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Nº 709 - 25 de septiembre de 2006

El Papa fomenta un debate sobre los límites entre ciencia y fe

Darwin y la Iglesia vuelven a enfrentarse
 

Antes de desatar las protestas en el mundo musulmán a mediados de este mes, Benedicto XVI había despertado el interés general sobre la relación existente entre la Iglesia católica y la ciencia. Por mucho que el reciente viaje del Papa a Alemania haya estado marcado por las consecuencias de la cita que hizo Benedicto XVI en uno de sus discursos retomando las palabras de un emperador bizantino que aseguraba que Mahoma sólo ha aportado “cosas malvadas e inhumanas”, es la ciencia, y no la Yihad, un tema prioritario para el Sumo Pontífice.

Por Salvador Martínez (París)

A su paso por Múnich el pasado día 10 de septiembre, el Papa no perdió la oportunidad de hablar de las “amenazas” que suponen las “destrezas científicas y técnicas” constitutivas de una forma de “racionalidad que excluye totalmente a Dios de la visión del hombre”. Según Benedicto XVI, la ciencia y la razón ensordecen al hombre cuando éste considera que lo que “se dice sobre Dios es pre-científico, anterior a nuestro tiempo”. El Sumo pontífice se valía de esas palabras para señalar una vez más a los fieles que la fuente primera de valores morales debe ser Dios en lugar de la ciencia, la gran responsable del “secularismo agresivo” y hasta “intolerante” que tantas veces ha denunciado quien se llamara Joseph Ratzinger hace poco más de un año y medio.

Más innovador que estas ya típicas arremetidas del nuevo Papa contra cientificismo de las sociedades occidentales modernas es que Benedicto XVI hablara de “Creación y evolución” el primer fin de semana de este mes. Lo hizo en la residencia papal de verano situada en Castel Gandolfo, en el marco del “Ratzinger-Schülerkreis”, el encuentro anual que mantiene desde los años setenta el actual Papa con los que fueran los doctorandos que dirigió en sus estudios durante su etapa como profesor y vicepresidente de la Universidad de Ratisbona.

El reverendo Stephan Horn, forma parte del grupo de antiguos estudiantes de teología del profesor Ratzinger. Según Horn, lo que se buscaba en el último encuentro que dio cita a casi una cuarentena de teólogos, era “discutir dónde están los límites de la evolución y dónde se encuentran los vínculos potenciales con los campos de la filosofía y la teología”. El Cardenal Christoph Schönborn, arzobispo de Viena, señalaba la importancia que tenía el encuentro para Benedicto XVI al apuntar que el profesor Ratzinger “era uno de los teólogos alemanes que subrayaron intensamente en los años setenta la necesidad de volver al tema de la Creación”. El interés del Sumo pontífice es sólo comparable al del propio Schönborn, quien también ha declarado “estar interesado en estas cuestiones desde hace 30 años”.

La expectación generada por la cita de la intelectualidad vaticana trajo consigo que se lanzaran a la opinión pública no pocos rumores a cerca de un posible cambio de la posición de la Iglesia respecto de la Creación y de la evolución. Tanto es así, que el rotativo británico The Guardian publicó a falta de cuatro días para el encuentro una información cuyo titular rezaba: “El Papa se prepara para adoptar la teoría del Intelligent Design” (I.D.).

Nada puede estar más lejos de la realidad, porque independientemente de que no hubiera rueda de prensa después de los tres días de reflexión teológica y de que aún se dude en las instancias vaticanas a cerca de la publicación o no de las actas del encuentro, algunos de los participantes han señalado que apenas se discutió sobre el I.D. en Castel Gandolfo. El padre estadounidense y también antiguo alumno del Papa, Joseph Fessio, dijo a su salida del “Ratzinger-Schülerkreis”: “no hemos hablado mucho a cerca del I.D., en realidad, esa particular controversia no ha llegado a plantearse”.

