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| Nº 712 - 16 de octubre de 2006 |
Como las golondrinas con la primavera, vuelven las encuestas al olor de las elec' ciones. Los medios de comunicación y las burocracias partidarias, que son quienes las pagan, utilizan, glosan y manejan estos datos sin que nadie les pregunte por la cocina del asunto, inquiriendo, por ejemplo, ¿qué es una muestra aleatoria? Una muestra es aleatoria si, y sólo si, se conoce a priori la probabilidad que tiene cada unidad del universo de pertenecer a la muestra. Conocer a priori esa probabilidad no es cosa fácil y en todo caso resulta, económicamente, caro. De ahí que muchos de los datos muestrales que nos llegan a través de los medios de comunicación no sean aleatorios. De los múltiples muestreos que se realizan en España, puede asegurarse que, aparte de los trabajos muestrales realizados en el laboratorio (por químicos, físicos, biólogos...), prácticamente sólo el INE utiliza muestras aleatorias con objetivos sociales, vale decir: demográficos, sociológicos, económicos... Por otra parte, el INE no trabaja sobre opiniones ni sobre intenciones, sino sobre hechos. Dentro del Estado, las encuestas de opinión, incluidas las de intenciones electorales, están residenciadas, fundamentalmente, en el CIS (Centro de Investigaciones Sociológicas) y el CIS no realiza muestras aleatorias. Las cosas no mejoran, sino todo lo contrario, si en lugar de enviar a la calle o a las casas de los encuesta-dos un entrevistador, la entrevista se realiza por teléfono, que es lo que ahora se hace. La encuesta telefónica sale, desde luego, más barata, pero añade inconvenientes al proceso de recogida de la información. Para empezar, no todo el mundo tiene un teléfono fijo en su casa y no existe, que yo sepa, un listín de teléfonos móviles. Por otro lado, rehusar contestar le resulta más fácil a la persona seleccionada que si tuviera que verse las caras con un entrevistador. Además, la presencia en los domicilios no es independiente de las características socio-demográficas de los entrevistados. En fin, que será más barato, pero también más inseguro. Las encuestas preelectorales del CIS y, en general, todas las encuestas de este tipo, carecen de la condición de aleatorias y, por lo tanto,no se pueden calcular en ellas los errores de muestreo. Sin embargo, el CIS y todas las empresas demoscópicas, con gran soltura de cuerpo, publican "el error de muestreo de esta encuesta es del equis por ciento". Un engaño doble, pues ni el error de muestreo se puede calcular ni la encuesta tiene un solo error de muestreo, pues en el caso de que se pudieran calcular los errores de muestreo, éstos hay que obtenerlos para cada "casilla" del cuadro estadístico. Por ejemplo, si se trata de estimar el porcentaje de votos que van a obtener los distintos partidos, no es el mismo error de muestreo el que se produce en un partido colocado en torno al 40% de los votos válidos (pongamos el PP o el PSOE) que en otro cuyo porcentaje es del 5% (pongamos IU). Hay una doble intención en la publicación de esos falsos errores de muestreo: la de darse "aires científicos" y, de paso, confundir al personal. Pero no es eso lo más relevante ni acaba ahí la cosa. Cualquier encuesta de opinión o de intención electoral se ve muy seriamente amenazada por los errores de respuesta. Ya se sabe que buena parte de los españoles se atiene a la vieja conseja según la cual "al que quiere saber, poco y al revés". En estas condiciones, si se solicita a un ciudadano que desvele el secreto de su voto, la tentación de engañar se acrecienta. Esto lo saben bien quienes se dedican a este negocio, por eso no publican casi nunca los datos directamente obtenidos, sino que éstos se cocinan mediante criterios opináticos, normalmente, basados en el recuerdo de voto. "¿A quién votó usted en las anteriores elecciones?", suele ser la pregunta. Puesto que se conoce el resultado de las elecciones anteriores, se sabe en cuánto están engañando los encuestador al contestar esa pregunta, y el analista (llamémosle así) pretende, a partir de ahí, "sacar, de mentira, verdad", pero no dice nunca cómo lo hace, con lo cual se le hurtan al usuario las tripas del manejo. A estas alturas del relato ya se habrá entendido hasta qué punto estamos ante un asunto tan dudoso como espeso, pero hay dos inris más. Las distintas empresas, antes de sacar a la luz las encuestas definitivas, es decir, aquéllas que se publican el domingo anterior al de la elección, al parecer se consultan entre sí, pues prefieren equivocarse juntas a arriesgarse por separado, pues ya se sabe que "mal de muchos, ... epidemia". Por otro lado, estas empresas viven, en su mayoría, como las lapas, pegadas a la roca de algún medio de comunicación o partido político, habiéndose convertido, de facto, en un apéndice de los mismos. No es de extrañar, por lo tanto, que los resultados de las encuestas arrimen el ascua ala sardina ideológico-política del ente al que sirven. El resultado es el mangoneo y con él la indefensión del público, que jamás puede reclamar acerca del engaño, si éste se produce. Es un juego, pero es un juego trucado. Las empresas también tienen descontados los frecuentes fiascos en los que incurren, pero nos atiborran de encuestas incluido el mismo día electoral, en este caso, mediante las mal llamadas encuestas israelitas, es decir, las ejecutadas a la salida del colegio electoral, quesuelen dar resultados tan malos como confundidores. Datos que, más de una vez, han provocado sonoras meteduras de pata de algún político poco avisado y siempre ponen contra las cuerdas a los comentaristas encargados de glosar sobre la marcha tales adelantos de los resultados en los medios de comunicación. En caso de fallar escandalosamente en sus previsiones, al día siguiente de la cita electoral, las empresas demoscópicas entran en una interesada hibernación. Desaparecen del mapa, huyen de la quema, esconden sus vergüenzas hasta que el supuesto olvido del público les permite emerger cual la Venus de Boticelli, desnudos y hermosos... como si nunca hubieran roto un plato. Tengo para mí que la proliferación de encuestas de opinión tiene su base en la eterna tensión entre opinión e información que soportan los medios. Lucha que se va decantando, desgraciadamente, a favor de la opinión. En cuanto a las encuestas de intención electoral, son, a mi juicio, dos factores los que las favorecen: 1) el afán de "adelantar acontecimientos", síndrome periodístico por antonomasia, y 2) las ganas de influir en los resultados (cosa que todos los medios niegan, claro está). ¿Pero influyen las encuestas en los resultados? En rigor, esta pregunta carece de respuesta, ya que no puede ser sometida a ninguna prueba que la demuestre o la refute. Lo peor de este triunfo de la opinión en perjuicio de la información radica en que, subliminalmente, se está imponiendo la aberración según la cual importan más las opiniones sobre los hechos que los hechos mismos. Ello ahorra trabajo a los medios, que debieran sentirse obligados a investigar la verdad, pero, claro está, es más cómodo y menos arriesgado quedarse en la mera publicación de las opiniones de unos u otros en torno a la realidad que analizar esa realidad. |
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