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| Nº 710 - 2 de octubre de 2006 |
L legué a París por primera vez en noviembre de 1965 y allí viví durante casi dos años, estudiando como un forzado para obtener unos títulos académicos sobre los cuales, ciertamente, nadie se ha interesado jamás, y que prometo enmarcar el día que me jubile. En el hospital de la Cité Universitaire tuvo mi mujer a nuestro hijo Ernesto, meses antes de que otro Ernesto, a quien mi vástago debe su nombre, fuera asesinado por un ejército servicial y miedoso en una perdida escuela rural boliviana, poniendo fin así a una aventura que nunca pretendió adjetivarse de romántica y que acabó subsumida en una mala literatura precisamente de ese género. Aquella muerte, la del Che Guevara, representó, si bien se mira, también la muerte de nuestra inocencia política. Soy consciente, obvio es decirlo, de que ellos no ven en mía un joven desastrado, con un pantalón de pana raída comprado en el Marché aux Puces, un jersey de lana mexicana y unas botas de corte militar... tal como yo vestía entonces. Me ven con una gabardina forrada y de marca, debajo de la cual asoman unos caros pantalones de franela, un sombrero de fieltro que deja ver un cabello completamente blanco y unos guantes de piel que aprieto en mi mano izquierda... Seguramente ven en mí a uno de los suyos y no al jeune meteque que fui. Y esa percepción que noto en sus miradas... me duele. En otras palabras –volviendo a esos franceses que me dedico a contemplar–, si, llegado a cierta edad, el personaje que se representa es aquel que otro dejó, ¿las ideas también son las heredadas o sólo son invariadas la vestimenta, el aspecto exterior, las canas entrerrubias, la cartera y las patas de gallo? ¿Estamos ante una apacible y decepcionante rueda de la fortuna? Pero ésta es una visión sentimental, ilusoria, efímera porque hemos de saber que es la vida quien crea el tiempo y no al revés. En todo aquello que contemplamos hemos de ver el paso de lo irreversible y es ahí donde descansa el papel creativo, irrepetible, del tiempo. El tiempo que construye, destruyéndonos. Con la inexorable irreversibilidad que es quien le da sentido a tal concepto. Hasta tal punto que ni los teólogos se atrevieron a dotar al omnipotente Creador de la capacidad de tornarlo reversible. En efecto, "nadie se baña dos veces en el mismo río". La magia del documental cinematográfico o la transmisión televisiva permiten ver cuantas veces se quiera y al ritmo deseado lo ya visto, pero sólo la simulación de las artes escénicas, o del cine argumental, pueden representar,según la imaginación del autor, un tiempo de ida y vuelta, aunque el espectador conozca de sobra la doble irrealidad que tal ilusión representa. Pero esta realidad parisina que narro, esa impresión de inmovilidad con que parecen expresarse en el metro de la estación de Chatelet o de Porte de Lilas, se refiere a los otros, no a mi persona, que sí ha envejecido y así lo sé y lo siento, sin falsas componendas, sin frases laudatorias, como ésas que tanto se repiten: "La vejez, bien vivida, suministra muchos goces", "Hay que saber envejecer"... y otras sandeces parecidas. En fin, a lo que iba: ¿es uno mismo el que se mira en el espejo de los días o son los demás? Detengámonos en una larga cita, de un autor cuyo nombre no apunté cuando la recorté y pegué en mi cuaderno: "La autobiografía que se postula como posible es la autobiografía devanada de los otros, la personalidad propia en tanto deriva de las huellas borradas que imprimieron los que ya no están. Nuestro recuerdo no es más que un hilván de olvidos ajenos, cosido con el hilo de aquello que éramos antes de empezar a ser". No puedo estar de acuerdo con el determinismo así descrito, aunque reconozca que uno es hijo de su tiempo y de su genética particular. Uno también se construye y construye (o destruye) a los demás. Y volviendo a la realidad (aunque la cita que, para terminar, voy a transcribir no le guste a la ministra de Sanidad, empeñada en hacernos inmortales), la verdad es que Joan Didion tiene razón cuando escribe: "Somos imperfectos mortales, conscientes de nuestra mortalidad aun cuando tratemos de eludirla, vencidos ante nuestra propia perplejidad y tan acorralados que cuando nos dolemos por lo que hemos perdido, también nos dolemos por nosotros mismos. Por lo que fuimos. Por lo que ya no somos. Por la absoluta nada que un día seremos". •
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