Intelligent Design: una teoría muy americana

“La teoría del I.D. mantiene que ciertas características del universo y de los seres vivos se explican mejor a través de una causa inteligente en lugar de hacerlo a través de procesos indirectos como la selección natural”. Esta es la definición general del I.D. que da el Discovery Institute, el think tank estadounidense que trata de difundir esta idea desde principios de los años noventa. Según dicen en el Discovery Institute, el I.D. es una teoría científica que debe enseñarse en las escuelas como si se tratara de otra explicación de la evolución.

Hasta la fecha, este thik tank, cuyo “cuartel general” se encuentra en Seattle, ha convencido de la pertinencia de su teoría a una buena parte de la conservaduría política estadounidense. Prueba de ello es que se hayan podido escuchar altos funcionarios estadounidenses pronunciarse a favor del I.D. El presidente George W. Bush ha declarado que el I.D. debería enseñarse en las escuelas porque, según dijo, “forma parte de la educación que a las personas se les expongan diferentes escuelas de pensamiento”.

Eso es precisamente lo que adoptaron en Octubre de 2004 los responsables del distrito escolar de Dover, en el Estado de Pennsylvania. Esta decisión contó con el apoyo político del Senador del Partido Republicano, Rick Santorum, quien dijo del I.D. que “es una teoría científica legítima que debería enseñarse en las clases de ciencias de las escuelas públicas”. Sin embargo, la decisión del distrito escolar de Dover fue finalmente considerada “anticonstitucional” por el juez federal John Jones antes de que acabara el año pasado. Según el juez Jones, enseñar el I.D. en las escuelas públicas atenta contra la primera enmienda de la Constitución estadounidense, es decir, contra la prohibición de legislar a favor del “establecimiento de una religión de Estado”.

La decisión del juez Jones, miembro del Partido Republicano y religioso practicante, da cuenta de que la campaña lanzada por el Discovery Institute no ha logrado convencer a todos los religiosos estadounidenses que ocupan cargos influyentes. El director adjunto del Centro para la Ciencia y la Cultura del Discovery Institute, John West, aseguró al  conocer la decisión del juez federal que la resolución buscaba “acabar con la difusión de una idea científica”. No obstante, los hay, como el Juez Jones, que niegan que el I.D. sea producto de la ciencia.“Si existe alguna evidencia contra la evolución, en ese caso, los estudiantes deberían estudiarla. Pero el I.D. no ha encontrado ninguna evidencia de este tipo”, ha escrito recientemente en The New York Review of Books el filósofo estadounidense, Ronald Dworkin.

El I.D. es, ante todo, una crítica a la selección natural, y por tanto, a las tesis propuestas por biólogo británico, Charles Darwin. Su libro, “El origen de las especies”, publicado en 1859, es una de las mayores aportaciones científicas registradas en el siglo XIX, dado que sienta las bases de la teoría de la evolución.  Allen Orr, profesor de Biología de la Universidad de Rochester especializado en evolución genética, explica con los siguientes términos el proceso descrito en un primer momento por el biólogo británico: “según el darwinismo, la evolución refleja la combinada acción de mutaciones aleatorias y de selección natural. Una mutación aleatoria en un organismo es casi siembre nociva para el mismo. Muy de vez en cuando, una mutación del ADN hace mejorar el funcionamiento de algún órgano del ser vivo y, con ello, la supervivencia del mismo”. Por esta razón, continúa Allen Orr, “el nuevo y mejorado organismo será más común en la siguiente generación”.

Sin embargo, las tesis de Darwin no podían contar con los nuevos elementos que la ciencia ha descubierto en el último  siglo y medio. Así, en los años cincuenta, el desarrollo de la biología molecular “reveló el asombroso e inesperado grado de complejidad que hace que las células estén vivas”, asegura el profesor de la Universidad de Rochester. Según los defensores del I.D., esta forma de complejidad que escapa a las tesis sobre la evolución propuestas hasta ahora, es lo que ellos llaman la “irreducible complejidad”. Michael Behe, bioquímico de la Universidad Lehigh, miembro del Discovery Institute y uno de los principales pensadores del I.D., asegura que esa “irreducible complejidad” manifiesta la existencia del “Intelligent Design”.

