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¿Demasiado para ZP? A veces, el Real Madrid empata con el Lija jugando Diarra, Beckam y hasta Ronaldo. A veces, David vence a Goliat. Pero ni es lo más frecuente ni es lo más probable. Las excepciones confirman las reglas y, normalmente, el pez grande se come al chico. Un amateur del fútbol no reúne, por lo general, las misma condiciones técnicas y de forma física que un profesional de este deporte. O sea, y como señalaba el editorial de El País del 26 de octubre, "si Sebastián pierde no será tan humillante para alguien que no es un político profesional, como podría haber ocurrido si el candidato hubiese sido Bono o Fernández de la Vega". Pero quien se la juega –en el lance municipal de Madrid– no es tanto el jugador indebidamente alineado, sino que la derrota puede afectar al entrenador o, más aún, al presidente del club que eligió de forma personal al amateur en cuestión. "Para Zapatero –señala el editorialista del periódico mencionado– el riesgo es mucho mayor, como astutamente le transmitió ayer mismo Gallardón al subrayar que la candidatura de Sebastián es una apuesta directa del jefe del Gobierno, quien, por tanto, deberá asumir las responsabilidades del resultado electoral". Cabe que tan misteriosa designación –llevada a cabo en plan cesarista, tentación que parece seducir a muchos presidentes, entre los cuales también se encuentra Zapatero– esconda un sorpresa que apenas nadie se atreve a imaginar. ¿La apunta El País? "La principal baza del aspirante sería sacarle los colores al rival, censurándole el panorama de una ciudad permanentemente en obras, endeudada fuertemente para muchos años debido a la reforma de la M-30, con un tráfico caótico y una grave falta de vivienda para los jóvenes". Da la impresión de que, aun jugando tal baza a fondo, Sebastián estaría muy le-jos de ganar las elecciones. Los grandes números son capaces de apasionar a los técnicos, a los expertos y a los buenos economistas. Sebastián lo es. Sin embargo, cuesta más creer que ese debate –salvo que fuera demoledor para Gallardón o que incorporara irregularidades o corrupciones– modifique el voto de la mayoría de los ciudadanos. En el momento que acaben las obras, sobre todo las que afectan a la M-30, las lanzas de ahora se pueden tornar cañas o incluso aplausos para el alcalde, que habrá cambiado en profundidad, y de modo perceptible, la faz de Madrid. Es sabido que las obras privadas o públicas dejan de ser un tormento y se convierten en un placer inmediatamente después de que hayan acabado y hayan quedado bien. Zapatero, desde que llegó a secretario general del PSOE contra casi todos los pronósticos y, sobre todo, desde que triunfó en sus primeros comicios generales, teniendo presente que el PP había logrado mayoría absoluta cuatro años antes, proyecta una imagen de talismán o de hombre milagro, convencido de su suerte, que agiganta con su célebre optimismo antropológico. No dudó en bendecir la operación Montilla y forzó la salida de Pasqual Maragall como presidente de la Generalitat. Habrá que ver si su arriesgada opción se transforma en una victoria o en su primer tropiezo significativo en las distintas consultas que se han celebrado en España a partir del 14-M. Sin embargo, los políticos con tendencias providencialistas corren muy serios riegos. En el episodio del Ayuntamiento de Madrid, lo menos que se puede decir es lo que apuntaba asimismo el diario de Prisa al calificar la dinámica de elegir candidato de "frívolo espectáculo". Y todo esto acaece en medio de la crisis más inquietante por la que atraviesa el ansiado fin de la violencia en Euskadi. ¿Demasiado para ZP? |
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