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Nº 709 - 25 de septiembre de 2006

La marcha de Ibarra convierte a ZP en hiperlíder

La ‘vieja guardia’ ha muerto

Ya no queda nadie para toserle. El último de los dirigentes del PSOE con mando en plaza, el veterano presidente extremeño, también se va. Juan Carlos Rodríguez Ibarra ha anunciado que no se volverá a presentar a las elecciones autonómicas. Se aparta a un lado. Deja paso “a los de la España de hoy”, como él mismo ha dicho. Hace un mes también se quitó de en medio Pasqual Maragall. El pasado abril, José Bono. Y lo que dice Felipe González hace más de un año que en Moncloa se guarda como un simple recorte de prensa. Todos los que, de una manera o de otra, limitaban el poder de Zapatero como líder del PSOE pasan a la reserva. Sólo se mantiene en activo Manuel Chaves pero el presidente de Andalucía y del partido ya no pone pegas a casi nada. Rodríguez Zapatero se ha quedado solo con todo el poder.

Por Inmaculada Sánchez

Que nos vayamos significa que la viña está bien guardada”. Así contestaba el veterano Rodríguez Ibarra, 23 años presidente de Extremadura, al también veterano periodista Iñaki Gabilondo el mismo día en que anunciaba que no volvería a presentarse a las elecciones autonómicas. El líder extremeño admitía con total naturalidad el “plural” en el que se enmarcaba su despedida. “Zapatero representa la España de hoy y nosotros, la de ayer”, añadía convencido.

Con él se retira de la primera línea una de las voces más críticas con Zapatero en algunos de sus proyectos clave –el de la España plural, principalmente– dejando al presidente del Gobierno, y a la generación de dirigentes que se hizo sorpresivamente con el poder en el PSOE hace ahora seis años, solos en el puesto de mando.

Significativamente, el final del recorrido de la última hornada de dirigentes de la etapa felipista del PSOE llegará con las próximas elecciones municipales y autonómicas. Las primeras a las que tuvo que hacer frente un Zapatero aún sin las riendas del partido en su mano , en 2003, ya supusieron un pequeño paso en el cuidadoso barrido de miembros de la “vieja guardia” que se propuso desde el principio.

Entonces impuso a “su”  Trinidad Jiménez como candidata a la alcaldía de Madrid frente a un Javier Solana por el que clamaban los socialistas madrileños y que, entonces,  podía suponer una seria amenaza para su incipiente liderazgo. El leonés no ha dado nunca puntada sin hilo aunque eso, sus propios compañeros, no se lo han sabido reconocer hasta que el tiempo le ha dado la razón.

En la próxima cita con las urnas no habrá un solo candidato socialista en todo el mapa que disguste o siquiera moleste al presidente del Gobierno, aunque la incógnita de Madrid empañe tan evidente control territorial .

El proceso ha sido lento y costoso pero cuando en mayo del año próximo los ciudadanos acudan a votar, Zapatero y los suyos sabrán que ha concluído. Lejos quedan los sinsabores de los primeros tiempos. La difícil relación de Zapatero con los denominados “barones” territoriales del partido ha dado materia y munición al PP durante lor primeros tiempos del leonés al frente del PSOE para regocijo de más de un socialista con aspiraciones de remover la silla del nuevo líder. Pero, finalmente, los “zapateristas” pueden exhibir orgullosos su banderín de la victoria.

Lo curioso del relevo de dirigentes efectuado es que Zapatero se ha librado tanto de los que le exigían descentralización, desde una posición nacionalista, despreciando el caracter vertebrador de España que el PSOE de Felipe González siempre exhibió, como de los que, herederos de este “españolismo socialista” han querido hacerle la vida imposible al nuevo líder.

El punto de inflexión, como suele ocurrir en toda organización, tuvo lugar con la inesperada victoria del 14-M. Hasta entonces, los conocidos como “los tres tenores”, es decir, los tres barones territoriales con mayor poder dentro del Partido Socialista: Chaves, Bono e Ibarra, imponían, y constreñían con sus opiniones, las decisiones del nuevo equipo de Ferraz.

Zapatero aguantaba,incólume, entonces, que Felipe González, incluso, le criticara en público –”está por ver que en el PSOE hay un nuevo proyecto con contenido e ideas”, llegó a decir en público– o que las comidas entre los tres barones le enmendaran la plana en el siguiente comité federal.

