| Hemeroteca | Esta semana |
| Nº 707 - 11 deseptiembre de 2006 |
El sueño de Eran Riklis Por Jose María Ridao Cada cineasta –escribió el director israelí Eran Riklis– alimenta el sueño de que su película aporte un poco más de comprensión, un poco más de compasión, un poco más de tolerancia”. El resultado de este sueño es La novia siria, una hermosa y conmovedora historia con la que Riklis es capaz de trazar un cuadro completo de la situación política, social y religiosa en Oriente Próximo mediante la peripecia de un puñado de personajes a lo largo de media jornada, la que transcurre entre los preparativos de una boda y el encuentro de los contrayentes para comenzar la ceremonia. El presidente sirio, Hafez el-Assad, acaba de morir, y su sucesor, Bachar, pronuncia su discurso de acceso a la presidencia de esta singular república hereditaria. Entre tanto, una familia drusa de Majdal Shams, una pequeña aldea drusa del Golán ocupado por Israel en 1967, se dispone a despedir a Mona, la novia siria, que en pocas horas contraerá matrimonio con un famoso actor de telenovelas al que nunca ha visto en persona, y que vive en Damasco. El noviazgo se ha concertado por carta y, por lo que se refiere a la joven, a través de una única fotografía que ha enviado a su prometido. Desde este escueto planteamiento, Riklis expone la perspectiva desde la que desarrollará la totalidad del argumento, y que constituye, quizá, uno de los hallazgos más profundos de su película: si se contemplan los hechos estrictos, despojándolos del ropaje con que los envuelve la tradición o la lucha política, se observará que las nociones de extraño o familiar, de aceptable o inaceptable, incluso de lícito o de ilícito, resultan en muchos casos arbitrarias. El espectador puede advertir, así, que el matrimonio de Mona, singular por cuanto consagrará la relación entre dos personas que no se conocen, no difiere de la manera habitual en la que se casan los jóvenes drusos. Aun siendo de la misma aldea, lo más frecuente es que no crucen palabra hasta que se haya concertado el matrimonio. ¿Qué relevancia puede tener, entonces, que los novios se hayan visto a través de una ventana o, como en este caso, a través de la televisión y una fotografía? Atendiendo a la desnuda realidad, ¿en qué se diferencia la manera en la que se ha concertado esta boda de la manera en la que se celebran en Marjal Shams? Es difícil no percibir en el extravagante noviazgo de Mona la sutil pero incontestable ironía de Riklis. Esta mirada que despoja a los hechos de toda adherencia, de toda interpretación impuesta por un contexto de violencia y miedo recíproco, vuelve a mostrarse en detalles en apariencia marginales al desarrollo de la historia, pero que anticipan su sutil desenlace. Los invitados del novio piden a la familia de la novia que, puesto que ésta ha de pasar la frontera, aproveche la ocasión para llevarles café con cardamomo, como el que solían tomar antes de la ocupación. Por parte de los funcionarios israelíes que tienen que trasladarse desde Jerusalén hasta la frontera del Golán para autorizar el paso de la novia, la petición es simétrica: piden que su compañero regrese con manzanas, cuyo sabor evoca para ellos otros tiempos más felices. En un caso y en otro, la frontera entre Siria y el Golán ocupado por Israel se revela irrelevante por lo que se refiere a los gustos de las personas que se encuentran recluidas en ambos lados. Cada parte añora los sabores de los que les ha alejado una raquítica alambrada. Pero esta mirada voluntariamente despojada de Riklis, esta mirada que se concentra en los hechos y prescinde, o intenta prescindir, de su sentido obligatorio y asfixiante, no sólo se desenvuelve en el terreno de la ironía o de la nostalgia; en determinados momentos ingresa, además, en el registro de la denuncia política. La separación de las familias provocada por la ocupación ha generado costumbres en las que la sombra de la tragedia no consigue ocultar un inevitable rasgo cómico. Como si se tratase de un ritual que ya no despierta la curiosidad ni la sorpresa de nadie, los habitantes de Majdal Shams suelen llegarse en determinadas horas del día hasta las estribaciones del Golán, desde donde se divisa el otro lado de la frontera. Enfrente de ellos, ya en territorio de Siria, se van formando grupos de lo que parecen desocupados o curiosos. En determinado momento, se descubre lo que de verdad sucede: valiéndose de un megáfono que corre de