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Nº 714 - 30 de octubre de 2006

Solbes se cobra la cabeza de Sebastián

ARROJADO CONTRA GALLARDÓN

La tensión ha ido en aumento. La diferencia de caracteres y estilos entre el vicepresidente Pedro Solbes y el asesor económico de Zapatero, Miguel Sebastián, empezaba a hacer imposible su cohabitación en el Gobierno. Por eso el líder socialista vio en la candidatura maldita de Madrid la oportunidad perfecta para colocar a un hombre de su máxima confianza pero incompatible con un peso pesado de su Ejecutivo como es Solbes. La papeleta a la que se enfrenta Sebastián no es pequeña. En Madrid tendrá que medirse con un viejo conocido para los ciudadanos, el polémico Alberto Ruiz-Gallardón. Este fontanero, en cambio, es anónimo para el común de los madrileños pero tiene a su favor toda una batería de argumentos económicos y un aire de frescura que algunos
agradecerán en la capital.

Por Vera Castelló

Sin filtraciones ni malos entendidos. Zapatero ha conseguido sorprender a todos al anunciar que un hombre de su máxima confianza, pero desconocido para la mayoría de los ciudadanos, se encargará de asumir la ingrata papeleta de enfrentarse con Alberto Ruiz-Gallardón por la alcaldía de Madrid. Cierto es que no tiene fácil la victoria, pero es que en Moncloa había otra guerra soterrada que tampoco era sencillo ganar. La que han protagonizado los dos primeros espadas económicos: el vicepresidente Pedro Solbes y el propio Miguel Sebastián, director de la Oficina Económica del presidente del Gobierno.

Aunque sobre el papel estaban diferenciadas sus labores, a la hora de la verdad ambos se han pisado el terreno y no han sido pocas las ocasiones en las que sus opiniones han diferido públicamente, poniendo en evidencia una clara falta de coordinación que no ha pasado desapercibida sobre todo en el ámbito económico.

El campo en el que han diferido más claramente ha sido el de las operaciones empresariales, terreno en el que Solbes en un principio dejó hacer a Sebastián pero al que en los últimos tiempos ha regresado para tratar de poner orden. Especialmente reseñable ha sido el caso de las opas sobre Endesa. Con José Montilla ya dedicado a Cataluña -el ex responsable de Industria también demostró "gran atracción" hacia los movimientos corporativos- y Bruselas, su antigua casa, tirando de las orejas al Gobierno español por poner trabas a la oferta de la alemana E.On, el vicepresidente se ha hecho con las riendas del problema y parece que finalmente se rebajarán los obstáculos impuestos a la eléctrica alemana.

Una decisión que llega tras los distintos movimientos que últimamente han encabezado las constructoras en el sector energético. Operaciones que, para que se hagan una idea del poder de Sebastián en este área, habían sido comunicadas al asesor económico presidencial antes de ser anunciadas al propio ministro de economía.  El primero no dudó en apoyar los cambios accionariales en Endesa -con la entrada de Acciona-, en Unión Fenosa -con la irrupción de ACS- y en RepsolYPF, donde Sacyr Vallehermoso pretende consolidarse aumentando su reciente participación hasta el 20%. Operaciones, todas ellas, que han trascendido el ámbito económico para ser interpretadas en clave política. De hecho, Sebastián ha llevado todo este tiempo sobre sus espaldas el sambenito de ser la “alargada mano” del Gobierno en el mundo empresarial, un papel que, según muchos, entre ellos Solbes, no debería estar entre las tareas del Ejecutivo. O por lo menos no tan evidentemente. El vicepresidente opta por un papel mucho más politicamente correcto, el de aparentar que el Gobierno deja hacer a las empresas y se centra en velar por la buena marcha de la economía. Esa ha sido la gran diferencia de estilo entre uno y otro.

Pedro Solbes ha aportado al Gobierno su larga experiencia en la arena política, con responsabilidades desde la era Felipe González, y prestigio a nivel europeo, ya que llegó a ser comisario en la UE, cargo que abandonó ante la llamada, quizás algo apremiante, de Zapatero cuando éste se puso a formar su primer Ejecutivo. Durante esos días todo el mundo daba por hecho que la cartera de Economía tendría a Miguel Sebastián -el autor del programa económico de Zapatero- como titular, una posibilidad que se fue diluyendo a medida que el líder socialista quiso dar a ese área el máximo rango posible, es decir, una vicepresidencia, lo que requería una figura de mayor peso político.