Entre tanto, Pasqual Maragall se hacía el importante. Sus votos, o mejor dicho, los del PSC, fueron fundamentales para que Zapatero consiguiera el liderazgo socialista y en las negociaciones del crucial 36 congreso era el ahora presidente de la Generalitat en funciones quien ofrecía cargos en nombre del leonés.

Como desvela José García Abad en su último libro “Las mil caras de Felipe González”, Maragall llegó a ofrecer a José Bono la presidencia del partido para que renunciase a disputar el liderazgo a Zapatero. El líder manchego se negó en redondo, argumentando, además, que  si era el dirigente catalán quien le ofrecía el puesto, su esquema de partido ya no era aquel por el que él luchaba.

Zapatero, una vez instalado en La Moncloa , siguió contando con Maragall -la aritmética parlamentaria así se lo exigía-, le prometió un estatuto, incluyó a Bono en su gobierno, escuchaba y dejaba hablar a Ibarra y permitía que el “dios” Felipe fuera perdiendo su autoridad por sí solo.

“Nadie ve bien que hable así de Zapatero”. Esta apreciación, confiada a El Siglo por un dirigente del PSOE andaluz sobre el hasta hace no mucho “intocable Felipe” y sus comentarios contra la política del joven presidente de Gobierno y el nuevo estatuto de Cataluña, daban en los primeros meses del 2006 las claves de lo que estaba pasando dentro del PSOE.

Zapatero ha sabido no correr. Su momento más difícil tuvo lugar con ocasión del debate sobre el nuevo estatuto de Cataluña. Ya entonces los guerristas, aunque críticos con el texto, votaron disciplinadamente con el partido. Otros dirigentes, nada reconocidos por su comunión con el guerrismo, como el diputado Joaquín Leguina, también hacían de tripas corazón y votaban a favor. Ganada esa votación ya estaba casi todo escrito en la agenda del presidente.

Bono era aún ministro pero el triunfo del estatuto catalán le dejaba fuera de juego. Sus tesis habían fracasado y, aunque se le dejaba hacer, su puesto como miembro del Gobierno no era de los que pudieran influir, ni de lejos, en la política de Moncloa. Eso, para un político como Bono, era una clara invitación a la despedida.

Dentro de las suaves formas de Zapatero, la marcha de Bono fue pactada, aunque a última hora se adelantó respecto a lo que esperaba el político manchego. Según informó El Siglo en su día, Bono tenía pactada su marcha con el presidente del Gobierno, pero sin fecha fija. Fue la necesidad de Zapatero de que Rubalcaba pasase a Interior con motivo del proceso del paz la que aceleró que el ex presidente de Castilla-La Mancha anunciase su despedida.

Con Maragall el proceso fue mucho más tenso. El todavía presidente de la Generalitat en funciones ha forzado hasta el límite su pase “a la reserva” desencantado con un Zapatero que, tras su primer año en Moncloa, optó por primar a CiU y su líder, Artur Mas,  en la complicada estrategia para sacar adelante el Estatut de Cataluña, por delante de los socialistas catalanes y sus intereses electorales.

Quien fuera el primer “enamorado” del joven líder, y responsable en buena parte de su triunfo en el congreso del PSOE de 2000, pasó, de un día para otro, a la desconfianza y el recelo. Montilla ocupó rápidamente su lugar  en el corazoncito del presidente y los socialistas catalanes mantuvieron su espacio de gloria e influencia en Moncloa. Maragall comenzaba a pasar a la historia. El dirigente catalán pasaba a ocupar, sin prisa pero sin pausa, fiel al “tranquilo”  estilo de Zapatero, el espacio de los “ignorados”, cuando no atacados directamente.

De eso sabe bastante Felipe González, quien pasó de ser el oráculo del joven líder al incómodo “abuelo” que no estaba en la realidad del momento. Como ha contado pormenorizadamente esta revista según se ha desarrollado el proceso, Zapatero ha ido distanciándose de González “sin hacer sangre”, más por abandono que por agresión -el presidente dejó de llamarle, primero, luego tardaba en contestarle a sus llamadas para pasar, finalmente, a no responderle-. El presidente ha esperado que la “vieja guardia” abandonara antes que forzar su huída.

