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Lista Al trasluz

Nº 713
23/10/2006

En el fondo y en la forma

En el legendario oasis de antaño –que algunos creyeron que era Cataluña–, ya no quedan apenas palmeras, el manantial se ha secado y sobrevuelan las aves carroñeras. En tiempos pretéritos, aunque muy recientes, ese oasis estaba más en el imaginario colectivo de determinados sectores de la sociedad catalana, y también española, que en la realidad, si ésta era examinada con rigor y más allá de ciertas apariencias. Se trataba, probablemente y sobre todo, de un mito, una de cuyas acepciones –según el diccionario de la Real Academia Española– se ajusta a la idea o la ensoñación de ese oasis: "Relato o noticia que desfigura lo que realmente es una cosa, y le da apariencia de ser más valiosa o más atractiva".

El fin del oasis catalán Ernest Maragall, hermano y persona de la máxima confianza de Pasqual, lo describía –aludiéndolo implícitamente–, el jueves 19 de octubre, en El Periódico de Cataluña con estas palabras sobre el vídeo de CiU: "En competencia directa con los precedentes de la Fundación FAES y la labor diaria de la Cadena de emisoras de la COPE, Artur Mas se ha descarado y nos muestra su rostro más explícitamente reaccionario. La demonización de los protagonistas del Gobierno legítimo de Cataluña entre 2003 y 2006 hecha por CiU no tiene nada que envidiar con la llevada a cabo por el Gobierno del PP en diciembre de 2003".

CiU aprieta y ahoga. O intenta ahogar. Mas sabe que otra derrota o sea, que CiU no gobernara- sería, como mínimo, su ocaso político. Parece que la mayoría absoluta tan propicia durante años a Jordi Pujol– será meta inalcanzable el próximo 1 de noviembre para los nacionalistas catalanes conservadores o de centro-derecha. Mas sabe todo eso y necesita al menos una victoria holgada que complique más aún la recomposición del tripartito. No quiere pactar con el PP y hasta ha hecho el paripé de solemnizar su decisión ante notario. Pero si con el PP lograra mayoría, son muchos los que intuyen que se buscarían fórmulas de restricción mental o lo que fuere para obviar la promesa y gobernar como lo hizo Pujol en sus dos últimas legislaturas, con el PP ejerciendo de protector.

Por otra parte, y si el escenario de la socioconvergencia –un Ejecutivo de gran coalición entre convergentes y socialistas– saliera adelante, Mas aspira lógicamente a la Presidencia, que en este tipo de gobiernos acostumbra a ser clave en cuanto al futuro, y para ello le es imprescindible el aval de poder exhibir más votos y más diputados que el PSC. Podría aliarse con ERC, pero ese Gobierno lo rechazan influyentes sectores de sus propios votantes y contaría con la hostilidad del empresariado catalán y de Zapatero.

Todo esto son, por supuesto, cábalas, castillos de arena, aproximaciones a un puzzle político más bien enrevesado, con encuestas muy negativas para Montilla, como la publicada en La Vanguardia, y otra muy satisfactoria para él del Instituto Opina, difundida a través de la SER, aunque ésta contuviera otros datos significativos, escasamente favorables para el líder del PSC y ex ministro de Industria. Según casi todas las encuestas conocidas hasta el momento, ERC continuaría disponiendo de la llave del Gobierno. Con Artur Mas o con José Montilla.

En el PSC temen que tengan que asumir una gran coalición con Convèrgencia. Sobre todo, si tuvieran que ir de acólitos de Artur Mas, naturalmente. Lo proclama sin ambages Ernest Maragall. Se equivoca, sin embargo, cuando asegura que la fórmula socioconvergente "sería tanto como aceptar que no podemos ser –porque no conviene– un país normal, con derechas e izquierdas, con dos grandes partidos que aglutinan y representan espacios sociales diferenciados". Alemania es un país normal y ha habido en su historia democrática y hay actualmente un Gobierno de coalición entre democristianos (más o menos parecidos a CiU) y los socialistas o socialdemócratas. Igual está a punto de ocurrir en Austria, después de muchos años de Gobiernos de este estilo.

El problema no es que con un Gobierno socioconvergente Cataluña dejaría de ser un país normal. El problema es que –por razones incluso comprensibles– el Gobierno tripartito, catalanista y de izquierdas, no se sabe si ha sido, o así ha parecido a demasiada gente, ni sólido ni brillante, sino que ha provocado desilusión, desencanto y descontento entre muchos de sus votantes. De hecho, llega roto –sin ERC– a las urnas. Los goles en la propia portería son los peores y los que más desmoralizan. Pero la campaña no ha terminado, las sorpresas son aún posibles y es de esperar que, en esta ocasión, el tripartito, o lo que más se acerque a un Gobierno progresista, pueda jugar su segunda parte. Y ésta sí sea buena. En el fondo y, atención, en la forma.

Enric Sopena

 
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