Además, según aseguraron a El Siglo fuentes cercanas a Sebastián, el miedo escénico hizo que el economista le pidiera a su amigo leonés un puesto de menor exposición pública. Zapatero así lo hizo y rescató el cargo que a comienzos de la primera legislatura Aznar ocupó el viejo profesor José Barea para darselo a su economista de cabecera. Sebastián por entonces aportaba escasa experiencia política, pero la que tenía la había alcanzado a la vera del hoy presidente del Gobierno, quien confió a pies juntillas en la energía y ganas de trabajar que mostraba este profesor universitario acostumbrado a lidiar con números y teorías macroeconómicas, enemigo declarado de las políticas puestas en marcha por el gobierno popular.

Para rebajar las tensiones entre él y Solbes, en un principio se barajó la posibilidad de que Sebastián se fuera al Banco de España para sustituir a Jaime Caruana, sin embargo ese era el único cargo de relumbrón que le quedaba por cubrir al equipo económico socialista y Solbes quiso que éste llevara su impronta al imponer a su secretario de Estado de Hacienda en el puesto. Con el nombramiento de Miguel Ángel Fernández Ordóñez como Gobernador, el vicepresidente le ganaba la partida al asesor del presidente, el hombre que había convencido a Zapatero para poder escribir los nombres de las personas que ocuparían otros altos cargos en la Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV) o en la dirección General del Tesoro.

Frustrada esa operación y tras el rotundo no de José Bono –y otras negativas no reconocidas tan publicamente– Zapatero encontró en la maldita candidatura de Madrid  el destino perfecto para quien había comenzado a ser un problema para la pacífica convivencia de su Gobierno.

Desde su privilegiado puesto en Moncloa su relación con Zapatero se fue afianzando y Sebastián, poco a poco y desde la sombra, a resguardo del gesgaste público, ha ido moldeándose políticamente, hasta el punto de aceptar un reto, el de la conquista de la alcaldía, en el que sus conocimientos económicos pueden ser muy útiles pero no suficientes para enfrentarse a un político tan bregado como es Gallardón. Los más optimistas creen que todo se andará, sin embargo los escepticos están convencidos que siete meses es demasiado poco tiempo para dar a conocer al nuevo candidato y lograr la popularidad mediatica que requiere un cargo de esta envergadura.

Ya el 10 de enero de 2003, el día que Sebastián probó el protagonismo mediático al capitanear la presentación del programa económico que presentaría el PSOE en las generales, se constató que el hoy vicepresidente y el asesor presidencial eran de estilos y energías absolutamente diferentes. Mientras que el economista intentaba transmitir todo su entusiasmo y fe en las medidas que "soñaba" con poner en práctica, Solbes demostraba estar "de vuelta de todo" y dejó la impresión de que apoyaba la aventura de Zapatero pero desde la distancia que le daba estar en Bruselas. Le deseó buen viaje a un tren al que no pretendía subirse.

De hecho, cuando al final aceptó el billete para viajar en primera clase, lo hizo con fecha para apearse. Quizás a mitad de legislatura. Los meses han ido pasando y no ha encontrado el momento de dejarlo, pero pocos dudan de que no aceptará, si la hubiera, una invitación para permanecer a bordo en una hipotética segunda legislatura de Zapatero. Mientras tanto y para hacerse el resto del trayecto más grato, al menos ha conseguido sacar de su compartimento a uno de los compañeros de viaje que le eran más incómodos, Miguel Sebastián.

Otros choques por el camino

Que es amigo de Zapatero, nadie lo duda. Ya se sabe que en la amistad, como en los matrimonios, hay que estar a las duras y a las maduras. Sin embargo, esta relación ha dejado  en el camino algún ex novio contrariado.

