Hemeroteca Esta semana
 
Nº 713 - 23/10/2006

El tercero de las Azores


Los socialistas le reprochaban su falta de carisma para gobernar. Pero tras embarcarse una demoledora campaña política y mediática contra Felipe González, ganó las elecciones de 1996, revalidó su victoria con la mayoría absoluta de 2000 y preparó su salida del Gobierno designando a su sucesor. José María Aznar ha protagonizado dos momentos políticos en la reciente historia de España: el de su primera legislatura, donde emprendió su anunciado giro al centro y alcanzó pactos de gobernabilidad con nacionalistas vascos y catalanes, y el de la segunda, cuando regresó a posiciones más conservadoras en lo económico y lo social y su popularidad fue perdiendo fuelle a medida que se iba involucrando personalmente en una guerra, la de Iraq, que acabó pasando factura a su partido un año después del ataque aliado y con la que ha pasado a la historia como el tercero de las Azores.

Por V. M.

Váyase señor González, váyase". Era el grito de guerra con el que José María Aznar se presentaba ante los españoles durante el último periodo del Gobierno de Felipe González. La derecha española asistía impotente a la aparente invulnerabilidad del jefe del Ejecutivo socialista y decidió endurecer su mensaje político parapetada en ciertos medios de comunicación interesados en la victoria del PP.

Aznar, que en 1991 cumplía un año como presidente de la formación –fue designado de forma interina en 1989 pero su designación oficial se produjo en el X Congreso celebrado en 1990–, era la nueva esperanza del partido, pero en aquella época ni los populares habían logrado espantar el fantasma de sus orígenes políticos, ni su líder estaba en condiciones de dedicarse en cuerpo y alma al proyecto: como presidente de la formación, tuvo que responder por los polémicos casos Naseiro, Hormaechea, Calviá y Zamora, relacionados todos ellos con delitos de cohecho o financiación ilegal.

Tras perder por segunda vez unas generales en 1993. y libre ya de distracciones, Aznar se afanó en la tarea de echar a González de La Moncloa. El fin justificaba los medios y era necesario compartir con la derecha mediática unos argumentos que entonces se les antojaban demoledores: que el Gobierno y muy especialmente el presidente eran responsables de los casos de corrupción de algunos altos cargos y que tras los GAL se encontraba la cúpula del Ministerio del Interior y el máximo responsable del Ejecutivo. El acoso político y periodístico fue demoledor y en las elecciones de marzo de 1996 Aznar logró desbancar al presidente socialista. Su primera legislatura al frente del Gobierno fue la más centrista y, con una mayoría simple, no dudó en pactar con nacionalistas vascos y catalanes –dijo aquello de que hablaba catalán "en la intimidad"–. De aquella época fue su decisión de autorizar contactos con interlocutores del que denominó "Movimiento de Liberación Nacional Vasco" después de que ETA anunciara un alto el fuego indefinido y de acercar a algunos de sus presos a las cárceles de Euskadi. Aznar, que había sido objeto de un atentado terrorista en 1995, daba entonces el primer paso hacia el proceso de paz, aunque transcurridos 14 meses, la banda rompió la tregua y ya no hubo vuelta atrás; las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado continuaron desarticulando sus comandos y en 2002 el Congreso aprueba la Ley de Partidos con la que Batasuna resulta ilegalizada.

La bonanza económica internacional de finales de los 90 se hizo notar en España y el Ejecutivo logró rentabilizar el entusiasmo ciudadano en las elecciones de 2000. Durante la segunda legislatura del PP, la de la mayoría absoluta, Aznar ya no necesitaba a unos socios de Gobierno que cada vez le resultaban más incómodos y emprendió con total libertad numerosas reformas legales de marcado carácter ultraliberal y conservador. Las más polémicas fueron la laboral, contestada con una huelga general en junio de 2002 que le obligó a rectificar parte de su contenido; la de calidad de la enseñanza, cuya separación de los alumnos en itinerarios la consideró el PSOE una forma de segregar de forma temprana a los alumnos según su rendimiento en perjuicio de los estudiantes procedentes de familias desfavorecidas; o el Plan Hidrológico Nacional, que contemplaba el polémico trasvase del Ebro.