Behe, como la mayoría de los miembros del Discovery Institute, rehuye del término “creacionismo”, pero no duda a la hora de poner ejemplos para ilustrar el I.D. . El modelo más citado por Behe es el del flagelo de las bacterias, el filamento que sirve a estos organismos unicelulares para desplazarse. Behe, como todo bioquímico que haya estudiado la cuestión, observa que el orgánulo está formado aproximadamente por 50 moléculas. Pero el pensador del I.D. añade que la probabilidad de que estas moléculas esenciales para la formación del flagelo se unan de manera aleatoria es infinitesimal. De ahí, que Behe argumente que sólo un diseño inteligente podría explicar la irreductiblemente compleja formación del flagelo.

Sin embargo, el ejemplo de Behe no es del todo útil para otros científicos. “El flagelo puede ser complicado pero no es algo irreductiblemente complejo”, escribían hace un año en The Chronicle of Higher Education los académicos de la Universidad George Mason; Harol Morowitz, Robert Hazen y James Trefil, respectivamente, profesores de biología y filosofía natural, ciencias de la tierra y física. Según estos tres académicos, “ningún teórico evolucionista sugeriría que una estructura tan compleja como la del flagelo apareció ab initio”. Morowitz, Hazen y Trefil, señalan que el flagelo no se formó a partir de la nada, sino a través del ensamblaje progresivo de diferentes grupos de moléculas hasta formar el orgánulo. Behe no tuvo en cuenta este razonamiento en su día, por eso “ha confesado que la prosa que ha empleado al explicarse no era la apropiada”, asegura Allen Orr.

Dado que a día de hoy no hay una tesis verificada que explique la formación del flagelo, el descuido de Behe no le ha impedido continuar junto a sus compañeros del Discovery Institute su particular combate contra el darwinismo. Financiado por varios grupos conservadores cristianos, el Discovery Institute sigue su andadura incluso cuando se constata desde hace años que “el I.D. está falto de una hipótesis causal naturalista y hasta ahora no es conciliable con ninguna rama científica”, según escribía el profesor emérito de la Universidad de Berckley, Frédéric Crews, en The New York Review of Books. Crews llegaba a esta conclusión tras haber analizado las obras de las plumas de referencia que defienden el I.D. : el bioquímico Michael Behe, el matemático, filósofo y teólogo, William Dembski, el ex profesor de derecho en Berkley Phillip Jonson y el militante propagandista del I.D., Jonathan Wells.    

Un Discovery Institute a la francesa

“El problema de los investigadores del Discovery Institute es que van demasiado lejos”, asegura Jean Staune, fundador y secretario general de la Université Interdisciplinaire de Paris (UIP). La UIP es una estructura asociativa privada que no otorga títulos reconocidos por el ministerio de Educación francés. Según Staune, “ la UIP lleva diez años enseñando a la gente las nuevas ideas científicas sobre la materia, el hombre y el universo, sin olvidar la carga humanística que éstas implican”. A su modo de ver, “los avances científicos dan una nueva credibilidad a las intuiciones de las grandes religiones”. De ahí, que una importante especialidad de la UIP sean los trabajos que traten las “realidades espirituales”. Sin embargo, la UIP “no es una asociación religiosa. Nosotros partimos de la ciencia para ver hasta qué punto existen implicaciones metafísicas en los resultados de las investigaciones científicas”, aclara el fundador de la organización.

Jean Staune reconoce ser alguien que se encuentra “fuera de todo marco académico”. De hecho, el director de estudios doctorales en el Museo Nacional de Historia Natural y jefe de equipo del CNRS, el equivalente francés al CSIC español, Guillaume Lecointre, ha señalado que a Staune “no se le conoce una experiencia de investigación de larga duración”. No obstante, la UIP no es sólo Staune, por eso el fundador y secretario general de la organización se enorgullece al mencionar que la UIP colabora en sus trabajos con varios premios Nobel y, de hecho, cuenta en su Consejo científico con la participación del premio Nobel de física de 1964, Charles Townes.

