Nº 712 - 16 de octubre de 2006


Ácido bórico

por Joaquín Leguina

Hassan El Haski (acusado de participar en los atentados de Casablanca y de Atocha) tenía ácido bórico en su casa. También lo había en el piso franco de ETA descubierto cuatro años atrás en Salamanca, ergo ETA está detrás de los atentados del 11 marzo de 2004. La conclusión resulta algo precipitada, pues es más verosímil considerar que en ambas casas, la de ETA en Salamanca y la de El Haski en Lanzarote, lo que había eran... cucarachas (parece que el ácido bórico se usa para exterminarlas)

Mas al gran Houdini del funambulismo periodístico poco le importa que la cuerda sea tan débil. En manos de Pedro J., como en las del mago Merlín, todo se convierte en "pruebas contundentes"... y así, se busca un perito –llamado Manuel Escribano–, se le unta con manteca y él saca de su ordenador un informe (que nunca fue "admitido a trámite" por sus jefes de la Unidad de Análisis de la Policía Científica) y El Mundo lo publica como el documento oficial eliminado por el pérfido Gobierno socialista para torcer la investigación que conducía desde ETA a El Haski.

¿Pero qué coño quieren estos fabuladores? Tengo para mí que el objetivo de Pedro José Ramírez es demostrarse a sí mismo y demostrar al mundo mundial que si se lo propone es capaz de probar lo que quiera. Demostrarse y demostrarnos que si a él le sale de las gónadas que el día es noche, siempreencontrará políticos, jueces y público en general dispuestos a seguirle en la patraña.

En cuanto a Ángel Acebes, Jaime Ignacio del Burgo y compañía quieren decirnos que sosteniendo durante aquel horrible día y los siguientes que eran los de ETA quienes habían volado los trenes, nos engañaron, pero poquito.

Fabulaciones y confabulaciones periodístico-judiciales ha habido en España unas cuantas, pero esta vez Pedro José lo tiene algo más crudo, pues no ha podido contar, como en el pasado, con un juez adecuado, porque el juez adecuado se ha cambiado la chaqueta.

En efecto, en medio de todo este lío aparece el juez campeador, ese perejil de todas las salsas que es Baltasar Garzón e irrumpe con notoriedad y virulencia: coge a los peritos, los pone a macerar... y les imputa un delito de falsificación de documento público. "¡Es la guerra!", gritó Ramírez. "Es la guerra", respondió la COPE... y empezaron a caer chuzos de punta sobre la canosa cabeza del juez. Entonces Garzón pide amparo al Consejo del Poder Judicial y desde la parte mayoritaria y carca del mismo se le contesta que se ande con cuidado, pues hay indicios de que el juez ha sometido a los tan mentados peritos a unos tratos que pueden ser considerados delictivos.

Para el espectador la cosa se anima y se calienta, pero ¡oh decepción!, cuando más prometía la batalla, Garzón se arruga y tira la esponja. Se inhibe –cosa insólita enél– a favor de otra jueza. "Aquí hay tongo", grita el graderío.

No, no hay tongo, lo que hay es miedo. Miedo a Ramírez y a sus métodos, tan perfectamente definidos en su día por Karl Kraus cuando llamó a este periodismo journaille (de journalisme y canaille), Miedo al chantaje, consistente en tirar de la manta, última ratio que todo capo mafia reserva contra los hampones que les acompañaron en sus fechorías. Y es que Garzón, de cuyos métodos tan –digámoslo suavemente– "heterodoxos" tiene conocimiento todo el mundo, sin que nadie, hasta hoy, se haya atrevido a meterle mano, ya dio en su día un giro. Giro que no le ha perdonado el sindicato del crimen del que el juez campeador fue miembro más que honorario. El giro al que me refiero fue la decisión de Garzón de testificar ante el Supremo contra su compañero de la Audiencia, el juez Gómez de Liaño. Testimonio que llevó a éste a la condena por prevaricación y con ella a la expulsión de la judicatura.

Garzón, como Ramírez, podrá ser calificado de muchas cosas... pero no de tonto. Este justiciero sale ala calle cada mañana, moja su dedo, lo levanta... y jamás se equivoca acerca del lado de donde viene el viento.

Y mientras el espectáculo mediático-judicial sigue, algunos, como yo, esperamos ver a los dos protagonistas, a Pedro y a Baltasar, entrar juntitos y de la mano en Alcalá-Meco... pero me temo que habremos de esperar sentados.

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