mano en mano, los parientes atrapados a cada lado de la frontera se dan noticias de sus vidas respectivas, desde los minúsculos acontecimientos domésticos hasta la marcha de los estudios de los más jóvenes. De tiempo en tiempo cruza un vehículo blindado de los que patrullan la frontera, mostrando el contrapunto entre la historia convulsa que padece Oriente Próximo y la vida cotidiana que debe proseguir su curso bajo el peso de los grandes acontecimientos. Sin traicionar en ningún momento este punto de vista que intenta concentrase sobre la desnudez de los hechos, Riklis concibe una galería de personajes que constituye, sin duda, otros de los grandes hallazgos de La novia siria. La hermana mayor de Mona, Amal, atrapada por las convenciones de la aldea acerca del papel que deben desempeñar las mujeres, recorre el camino opuesto al de la contrayente: ha decidido estudiar en la universidad israelí de Haifa, desafiando al mismo tiempo la autoridad del marido y de un entorno que rechaza cualquier salida personal si, para llevarla a cabo, es necesario esforzarse en sortear la ocupación. Cuando Mona, ya vestida para la ceremonia, le confiesa que tiene miedo de unir su vida con un hombre al que no conoce, Amal le recuerda cómo fue su matrimonio. La primera vez que vio a quien sería su marido fue reparando un tejado; al día siguiente, ya estaban prometidos. Apenas unos meses después, la boda y, de inmediato, los embarazos y la crianza de sus dos hijas, a las que quiere evitar una vida vacía y sin esperanza como la que ella misma ha llevado. El acierto de Riklis no radica sólo en la hondura con la que describe el personaje de Amal, sino también en la delicadeza con la perfila al marido. Lejos de instalarse en los privilegios que le ofrece la tradición drusa frente a las mujeres, se trata de una buena persona que vive su situación con la angustia de no poder cumplir con lo que la pequeña sociedad de Majdal Shams espera de un hombre. De Amal no espera obediencia, sino comprensión. Junto a estas dos mujeres de distinto carácter y con diferentes actitudes ante unas condiciones de vida de las que, aunque por distintas razones, ambas acaban huyendo, Riklis coloca a los dos hermanos varones de la familia, cuyos caracteres son también radicalmente opuestos. A diferencia de Mona y Amal, Hatem y Marwan prefirieron el exilio antes que padecer la ocupación israelí y la ausencia de cualquier futuro para ellos. Marwan vie en Italia, donde se dedica a oscuros negocios y a llevar una vida sin compromisos, conduciendo coches de lujo e intentando seducir a cualquier muchacha que se cruce en su camino. Hatem, por el contrario, se estableció en Rusia, realizó estudios universitarios y se casó con una doctora en medicina. El consejo de ancianos de Majdal Shams reprobó ese matrimonio con una infiel, del que Hatem tiene un niño de pocos años. El contraste entre el comportamiento de los hermanos no guarda ninguna relación con la manera en la que son recibidos por el pueblo y por la familia. Mientras que a Marwan, el vividor, nadie parece reprocharle su afición a la bebida y a las mujeres extranjeras, conductas en principio prohibidas por la tradición, a Hatem, un hombre íntegro que disiente de las tradiciones y que las rechaza sin humillar a nadie y sin perder de vista los vínculos de respeto, se le hace el vacío e, incluso, se le prohíbe acompañar a Mona hasta la frontera. La respuesta que da al padre vuelve a mostrar las similitudes entre hechos en apariencia distintos: haces conmigo –le dice Hatem– lo que los israelíes que te encarcelaron hacen contigo. Es decir, te conduces con la misma intransigencia. Las escenas de la despedida de Mona en la tierra de nadie que se extiende entre la línea israelí y la línea siria, separadas por una caseta de Naciones Unidas, permiten a Riklis convertir las alusiones a la arbitrariedad de la frontera sembradas a lo largo de la película en una manifestación de ese sueño que, según escribió, debería aportar “un poco más de comprensión, un poco más de compasión, un poco más de tolerancia”. Manteniendo sabiamente el relato entre el drama y la comedia, conmoviendo al espectador y haciéndole reír, el inesperado desenlace de La novia siria acaba contraponiendo a las trabas irresolubles de la burocracia la sencillez de un gesto anónimo de humanidad. De nuevo, un hecho desnudo para el que nada significa la frontera, como para los sabores del café con cardamomo o las manzanas del Golán. |