Sobre Lecointre, conocido por su militancia materialista, Staune dice que es “mi gran oponente”. La rivalidad entre Lecointre y Staune se explica porque a la separación entre ciencia y religión que plantea el materialista, Staune, opone la supuesta “relación existente entre la ciencia y la religión”. Su defensa de esta idea le llevó a redactar un llamamiento publicado en el diario Le Monde el pasado 23 de febrero en el que reputados científicos, dos Nobel incluidos, afirmaban junto a Staune que si “los científicos renuncian a la reflexión metafísica y espiritual, éstos se apartarán de la sociedad”.   

Uno de los dos Nobel que firmaban ese llamamiento era el también miembro de la UIP, Charles Townes.  Que este sea un conocido partidario del Intelligent Design, pues como el propio Townes ha declarado, el ID, “si se considera desde un punto de vista científico, parece ser completamente real”, y que el propio Staune haya declarado que “un creador no puede ser excluido de la ciencia” facilita que se considere a la UIP una versión francesa del Discovery Institute. Cada vez que un paralelismo de este tipo tiene lugar, Staune aparece en la escena mediática para aclarar el punto de vista de la UIP.

La última de estas intervenciones de Staune tuvo lugar en el diario Le Monde el pasado 14 de Septiembre. Ese día, el rotativo publicó una carta al director firmada por Staune que sirvió de respuesta a un artículo aparecido a principios de mes en el que se evocaba que el I.D. era importado en Francia a través de la UIP. En sus líneas Staune daba cuenta de que todos los miembros de la UIP apoyan “con fuerza la teoría de la evolución” y “denuncian el creacionismo”. Esta última afirmación es una notable diferencia respecto de la mayoría de los miembros del Discovery Institute. “Sólo la posición de aquellos partidarios del I.D. que no son creacionistas y aceptan la evolución es aceptable”, dice Staune. No sólo son “aceptables” por transigir con la evolución porque, de hecho, el fundador de la UIP comparte la crítica al darwinismo de los escasos partidarios del I.D. que aceptan la evolución y niegan el creacionismo.

Los trabajos por los que se interesa la UIP en materia de evolución son fundamentalmente aquellos que cuestionan la selección natural. Uno de esos trabajos es el que ha desarrollado la paleontóloga Anne Dambricourt. Su teoría señala que la evolución del ser humano no se explica gracias a la selección natural y al azar, los mecanismos darwinistas que explican la evolución del hombre hasta nuestros días. Frente a la tesis de Darwin, Dambricourt plantea la existencia de una “lógica interna” que, al igual que la existencia del I.D, y su diseñador, aún está por probar científicamente.

Los trabajos de Dambricourt cuestionan la evolución tal y como ha sido expuesta por Darwin y los darvinistas. Lo mismo ocurre con el trabajo de Michael Behe y sus compañeros del think tank de Seattle. Sin embargo, la teoría de Dambricourt no lleva ni a Staune ni a la UIP a sacar como conclusión que la “lógica interna” de la que habla la paleontóloga es una prueba de la existencia de Dios tal y como podrían hacer los defensores del I.D.. Según Staune, la teoría de la “lógica interna” de Dambricourt no es más que uno “de los muchos signos y de las tendencias que pueden manifestar la existencia de Dios”.

Sin embargo, estas palabras, podrían ser tenidas en cuenta como parte de lo que Guillaume Lecointre ha descrito como la tendencia de la UIP “a sacar a la ciencia de su perímetro de legitimidad queriendo casarla por la fuerza con la búsqueda de sentido”. Por esta razón, “ la UIP podría aparecer, en efecto, como la promotora de un creacionismo templado”, según Lecointre.

La Iglesia católica, ¿ hacia un creacionismo templado ?

Por otras razones se podría utilizar la expresión “creacionismo templado” para definir el posicionamiento actual de la Iglesia católica frente a la Creación y la evolución. Aunque la Iglesia católica está obligada a mantenerse fiel al contenido del Génesis, en el Vaticano no hay ataduras para quienes consideran pertinente tomar distancias respecto del relato del primer libro del Antiguo Testamento. Un caso evidente de alguien que está lejos de seguir al pie de la letra el Génesis es el Cardenal Christoph Schönborn, Arzobispo de Viena. A falta de unos días para la celebración del último “Ratzinger-Schülerkreis”, Schönborn aseguró que “la primera página de la Biblia no es un tratado cosmológico sobre la constitución del universo en seis días”. Con estas palabras Schönborn daba cuenta de la necesidad de interpretar las primeras páginas de la Biblia más que cualquier otro pasaje del Antiguo Testamento.