En todo el recorrido el presidente del partido, y de Andalucía, la principal federación del PSOE y el mayor feudo electoral del partido, Manuel Chaves, ha sabido combinar la exigencia con el apoyo, la tensión con la comprensión y, en los peores momentos de la negociación estatutaria con Cataluña, el discurso a favor de una España solidaria con la defensa de los intereses andaluces. Algo que para Rodríguez Ibarra, por ejemplo, ha resultado imposible.

Por eso es por lo que, según coinciden en interpretar desde el PSOE  en muy distintas fuentes, el futuro del “bellotari”, como cariñosamente se conoce al presidente extremeño dentro del partido, se ha escrito con distinta letra que el del presidente andaluz.

Chaves es, incluso, tres años mayor que Ibarra, perteneció al “clan de la tortilla” de Felipe González y lleva, también, más de tres legislaturas al frente de la comunidad andaluza. Pero “ha sabido adaptarse”, según comentan desde las cercanías de Moncloa.

Pieza clave para que Chaves se imbricara en el “equipo de Zapatero”, a pesar de sus  muchas discrepancias en el terreno del modelo de Estado, ha sido Alfonso Perales, actual secretario de Relaciones Institucionales y Política Autonómica de la ejecutiva federal, virtual número tres del partido tras Zapatero y Blanco, y hombre de confianza del presidente andaluz. Perales ha conseguido hilvanar la complicidad necesaria con el apararo de Ferraz de tal modo que Andalucía, más que un problema, ha sido, en algún momento, una solución al complejo debate del Estatuto catalán.

Así las cosas, Zapatero y su equipo despiden estos días, con “todo el cariño”  –los halagos entre el presidente y tanto Ibarra, como, en su día, Maragall, Bono  o, incluso , Francisco Vázquez, otro de los españolistas más enfrentados a la estrategia federalista del secretario general del PSOE son públicos y notorios– a quienes tuvieron que ceder el mando un caluroso mes de julio del año 2000.  Hoy, Zapatero es el presidente del Gobierno. Ha sacado adelante el Estatuto de Cataluña, se enfrenta al proceso de  paz con ETA, para el que cuenta con algunos insignes miembros de la vieja guardia asimilados a su proyecto –desde el ministro de Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba, hasta el director del gabinete de Moncloa, José Enrique Serrano– y ha depurado las listas a las autonómicas y municipales de elementos díscolos. ¿Tuvo Felipe, en tan poco tiempo, tanto poder? Quienes vivieron sus tiempos aseguran que no.

  El sucesor, de la ‘generación ZP’

  La designación del sucesor de Juan Carlos Rodríguez Ibarra en la candidatura socialista a la presidencia de la Junta de Extremadura también dice mucho de por dónde “van los tiros” en el Partido Socialista de Zapatero.

Aunque Guillermo Fernández Vara, actual consejero de Sanidad de la Junta , es un amigo personal del todavía presidente, su perfil se ajusta perfectamente al mapa de candidatos que Ferraz pretende dibujar en las próximas municipales y autonómicas.

No va a ser fácil  llenar el hueco de un líder con 23 años en la presidencia y la personalidad de Rodríguez Ibarra pero el médico Fernández Vara ha sido rápidamente aceptado por Moncloa en cuanto el presidente extremeño lo ha propuesto.

El consejero de Sanidad atesora importantes cualidades para el PSOE de Zapatero. Para empezar, pertenece a la generación de los nuevos dirigentes; tiene 47 años –hoy en día, en el PSOE, tener más de 55 está casi mal visto, tal como un dolido Joaquín Leguina criticara descarnadamente en un artículo publicado en El Siglo el año pasado–.

Se le considera un político sereno y dialogante, lejos, por un lado del estilo populista del conocido Ibarra, y más cercano al “talante” de Zapatero y sus muchachos.

Todo a su favor, pues, aunque algunas voces del socialismo extremeño alerten del impacto que un cambio tan brusco pueda tener en su tradicional electorado.

Fernández Vara, sin embargo, lleva algunos meses sabiendo que los tiempos corrían a su favor. Ya cuando Zapatero formó su primer gobierno, él fue el primer nombre que Rodríguez Ibarra barajó para proponer un posible “ministro extremeño” al presidente del Gobierno.

La cuota femenina jugó en su contra e Ibarra hubo de cambiar su candidato por un nombre de mujer. María Antonia Trujillo, entonces consejera de Presidencia estremeña, fue la alternativa y quien, finalmente, ocupara un puesto en el primer Consejo de Ministros de Zapatero.

Nada está escrito, por Enric Sopena


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