Ese papel se le atribuyó en su momento el hoy ministro de Administraciones Públicas. Jordi Sevilla, que pertenecía al nucleo duro de Nueva Vía, se impuso como misión reparar las numerosas lagunas que presentaba el líder socialista en materia de economía y lo consiguió, pero  sufrió en sus propias carnes el flechazo que produjo el economista en Zapatero.

El padre del famoso “tipo único” -propuesta fiscal que Sebastián defendió desde el Servicio de Estudios del BBVA- no fue finalmente el encargado de elaborar ni el programa económico socialista de cara a las elecciones ni de firmar la propuesta de reforma tributaria que en él se incluía, una situación que creó numerosas tensiones entre el recién llegado y quien ocupaba la secretaría de Política Económica en Ferraz. 

Efectivamente este profesor titular de Fundamentos del Análisis Económico de la Universidad Complutense de Madrid y Doctor en Economía por la Universidad de Minnesota se encargó de dirigir el departamento de análisis económico  en la mencionada entidad financiera, pero lo hizo hasta que en enero de 2003 el presidente del banco Francisco González le invitó -posiblemente a sugerencia de Rodrigo Rato- a abandonar el puesto desde el que había demostrado su complacencia con las filosofías de los socialistas. Sebastián no tuvo reparos en hacer públicas las circunstancias que habían llevado a su despido poco antes de incorporarse al equipo de asesores económicos del secretario general del PSOE.

De ahí que cuando el presidente de Sacyr Vallehermoso, Luis del Rivero, intentó hacerse con el control del BBVA muchos vieran detrás del apoyo gubernamental a la operación un intento de venganza de Sebastián contra González.

Pese a esa imagen de persona visceral y distante que algunos le achacan, en el mundo universitario y económico se le reconoce su gran valía. Conocimientos que pudo aplicar cuando desembarcó en la sociedad Intermoney  donde ya estabab otros damnificados del banco como José Pérez, ex director general del BBVA. Allí coincidió con Carlos Arenillas, hoy vicepresidente de la Comisión de Valores. A partir de ese momento, este soltero sin hijos, miembro de familia numerosa, se centró en preparar el programa económico del PSOE al frente del grupo Economistas 2002, donde se integraron muchos jóvenes profesionales que se han convertido en altos cargos del Gobierno.

La ‘vice’, cada vez más fuerte

DE LA VEGA SE LIBRA

Zapatero llegó a hablar de la candidatura de Madrid con ella días antes de que algunas feministas del partido iniciaran una campaña de mensajes de móvil en contra de que dejara su puesto en el Gobierno. De la Vega se resistió y el presidente no insistió. Algo parece que aprendió del patinazo con Bono. La vicepresidenta respira ahora aliviada mientras su popularidad crece, su autoridad en el Gabinete se consolida y Moncloa se convierte en territorio controlado.

Por Inmaculada Sánchez

El rotativo francés Le Monde la acaba de denominar “columna vertebral del gobierno” español. El también francés Liberation, “mujer de acero frente al que se apoda Bambi”. El italiano Panorama se refería a ella hace unos días como “carro de combate de Zapatero”. Y hasta el estadounidense Washington Post le dedicaba una portada como símbolo de “la victoria de las mujeres en la España macho” asegurando que “está ayudando a orquestar una revolución cultural en las salas de dirección y en los dormitorios del país”. La creciente autoridad y reconocimiento público de la vicepresidenta del Gobierno empieza a traspasar fronteras.

No es de extrañar, pues, que sus propios compañeros de Madrid se fijaran en ella para salir del lío en que se habían metido tras el fiasco de la candidatura de Bono. Y que el presidente, incluso, intentara embarcarla en la aventura. Pero De la Vega se resistió. Ahora vive su mejor momento en la vicepresidencia y no era cuestión de dilapidar un capital político tan laboriosamente conquistado.

“El único problema al principio, más que nada, es que era una gran desconocida”, aseguran desde su entorno, y ello tanto para los ciudadanos  en general, a pesar de haber ocupado puestos relevantes en anteriores gobiernos socialistas, como para una parte del PSOE, que sólo alcanzaba a ver en ella una discreta y eficaz trabajadora.