Fue el mismo Schönborn quien a principios de año escribió en la revista estadounidense especializada en temas vinculados a la Creación, First Things, que “la evolución ocurrió y nuestra presente biosfera es el resultado. Los dos hechos son perfectamente correlativos y no constituyen una tautología porque ambos son sencillamente, verdad”. A este explícito reconocimiento de la evolución se adhiere la crítica al darwinismo que el arzobispo de la capital austriaca ha manifestado en varias ocasiones. El texto más celebre en el que  se recogen las críticas de Schönborn a las tesis darvinistas se publicó en The New York Times en julio de 2005. En ese texto, Schönborn mantiene que la evolución, entendida desde un punto de vista “neo-darvinista”, es decir “como un proceso de variaciones aleatorias y de selección natural, no es verdad”. Shönborn iba más allá, al asegurar que “ la Iglesia católica defenderá la razón humana proclamando que el diseño inmanente contenido en la naturaleza es real”.

Jocelyn Bézecourt, doctorado en astrofísica y militante ateo autor de un análisis descarnado contra la Iglesia católica del nuevo Papa, “Contre Benoît XVI” (Éditions Syllepse, 2005), extrae del texto de Schönborn que, en el Vaticano, “la evolución no se admite a no ser que un diseño divino la presida”. Bézecourt mantiene que en ese artículo, escrito a petición del propio Joseph Ratzinger dos o tres semanas antes de que fuera nombrado Papa, “el diseño es ‘divino’. Se trata de lo que otros llaman Intelligent Design”.

No cabe duda de que, como asegura Bézecourt, “el Papa está obligado a posicionarse respecto del creacionismo, del evolucionismo, pero sobre todo, respecto del Intelligent Design”. En un documento aparecido en 2004 titulado “Comunión and Stewardship”, “Ratzinger ha decretado que la existencia de un sistema evolutivo no guiado es, sencillamente, imposible”, asegura el autor de “Contre Benoît XVI”.  El a priori de la Iglesia católica que cita Bezécourt pone de manifiesto que en el Vaticano se tendrán en cuenta los otros mecanismos que expliquen la evolución, siempre y cuando, éstos sean diferentes a los descritos por Charles Darwin y se apoyen en la tesis de un proceso “evolutivo guiado”.

El interés por estos mecanismos ya fue expuesto por el papa Juan Pablo II en una intervención oficial ante representantes de la Academia Pontificia de las Ciencias el 23 de octubre de 1996. Ese día, el predecesor de Benedicto XVI aseguró que la evolución “es más que una teoría”. Estas declaraciones trajeron una importante confusión a nivel mundial, dado que la gran mayoría de los analistas y los medios de comunicación sacaron la misma conclusión que expuso en su portada un día después de la intervención Papa el periódico italiano, Il Giornale: “El Papa dice que descendemos de los monos”.

En realidad, que Juan Pablo II aceptara la evolución no podía implicar en modo alguno que la Iglesia Católica aceptase las tesis de Darwin. Jean Staune estuvo presente en la Academia Pontificia de las Ciencias cuando Juan Pablo II hizo aquella declaración. Según resume el fundador de la UIP lo dicho por el difunto Papa: “Juan Pablo II aseguró que, primero, la evolución es un hecho, segundo, que existen muchas mecanismos que la explican y, por último, criticó a las teorías darvinistas diciendo que la realidad del espíritu no puede ser explicada por Darwin”.