El PSOE, que estrenaba Ejecutiva y secretario general en julio de 2000, comenzaba a reaccionar frente a estos impopulares cambios legislativos a mitad de legislatura; antes había hecho una oposición más tibia, alcanzando pactos de Estado sobre la justicia o contra el terrorismo. Pero el punto de inflexión, para José María Aznar y para José Luis Rodríguez Zapatero, fue sin duda la postura de uno y otro ante el ataque contra Iraq liderado por Estados Unidos. Las relaciones internacionales del entonces presidente le habían llevado a conectar con dos de los líderes mundiales más poderosos: el británico Tony Blair y el estadounidense George Bush. Los dos se habían embarcado en una peligrosa aventura bélica, acusando al iraquí Sadam Hussein de poseer armas de destrucción masiva y argumentando que, en su batalla contra el terrorismo internacional iniciada tras los atentados del 11-S y en aras de la seguridad y la libertad, el ataque estaría justificado. Su colega español les respaldó en la ya famosa cumbre de las Azores de marzo de 2003, pero de poco le sirvieron sus contactos al más alto nivel dentro de España, donde una marea de millones de personas recorrió las calles de las principales ciudades en contra de la guerra y del Gobierno. Y donde el líder del principal partido de la oposición dejó de ser el "bambi" de la primera época para protestar contra una guerra "injusta e ilegal".

En las elecciones autonómicas y municipales de aquel año la guerra aún no había pasado factura al PP y Aznar, que ya había anunciado su retirada, se dedicó a desojar la margarita para elegir a su sucesor. El 30 de agosto anunció por fin su veredicto: el que fuera ministro desde que formó primer Gobierno y entonces vicepresidente primero, Mariano Rajoy, iba a tomarle el testigo al frente del partido. E iba a ser así porque a Aznar nunca se le pasó por la cabeza la derrota, ya que de ser así, la moderación de su delfín le habría parecido inapropiada en un escenario adverso como es el de la oposición.

El 14 de marzo de 2004, los populares perdieron las generales. Tres días antes, España sufría el mayor atentado de su historia a manos de Al Qaeda. Encuestas y análisis postelectorales atribuyen la victoria socialista no al trasvase de votos entre PSOE y PP, sino a la reacción y movilización de muchosde los jóvenes que ya se habían manifestaron contra la guerra pero que, según los sondeos previos, habían escogido la abstención. El PP sin embargo ha querido desde entonces atribuir la derrota a la intención de los terroristas de provocar un vuelco electoral en España y a la manipulación de los socialistas durante la jornada de reflexión, teoría defendida ardientemente por Aznar en la Comisión de Investigación del 11-M y en cuantos foros de debate ha asistido. Ahora, después de que su entonces ministro de Interior, Ángel Acebes, acusara de "miserables" a quienes intentaran apuntar la posibilidad de que ETA no era la autora de la masacre, y de que él mismo dijera que los autores intelectuales no andan "en desiertos muy remotos ni en montañas muy lejanas", ha emprendido su propia cruzada contra lo que ha dado en llamar "islamofascismo".
De Valladolid a El Escorial

Nació en Madrid, pero su carácter es tan austero y árido como la tierra castellano-leonesa que presidió durante dos años. El PSOE no se asustó cuando José María Aznar se enfrentó por primera vez al líder socialista; pensaban que un hombre sin carisma no podría eclipsar a un político del atractivo de Felipe González. Pero hubo quienes sí se dejaron seducir por el nuevo líder de la derecha y le ayudaron a entrar en La Moncloa, aunque a lo largo de los años hayan tenido sus más y sus menos con el que fuera presidente del PP. Ya lo dijo durante la presentación de su segundo libro de memorias políticas "Retratos y perfiles. De Fraga a Bush" (Planeta), cuando aseguró que las relaciones entre políticos y periodistas siempre han sido difíciles. Cómo lo sabe. Pedro J. Ramírez, Federico Jiménez Losantos. Los dos formaron parte del entramado mediático que le acompañó en su victoria electoral del 96 y que celebró la mayor parte de su gestión. Pero eso no ha evitado que, por una u otra razón, los dos hayan sido muy críticos con Aznar. No han vacilado incluso en reprobarle actitudes que tienen que ver con su familia. Como cuando su mujer, Ana Botella, entró a formar parte del equipo de Alberto Ruiz Gallardón. O cuando convirtió la boda de su hija con Alejandro Agag en la basílica del Monasterio del Escorial en un acontecimiento de Estado retransmitido en directo por TVE.

Qué duda cabe que durante los ocho años de Gobierno, Aznar ha tenido algunos sinsabores. Perosopesando las consecuencias, puede decirse que no le ha ido nada mal: el pasado mes de junio se conoció la noticia de que había sido nombrado consejero en News Corporation, el gigante de la comunicación del magnate australiano Rupert Murdoch del que forma parte, entre otras, la conservadora cadena de noticias Fox News. Aznar percibe por ello 148.000 euros anuales, un poco más de lo que abonaba en concepto de "servicios de asesoría" desde septiembre de 2004 en su sociedad Famaztella S. L. Y por supuesto, aún le queda tiempo para compatibilizar el cargo con su presidencia en FAES, el laboratorio de ideas de un partido, el PP, del que aún no acaba de irse.


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