Nº 710 - 2 de octubre de 2006

 


El espejo de los días

"El tiempo es la escuela en la que aprendemos, el tiempo es el fuego en el que ardemos ".
                                                                                                                         Delmon Schwartz

por Joaquín Leguina

L legué a París por primera vez en noviembre de 1965 y allí viví durante casi dos años, estudiando como un forzado para obtener unos títulos académicos sobre los cuales, ciertamente, nadie se ha interesado jamás, y que prometo enmarcar el día que me jubile. En el hospital de la Cité Universitaire tuvo mi mujer a nuestro hijo Ernesto, meses antes de que otro Ernesto, a quien mi vástago debe su nombre, fuera asesinado por un ejército servicial y miedoso en una perdida escuela rural boliviana, poniendo fin así a una aventura que nunca pretendió adjetivarse de romántica y que acabó subsumida en una mala literatura precisamente de ese género. Aquella muerte, la del Che Guevara, representó, si bien se mira, también la muerte de nuestra inocencia política.

Mi último viaje a París, el invierno pasado, quizá por haber recalado en la Cité Universitaire y haberme paseado por el Boulevard Jourdan, frente a aquel hospital, me ha hecho recordar al joven que yo era hace ahora casi cuarenta años. No ha sido una mirada nostálgica ni amarga. Algo perpleja sí. Me explicaré.

Para moverme de un barrio a otro por París yo usaba y uso, casi en exclusiva, el metro. Allí, en ese ramificado túnel, todo viajero tenía en aquella época la ocasión de ejercer de observador privilegiado del francés medio. Hoy se ve colocado este francés medio dentro de un magma de razas y colores que la inmigración post-colonial ha arrastrado hacia el Sena. En número muy superior al de treinta años atrás, abundan los africanos del Magreb y también del África subsahariana. También son numerosos los rasgos orientales y los originarios americanos, inexistentes cuando yo vivía en París. Se percibe allí dentro un presente mestizo, ojalá que benéfico.

Empero, no es eso lo que me produjo perplejidad, sino que lo fue el comprobar algo aparentemente trivial: en el metro volví a fijarme en el francés medio, un varón, de un pelo cano cuya cabellera recuerda su pasado rubio; el portafolios en el suelo, hojeando un rapport. Con aire de ir a, o venir de, la oficina. También vi a una mujer de piel sonrosada, delgada y con pechos abundantes, un cuerpo que aparentaba resistir los ataques de la edad bajo su gabardina azul. Llevaba gafas esta mujer y debajo de ellas, junto a sus ojos, habían aparecido esas arruguillas llamadas patas de gallo. Quizá viniera de la compra, de una cita furtiva, o, simplemente, de dar un paseo en solitario. También estaba allí otro hombre, elegante, con sombrero de fieltro, que miraba ensimismado mientras parecía pensar: "Qué hago yo aquí entre esta zafia gente". Llevaba un abrigo bien cortado. Tenía aspecto de practicar el golf, o quizá el tenis, sólo con el fin de mantener su estómago planchado, o de mover las largas piernas de normando amenazadas por el reúma. He visto, en suma, esa pulcritud de la mediana edad francesa que tanto me entretenía y admiraba cuando, con veintipocos años, imaginaba yo el estatus social en función del aspecto, las canas, la textura de la piel, la ropa y, por supuesto, el tono de sus voces que apenas se hacía audible para musitar al salir del coche al andén el pardon de rigor.

Están ahí... allí siguen. Son los mismos con quienes tantos años atrás me crucé, con quienes compartí cualquier coche de metro. Pero necesariamente son otros. Éstos tendrían, forzosamente, aspecto bien distinto. Y, sin embargo, parecería que éstos a quienes ahora observo han venido a sustituir por el solo impulso del tiempo a otros iguales que ellos.

