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 Nº709 - 25 de septiembre de 2006

El drama africano

por Carlos Berzosa

Kofi Annan, en su discurso de despedida ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, pidió que África no caiga en el olvido cuando deje el cargo a final del año. Espero que sea cierto, pues el drama africano tiene dos caras. Por un lado, es una región que cada vez se encuentra más marginada en el escenario de la economía mundial, pero, por otro lado, el problema de África es que los países ricos la han utilizado para beneficiarse de sus recursos sin que se plantearan, en ningún caso, acciones globales con planes de actuación capaces de favorecer políticas de desarrollo. África es una sociedad a la deriva que padee guerras, y la mayor parte de sus poblaciones sufren hambrunas, carencias de los bienes más básicos y privaciones de todo tipo.

Los graves problemas de este continente no son de ahora, sino que tienen su historia. Resulta, no obstante, cada vez más corriente hoy en día tratar de negar esa historia y pretender convencernos de que la gravedad de la situación obedece al mal hacer de los propios africanos, que no son capaces de establecer las condiciones propicias para favorecer el desarrollo económico, tal como han hecho otras áreas que se encontraban subdesarrolladas hasta relativamente hace poco tiempo. Sin negar responsabilidades internas, que siempre, y en todos los casos, hay que considerar, no es menos cierto que su historia se ha encontrado vinculada a los países que la han codiciado. Como dice, con acierto, Jean Francois Vallart en el libro El estado en África: "La resistencia a reconocer las sociedades africanas como sociedades históricas y políticas propiamente dichas tiene que ver consu sometimiento por Occidente, desde la trata esclavista hasta la colonización".

Un periodista y analista tan agudo como Kapuscinski, y sin lugar a dudas uno de los mejores conocedores de la realidad africana de hoy, también dice en su obra El mundo de hoy: "África quedó repartida en los años ochenta del siglo XIX, y ya en los sesenta del siglo XX estalla la independencia. El colonialismo, por lo tanto, duró unos setenta años. Los historiadores coinciden en afirmar que el comercio de esclavos, que duró más de trescientos años, fue una degradación mucho mayor para África que el colonialismo. El proceso de despojar a África de sus gentes empezó en el siglo XVI y no se detuvo hasta principios del XIX. Este proceso no sólo disminuyó la ya de por sí escasa población del continente, sino que también provocó su estancamiento económico. África no pudo desarrollarse porque le fueron arrebatados sus habitantes más sanos y jóvenes".

Los efectos perniciosos de la colonización se pueden encontrar en la magnífica obra del historiador Henri L. Wesseling Divide y vencerás y, como señala el propio autor, la historia que describe en este libro es sólo una parte de una historia mucho mayor, la del sometimiento y explotación de Africa. De modo, que, analizado este pasado, tiene razón René Dumont cuando en su libro Democracia para África nos dice: "Para concluir, recordemos el motivo fundamental de este libro. La quiebra económica y política de África es una vergüenza para Francia, Europa y el mundo desarrollado". Al tiempo que nos recuerda, entre otras cosas, que los suelos se degradan, los bosques desaparecen, y el sobrepastoreo transforma las estepas semiáridas en desiertos. Y la demografía en aumento, con la pobreza que genera, dificulta cada vez más la protección del medio, pero la hacen también cada vez más necesaria, más urgente. A su vez, la mayoría de los créditos agrícolas se han dirigido a la construcción de grandes presas, a menudo prematuras, o a proyectos mal adaptados e impuestos desde arriba. Por su parte, toda la industrialización de África se ha malogrado por haber sido impulsada desde fuera por los proveedores de bienes de equipo, lo cual ha cerrado el paso a las tecnologías mejor adaptadas.

La tragedia que hoy en día vive África, y que impulsa a muchos de sus habitantes a huir arriesgando sus pequeños ahorros y la vida, es resultado de un proceso histórico que condiciona el presente, el cual con la creciente globalización la excluye, pero que tampoco la olvida, pues sigue siendo víctima de condiciones de dependencia impuestas por las grandes multinacionales, los créditos financieros, y las instituciones internacionales como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial.

*Rector de la Universidad Complutense de Madrid

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