Dos años y medio después de haber asumido el cargo los datos muestran una espectacular evolución. El primer sondeo del CIS sobre el recién estrenado gobierno, en abril de 2004, señalaba que no conocía a De la Vega el 68,6 por ciento de los encuestados mientras que el entonces ministro de Defensa, José Bono, por el contrario, era conocido por más del 80 por ciento. El pasado verano, sin embargo, la vicepresidenta era ya el miembro del Gobierno más conocido, por encima, incluso, del varias veces ministro en otras etapas Alfredo Pérez Rubalcaba.

Esa creciente popularidad, además, ha ido acompañada de una buena valoración por parte de los españoles. Si en el citado barómetro del CIS de 2004 De la Vega se situaba en el quinto lugar en cuanto a valoración ciudadana entre los miembros del Gobierno, el pasado julio es la indiscutible número uno y la única que “aprobaba”, con una puntuación de 5,13, superando al propio Zapatero, que sólo conseguía un 4,94.

El panel de influencia de El Siglo ha seguido atento esta evolución y ya mostraba desde el pasado mayo a la vicepresidenta en su primer puesto, por encima del presidente (Más información en páginas 44-45).

Dentro del Gobierno también ha cambiado notablemente su posición. “Ha dado un valor a la vicepresidencia que antes no tenía”, asegura un alto cargo que vivió las vicepresidencias de Alfonso Guerra y Narcís Serra. Si entonces la pelea por el poder enturbiaba la labor de coordinación encomendada al número dos,  con De la Vega las cosas han cambiado. “En ella no hay enemigo posible”, dicen sus cercanos.

Precisamente, sería esta consideración de “inofensiva” que le adjudicaron no pocos de sus compañeros la que le habría permitido irse encumbrando hasta su situación actual y actuar por encima de muchos ministros sin levantar conflictos a su paso. “Ahora son los ministros los que acuden a ella y la piden que convoque una reunión con algún otro departamento para resolver algún tema”, añaden desde Moncloa.

Así, ha sido ella quien, por encargo específico de Zapatero, ha conseguido el acuerdo financiero con la Iglesia católica gracias a la especial relación de confianza que se ha ido trabajando desde el principio con la jerarquía eclesial tanto en Madrid como en Roma –además de un viaje oficial para reunirse con el Secretario de Estado vaticano, Angelo Sodano, en 2005, también acudió a la entrega del anillo cardenalicio a Monseñor Cañizares, quien ha sido el interlocutor clave para el acuerdo económico–.

También en inmigración la vicepresidenta ha ejercido de autoridad “transversal” por encima de los ministerios de Trabajo, Exteriores e Interior. Sus viajes al extranjero para conseguir acuerdos y complicidades, tanto en Europa como en Africa, la han llevado a Bruselas, Estrasburgo, Marruecos, Finlandia y Argelia desde mayo de este año.

Salvo la política económica, donde Solbes lleva tiempo disputando parcelas de poder con el ya nominado candidato Sebastián y, en su día, con el ministro Montilla, y el proceso de paz, en el que Pérez Rubalcaba es el hombre clave desde antes iincluso de ser nombrado ministro, la vicepresidenta ocupa con holgura el resto del mapa de actuación del gobierno, según confirman desde distintos ministerios. “Nadie discute ya su autoridad”, concluyen.

Incluso en sus funciones de portavoz del Ejecutivo, donde más lagunas se la reconocieron en los primeros meses, De la Vega ha avanzado sin prisa pero sin pausa de tal modo que nadie la ha podido “arañar” protagonismo en ellas. Ni siquiera el nombramiento como Secretario de Estado de Fernando Moraleda, más político y mediático que su antecesor, Miguel Barroso, ha desplazado lo más mínimo su presencia.

“Ella no era lo más idóneo para Madrid porque su mejor valoración está en los ciudadanos más de izquierdas”, explican ahora desde su entorno dando argumentos políticos a su sospechada negativa a Zapatero. A Solbes le queda año y medio porque ya ha dicho que no quiere continuar pero De la Vega es más joven y más peleona. Acaba de librarse de Gallardón y nadie sabe qué viene después de ser la número dos. O sí.

¿Demasiado para ZP? , por Enric Sopena


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