudiado con que se titula y como eran antes los hijos de
Marx, abominadores de nacionalismos, doctrina de comedores de raíces de un
romanticismo de la tierra algo reaccionario. Ya veremos en qué queda este
movimiento.
El pluralismo se reproduce en el interior
de cada uno de los partidos. PSC, como se sabe, no hay, o no había, más que
dos: Maragall y Montilla; en Convergència i Unió destacan las divergencias y
desuniones, al menos entre Mas y Durán, y en ERC se perciben tantas opciones como
militantes. Los comunistas son sólo tres: Iniciativa per Catalunya, Los Verdes
y EUIA, donde se unen todas las vocales con excepción de la o. Parece mentira
pero son los que han salvado el honor de la izquierda cosechando 12 escaños y
ascendiendo hasta rozar el 10 por ciento del electorado, algo insólito en
España y en Europa. El PP sigue marginal y marginado. Piqué es lo más
catalanista que puede darse en este partido pero no goza del entusiasmo de los
militantes catalanes ni mucho menos de los cabecillas madrileños. En realidad,
los mayores partidarios de Piqué son los otros dirigentes catalanes, sus
adversarios.
Semejante proliferación de partidos y de
partidas haría ingobernables otras Comunidades pero no ésta, donde se combina
armoniosamente el pacto y la ponderación de la política como una tarea
importante pero no tanto como la vida misma. Cuando uno escuchaba a los líderes
en campaña parecía como si Cataluña se jugara su ser, un mensaje que no ha
debido calar en el 43 por ciento del electorado que se ha quedado
tranquilamente en su casa tras honrar a sus muertos en el Día de Difuntos, o de
Todos los Santos menores, los que no tienen derecho a día propio.
Desgraciadamente para Montilla, entre los que se han quedado en casa se
encuentran sus votantes potenciales, las células dormidas de españolistas de
los cinturones industriales que nadie ha logrado despertar: ni Montilla ni ZP,
de tan fuerte tirón en estas tierras. El primero ha hecho una autocrítica a
Maragall y otra a sí mismo: la culpa es del mal recuerdo del tripartito –y
habría que añadir: sobre todo el espectáculo estatutario– pero también,
reconoce humildemente el presidente del PSC, por falta de imagen del candidato.
La política catalana conoce la fineza que
allí llaman seny y una notable propensión al acuerdo. Lo novedoso es que en
esta ocasión hay dos llaves: la de Carod, que en 2003 hiciera tintinear con
arrogancia, y la del propio Montilla. Zapatero aclaró que éste podrá elegir
novio con entera libertad, por amor y no por razones de Estado, pero presionará
para que el matrimonio se formalice con Artur Mas, su tradicional adversario.
No es fácil pedir que uno duerma con su enemigo y menos que José Montilla
renuncie a la presidencia del Gobierno que tiene al alcance de la mano, pero es
obvio que Zapatero prefiere la sociovergencia, que parecería más que una
contracción una contradicción de términos pero ideal para que el presidente
culmine la legislatura en paz.
La alternativa no es tan grave si ERC se
modera. Parece que todos han aprendido de la experiencia y, sabido que
Convergència no puede gobernar en solitario al alejarse de la mayoría absoluta,
no le quedaría mas opción que aliarse con la denostada Esquerra, el único
partido que le puede disputar votos en el futuro. Sería una alianza que no
desea nadie y menos Zapatero, consciente de que ello provocaría una deriva
soberanista inasumible.
Lo más probable es la reinvención del
tripartito bajo otras bases. ERC no sólo ha perdido humos cuando se lanzaba a
la primera división, sino que además, tras el trauma estatutario, necesita
ganarse la imagen de izquierdas. Su gran adversario es CiU, que es muy de
derechas; no es un partido al estilo del PNV, situado en la tradición populista
de los democristianos, sino que comulga en el credo de los neocon, los
liberales más radicales. Es algo que desde Madrid cuesta percibirlo pero que
probablemente Montilla se lo hará notar a ZP.
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