La conjunción del evolucionismo y anti-darwinismo planteada en su día por Juan Pablo II perdura en las más altas instancias católicas. Para John Allen, comentarista y experto sobre todo cuanto ha escrito Joseph Ratzinger, Benedicto XVI “no es un creacionista”, según se lee en su primer artículo de este mes publicado en la revista estadounidense The National Catholic Reporter. Al mismo tiempo, Benedicto XVI ha puesto en duda “las macro-mutaciones, a saber la transición evolutiva existente entre unas especies y otras tal y como las explican las mutaciones aleatorias y la selección natural”, escribe Allen. Esta forma de anti-darwinismo católico no difiere de la oposición a las tesis de Darwin de los partidarios del I.D. y del fundador UIP. Pero esto no significa que, como asegura Allen, por mucho que el “I.D. pueda despertar la simpatía de Benedicto XVI”, la Iglesia católica vaya a adoptarlo tal y como publicó The Guardian a finales de agosto.

El reportero del semanario católico asegura que Benedicto XVI “considera que son los científicos quienes deben resolver el debate” sobre las diferentes tesis de la evolución. Aunque el Papa tenga claro de qué lado está - en una de sus obras asegura que la selección natural es una teoría “sedienta de sangre” - es poco probable que haya grandes cambios en la Iglesia católica en materia de Creación y evolución.

Conviene tener en cuenta la forma de gobierno que se ha instaurado en el Vaticano tras el paso de Juan Pablo II para darse cuenta de que los cambios son algo que difícilmente van a caracterizar el papado de Benedicto XVI. Según Garry Wills, reputado Historiador y profesor en la Universidad de Northwestern, “Roma está gobernada desde los extremos”. Wills explica este hecho apuntando que el predecesor de Benedicto XVI gobernó el Vaticano vinculándose “a pequeños grupos extremistas bien financiados, semi-secretos, ascéticos y extremadamente papistas, como son el Opus Dei, los Legionarios de Cristo o Comunión y Liberación”. La perseverancia de estos vínculos durante el papado de Benedicto XVI impedirá las reformas doctrinales de la Iglesia si es que éstas llegan a plantearse. En todo caso, si se registraran cambios doctrinales en este papado, las modificaciones no implicarían una revisita del pasaje bíblico de la Creación. Como asegura Jocelyn Bézecourt, “ la Iglesia no puede modificar ni modernizar lo que constituye el primer libro de la Biblia. Si lo hacen, el edificio del catolicismo se derrumbará”.

Michel Onfray, filósofo y escritor

“La complejidad del mundo no tiene nada que ver con Dios”

Filósofo, escritor, y fundador de la Universidad Popular de Caen, Michel Onfray, autor del Tratado de ateología, es el pensador francés de referencia en materia de reflexión crítica sobre religiones. Onfray asegura que sólo cabe esperar el “endurecimiento” de las posiciones de la Iglesia católica durante el papado de Benedicto XVI. Por esa razón, aunque los teólogos católicos reflexionen sobre el origen de la vida en la Tierra, la Iglesia no podrá “disimular su defensa del creacionismo”.

—¿Existe una relación entre religión y ciencia?

—La religión y la ciencia evolucionan en dos planetas radicalmente separados. Su separación es para siempre. La religión se alimenta de fe, de ausencia de pruebas, de aserciones gratuitas, de misterios y de magia. Por su parte, la ciencia se alimenta de la razón, de experimentaciones, de demostraciones, del planteamiento de hipótesis y su verificación.

—¿Encuentra usted cambios en la relación existente entre la Iglesia católica y la ciencia desde que Benedicto XVI  fue elegido Papa?

—Benedicto XVI es, si me puedo permitir la expresión, un alma servil a Juan Pablo II. La prueba es que le ha sucedido en el cargo. No hay que esperar nada de él que no sea un endurecimiento de las posiciones de la Iglesia católica. De hecho, ya ha dado cuenta de una cierta irritación respecto del Concilio del Vaticano II.

—¿Qué piensa usted a cerca de la posición de la Iglesia sobre la Creación y la evolución?

