Hemeroteca Lista sin maldad
Nº 714
30/10/2006

Miguel Sebastián

Es un agudo analista de la coyuntura y muy imaginativo en política económica. Zapatero le reclutó cuando el economista se encontraba en una delicada encrucijada profesional: acababa de abandonar la dirección del Servicio de Estudios del BBVA por presiones de Rodrigo Rato, a la sazón vicepresidente económico de Aznar, a quien molestaron las previsiones sobre la marcha de la economía española que publicaba periódicamente Sebastián. No eran discrepancias ideológicas, sino técnicas pero Rato soportaba peor éstas que aquéllas. Zapatero quedó prendado por la brillantez del economista y le reclutó para que le confeccionara el capítulo económico de su programa electoral, desplazando al responsable de la cartera en la Ejecutiva, Jordi Sevilla. Tanto el secretario general como el bancario hicieron una apuesta arriesgada: el primero, enfrentándose al aparato, resistente al intruso como todos los aparatos; también asumió importantes riesgos Sebastián, pues en aquel momento pocos pensaban que el PSOE ganaría las elecciones y, de perderlas, su porvenir en el partido sería perfectamente descriptible y las posibilidades de encontrar un cargo directivo en la empresa privada muy remotas.

Sin embargo, ZP ganó y Miguel Sebastián ocupó una buena mesa a su vera: director de la Oficina Económica con categoría de secretario de Estado. Al parecer, al presidente le pasó por la cabeza hacerle ministro de Economía pero no se decidió al comprender que podría ser difícil de tragar por su Estado Mayor. Pedro Solbes, entonces comisario europeo, próximo a la jubilación, no estaba muy interesado en ello  pero era el hombre adecuado para tranquilizar al mundo de los negocios; nunca se habrá arrepentido de su decisión. A partir de ese momento empezaron las suspicacias entre ambos, entre el responsable de la Hacienda Pública que se sentaba a la mesa del Consejo de Ministros con la categoría de vicepresidente y el asesor de cabecera del presidente, un hombre de su generación que irrumpía en su despacho sin llamar a la puerta y que le acompañaba a todos los viajes que a Solbes, más comodo y menos ambicioso, le horrorizaban.

Sebastián se encontraba ahora en una segunda encrucijada. En la primera, ZP le reclutó y en la segunda se ha desprendido de él sin que se le mueva un cabello; para llegar a presidente, como decía González, hay que tener instinto asesino. Obviamente no es el candidato idóneo aunque en el futuro puede ser un gran político. No le ha sacrificado –como ha afirmado– para ganar a Gallardón. El sacrificio hubiera sido desprenderse de Teresa Fernández de la Vega como sugerían algunos intrigantes no para ganar la Alcaldía, sino para desplazarla de su alta responsabilidad. La verdad es que ZP no ha encontrado a nadie idóneo, tenía que salir del embrollo y de paso ceder a Solbes la cabeza de Sebastián. La vice le rogó que apartara de ella tan amargo cáliz y fue entonces cuando pidió a Miguel que aceptara el encargo. Una semana después, la noche del martes 24, lo oficializaron en una cena en Moncloa en presencia, mas o menos como convidado de piedra, de Rafael Simancas, el secretario general del Partido Socialista de Madrid. ZP, que exhibe un formidable instinto, no podía desconocer que la apuesta por su amigo era prematura. Sebastián no es un personaje conocido más allá del mundo financiero y su cargo en Moncloa es de telefonazo y tente tieso pero de escasa relevancia pública; no tiene carné del PSOE, lo que no es un inconveniente insuperable si estuviera compensado por una popularidad evidente. No es o no era –pues todo el mundo tiene derecho a rectificar– un hombre de izquierdas, sino un liberal de buena raza, lo que no facilitaría la relación con Izquierda Unida para un hipotético ayuntamiento de coalición. En este partido no le perdonan los informes catastrofistas sobre el futuro de las pensiones que se hicieron desde el BBVA en los que se pedía una reforma radical del sistema en la más salvaje línea liberal.

Auguro a Sebastián, quien, con 49 años de edad, tres más que ZP,  es un hombre joven, una brillante carrera. Es un personaje dotado de un formidable aparato crítico y del don de lenguas. Es posible que haya aceptado batirse con Gallardón a sabiendas de que pudiera esperarle la ingrata pero instructiva tarea de opositor. Es posible también que ZP le haya prometido rescatarle cuando lleguen las generales y otorgarle la deseada cartera de Economía.

  José García Abad

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