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Cumbre atlÁntica en Riga
Al día siguiente de la caída del Muro de Berlín se vislumbró la disolución de los dos bloques militares, que a la ulterior clausura del Pacto de Varsovia sucedería la de la Alianza Atlántica. La buena voluntad de los pacifistas y la siempre recomenzada ilusión de la paz perpetua de aquellos días esperanzadores, no permitían suponer la aparición de nuevas amenazas y de enemigos difusos en un mundo que de repente se estaría reconstituyendo, unido y escindido a un tiempo, pero cuyos peligros ycuyo futuro a nadie podían ya dejar indiferente. Las reticencias al mantenimiento de la Alianza Atlántica, pese a la desaparición del directo enemigo soviético, verdaderamente nunca muy pronunciadas entre europeos y norteamericanos, hoy habrían desaparecido de forma sustancial porque la OTAN siempre fue una organización militar pero políticamente integradora, y por su misma capacidad para reconvertirse en la concentración y el punto de encuentro de naciones democráticas occidentales. La OTAN tiene la capacidad de complementar su disponibilidad militar con una voluntad de acción en el campo de la intervención humanitaria y la estabilización después de conflictos, lo que está haciendo en Afganistán con la ISAF. Posiblemente es en torno a la cuestión afgana donde con más claridad se discute si la OTAN está en decadencia o en transformación, justo cuando la organización se encuentra combatiendo por vez primera en su historia. La inquietante evolución de los acontecimientos en Afganistán es la que hoy estaría poniendo en juego y bajo análisis su credibilidad y su futuro, lo que no es improbable ocurra también en el teatro iraquí o indirectamente en las operaciones de Líbano. Verdaderamente, la cohesión que a la Alianza prestó durante muchos años la Unión Soviética ha desaparecido o se ha matizado, porque más une un poderoso enemigo del que defenderse que compartir ideales e intereses para actuar en teatros que no resultan familiares, o no resultan familiares por igual a todos los socios. No hay para la OTAN un peligro inmediato y común y sí hay, dada la continuada expansión en el número de socios yde lugares de actuación, una pluralidad de intereses, muchos trabajos que hacer y, en consecuencia, una hipotética posibilidad de inacción y divergencia. Por ejemplo, si la experiencia de Afganistán al menos por ahora habría contribuído a fortalecer la Alianza con un objetivo común, la experiencia de Iraq puede ser ejemplo de lo contrario, motivo de rechazo a seguir por el camino que Washington marca. La transformación de la Alianza mediante su expansión geográfica habría permitido mantener la organización intacta y en expansión una vez desprovista de su enemigo tradicional, utilizando su adquirida capacidad internacionalista para agrupar países con similares valores e intereses a la hora de abordar problemas de carácter humanitario y global. Tal vez se plantee en Riga la segunda transformación de la Alianza, por la que sí se abriría la puerta a nuevos socios no atlánticos pero plenamente identificados con ellos en mentalidad y sistemas políticos como Australia, Japon, Nueva Zelanda, Corea del Sur, etc. La ampliación en zonas y socios por supuesto sugerirá profundas alteraciones en el Tratado de Washington, n realidad un tratado nuevo para una organización diferente. Si tal es la dinámica de la Alianza, como parece, llevará consigo una serie de reajustes en la posición de los socios, el trazado de objetivos, la compatibilización de intereses, la atención a los Estados Unidos, etc., sin olvidar la actualización de todo ese complejo de la llamada interoperatividad, es decir, los resultados de compartir la planificación, el entrenamiento y el combate, que permiten actuar a los socios de modo rápido y eficaz cuando la crisis estalla. Ignacio Rupérez |
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