—No se puede tergiversar. El texto del Génesis defiende el creacionismo. Sin embargo, la ciencia sostiene exactamente lo contrario. La Iglesia puede convocar a teólogos católicos para disimular su defensa del creacionismo, nublar la realidad, y evitar que un verdadero debate tenga lugar. Existen pruebas de todo tipo que dan cuenta del hecho que el mundo en que vivimos es producto de miles de millones de años de evolución. Hará falta todo el talento jesuítico del Vaticano para que la Iglesia logre oscurecer semejante evidencia.

—¿El hecho de que Juan Pablo II expresase que el darwinismo es más que una hipótesis, significa que la Iglesia ha podido aceptar las tesis de Darwin y dejar atrás el creacionismo?

—Seguro que no. “Más que una hipótesis” puede querer decir al mismo tiempo: “una idea falsa sobre la cual se construye una ideología no menos equivocada”.

—Sin embargo, la Iglesia ha podido mantener un discurso en el que darwinismo y creacionismo no son contradictorios.

—Sólo un teólogo cristiano, un filósofo cristiano o un ‘científico’ cristiano pueden decir que agua y  fuego pueden vivir juntos como si se tratara de una afirmación inteligente.

—¿No es una contradicción filosófica querer conciliar las ideas científicas de Darwin con aquellas de la Iglesia según las cuales Dios es el origen de todo ser?

—En la Biblia se dice de manera explícita y desde los primeros versículos que, al principio, no hay nada más que caos. Dios genera la tierra, la modela, sopla, sobre ella y obtiene un hombre. Cómo puede ser esta versión compatible con la compleja explicación que dan los antropólogos, los especialistas de la prehistoria y los científicos que están rehaciendo el puzzle de la historia. Sus explicaciones prueban que el Homo sapiens se ha constituido gracias al tiempo, las evoluciones y los cambios, las rupturas y el conjunto de procesos que tienen lugar en un espacio de tiempo que dura varios miles de millones de años. 

—¿ La Iglesia católica defiende la idea gracias a la cual el mundo es tan complejo que solamente la existencia de Dios podría justificarlo? ¿No es esto algo muy similar a lo que en Estados Unidos llaman Intelligent Design?

—Efectivamente. Pero ¿Por qué proteger el fantasma de una inteligencia que quisiera crear el mundo, es decir, de una inteligencia superior? En realidad, ninguna inteligencia responde a la cuestión de la complejidad del mundo. Sin embargo, sí que lo hace la lógica natural, la misma que preside la creación y el desarrollo de un ser humano. La naturaleza responde a la complejidad del mundo. Ella es la principal enemiga de los teólogos. Ella es el creador y la criatura al mismo tiempo. Ella se crea y se recrea a la vez. En todo caso, la complejidad del mudo es algo que no tiene nada que ver con Dios. 

—Ciencia y Religión son ámbitos que tratan realidades diferentes. La ciencia se ocupa de las realidades materiales y la religión de las inmateriales. ¿Por qué cree usted que la ciencia es una de las prioridades de Benedicto XVI?

—Porque todo avance de la ciencia, es decir, de la razón y de la inteligencia, hacen retroceder a la fe, a las creencias y a las sandeces. El Papa sabe que explicando el mundo de manera racional pierde la posibilidad de explicar a través del mito, la fábula y la magia, los grandes instrumentos de todas las religiones. 

—¿Existen las realidades inmateriales?

—¡ No ! En este mundo no existe otra cosa que no sea material. Todo es reductible à la materia. El alma es material como también lo es el viento que, cierto es, no hemos visto nunca. Sin embargo, lo constatamos gracias a los efectos de su existencia, como un remolino de hojas. Con el alma pasa lo mismo, esto que yo digo, lo hago a través del alma. No la vemos, pero se tiene constancia esto que cuento.

Las relaciones internacionales de principios de los 90 propiciaron la aparición de un nuevo concepto llamado seguridad colectiva y que según la Carta de Naciones Unidas se define como “la seguridad compartida entre las naciones que defienden un orden internacional asentado sobre valores democráticos, la defensa de los derechos humanos, de la libertad, de la justicia, de la igualdad y del pluralismo político”. España, que formaba ya parte de organismos como la OTAN y la Unión Europea Occidental, se sumó por aquel entonces a las misiones proyectadas por estos organismos supranacionales; desde entonces ha participado en 50 operaciones de cuatro continentes, ya sea como observadores, fuerzas de interposición, de mantenimiento de la paz y de ayuda humanitaria. En todas estas misiones, que han requerido de la participación de 70.000 militares españoles a lo largo de casi 18 años y de más de 3.100 millones de euros de presupuesto, se ha contabilizado un total de 125 fallecidos que pertenecían o estaban relacionados con el Ministerio de Defensa.