El metro parisino se convierte, bajo esta perspectiva, en el espejo inmóvil de los días, del tiempo estancado que parece empeñado en mostrar la permanencia, lo contrario de lo que expresara el filósofo de Éfeso al escribir que "todo cambia, nada permanece". Como si cada viajero que ahora observo en este coche de metro estuviera destinado desde siempre a sustituir a otro manteniendo idéntica apariencia. Un apacible e imposible destino que en forma circular se repitiera estacionario. Condenado cada uno a cumplir el mismo papel en una obra cuyo argumento, trajes y decorado fueran invariables y ante un espectador ,)mnipresente que no se cansa de ontemplar la misma función eternamente representada.

Soy consciente, obvio es decirlo, de que ellos no ven en mía un joven desastrado, con un pantalón de pana raída comprado en el Marché aux Puces, un jersey de lana mexicana y unas botas de corte militar... tal como yo vestía entonces. Me ven con una gabardina forrada y de marca, debajo de la cual asoman unos caros pantalones de franela, un sombrero de fieltro que deja ver un cabello completamente blanco y unos guantes de piel que aprieto en mi mano izquierda... Seguramente ven en mí a uno de los suyos y no al jeune meteque que fui. Y esa percepción que noto en sus miradas... me duele.

En otras palabras –volviendo a esos franceses que me dedico a contemplar–, si, llegado a cierta edad, el personaje que se representa es aquel que otro dejó, ¿las ideas también son las heredadas o sólo son invariadas la vestimenta, el aspecto exterior, las canas entrerrubias, la cartera y las patas de gallo? ¿Estamos ante una apacible y decepcionante rueda de la fortuna? Pero ésta es una visión sentimental, ilusoria, efímera porque hemos de saber que es la vida quien crea el tiempo y no al revés. En todo aquello que contemplamos hemos de ver el paso de lo irreversible y es ahí donde descansa el papel creativo, irrepetible, del tiempo.

El tiempo que construye, destruyéndonos. Con la inexorable irreversibilidad que es quien le da sentido a tal concepto. Hasta tal punto que ni los teólogos se atrevieron a dotar al omnipotente Creador de la capacidad de tornarlo reversible. En efecto, "nadie se baña dos veces en el mismo río". La magia del documental cinematográfico o la transmisión televisiva permiten ver cuantas veces se quiera y al ritmo deseado lo ya visto, pero sólo la simulación de las artes escénicas, o del cine argumental, pueden representar,según la imaginación del autor, un tiempo de ida y vuelta, aunque el espectador conozca de sobra la doble irrealidad que tal ilusión representa.

Pero esta realidad parisina que narro, esa impresión de inmovilidad con que parecen expresarse en el metro de la estación de Chatelet o de Porte de Lilas, se refiere a los otros, no a mi persona, que sí ha envejecido y así lo sé y lo siento, sin falsas componendas, sin frases laudatorias, como ésas que tanto se repiten: "La vejez, bien vivida, suministra muchos goces", "Hay que saber envejecer"... y otras sandeces parecidas. En fin, a lo que iba: ¿es uno mismo el que se mira en el espejo de los días o son los demás? Detengámonos en una larga cita, de un autor cuyo nombre no apunté cuando la recorté y pegué en mi cuaderno: "La autobiografía que se postula como posible es la autobiografía devanada de los otros, la personalidad propia en tanto deriva de las huellas borradas que imprimieron los que ya no están. Nuestro recuerdo no es más que un hilván de olvidos ajenos, cosido con el hilo de aquello que éramos antes de empezar a ser".

No puedo estar de acuerdo con el determinismo así descrito, aunque reconozca que uno es hijo de su tiempo y de su genética particular. Uno también se construye y construye (o destruye) a los demás.

Y volviendo a la realidad (aunque la cita que, para terminar, voy a transcribir no le guste a la ministra de Sanidad, empeñada en hacernos inmortales), la verdad es que Joan Didion tiene razón cuando escribe: "Somos imperfectos mortales, conscientes de nuestra mortalidad aun cuando tratemos de eludirla, vencidos ante nuestra propia perplejidad y tan acorralados que cuando nos dolemos por lo que hemos perdido, también nos dolemos por nosotros mismos. Por lo que fuimos. Por lo que ya no somos. Por la absoluta nada que un día seremos". •



Hemeroteca Lista La trinchera de papel