La misión a la que acaban de incorporarse, la del restablecimiento de la paz de la Fuerza Interina de las Naciones Unidas en el Líbano (FINUL) según la resolución 1701 del Consejo de Seguridad, ha sido fuente de polémica entre el Gobierno y el principal partido de la oposición. El PP reprocha al Ejecutivo que retirara las tropas de Iraq y envíe ahora soldados españoles a un escenario bélico. Los socialistas se defienden recordando que las Fuerzas Armadas se sumaron a la coalición internacional liderada por Estados Unidos que inició la guerra sin autorización de la ONU, mientras que la de ahora es una fuerza de interposición de paz de las Naciones Unidas. Los populares recriminan al Gobierno que los 1.100 soldados comprometidos vayan a superar el límite de 3.000 militares en misiones en el exterior si se suman a los 2.047 que ahora participan en las operaciones de Kosovo, Bosnia-Herzegovina, Afganistán y República Democrática del Congo, tal y como determina la Ley Orgánica 5/2005 de la Defensa Nacional. El Ejecutivo ya prevé reducir el número de militares presentes en los Balcanes –entre Kosovo y Bosnia suman actualmente 1.213– para ajustarse a la legislación. El líder de la oposición, Mariano Rajoy, asegura que nunca se habían desplegado tantos militares en el exterior. Lo cierto es que fue en 2002 cuando se alcanzó el máximo histórico de 3.784 efectivos –España participaba en la operación “Libertad duradera”–; el mínimo es de 1.514 y se registró tras la retirada de las tropas de Iraq.

En cualquier caso, tras la comparecencia del 7 de septiembre en el Congreso del ministro de Defensa, José Antonio Alonso, para solicitar la autorización del Parlamento, el Partido Popular respaldó el envío de tropas españolas al Líbano, que un día después partían ya desde la Base Naval de Rota a bordo de cuatro buques de la Armada.

Los militares españoles han empezado a desplegarse en la zona sureste del Líbano, concretamente en la base de la ciudad de Marjayún, para controlar el alto el fuego entre la guerrilla chií de Hizbolá e Irsael en un territorio de 40 por 60 kilómetros situado al oeste de la frontera de Líbano con el Estado hebreo. El grueso del contingente español está formado por soldados de Infantería de Marina, concretamente del Tercio de la Armada con base en la localidad gaditana de San Fernando. Estos infantes forman el Batallón Reforzado de Desembarco, compuesto por 490 militares, de los cuales 80 son extranjeros y 30 mujeres. En esta primera fase de la misión también participan 76 militares del Ejército de Tierra pertenecientes al Cuartel General, a Transmisiones a La Legión, a la unidad NBQ (intervención Nuclear, Bacteriológica y Química) y al apoyo logístico. Los buques que han realizado la travesía hasta el Líbano son el de Asalto Galicia, encargado del transporte de personal y material de Infantería de Marina, el de Desembarco Pizarro, donde está embarcado el material y los soldados del Ejército de Tierra, el de Aprovisionamiento de Combate Patiño, que ha zarpado con los suministros y elementos de apoyo logístico de la fuerza, y la fragata Almirante Juan de Borbón, encargada de proporcionar escolta y seguridad.

En su despedida al contingente español, José Antonio Alonso no ocultó el riesgo que rodea al cometido que tiene asignado la FINUL, encabezada por Francia, Italia y España, pero al tiempo subrayó que se han adoptado las medidas para minimizarlo al máximo. El despliegue español en Líbano tendrá un periodo de vigencia de un año, según aprobó el Consejo de Ministros del 8 de septiembre, y contará con un presupuesto mensual para los primeros seis meses de 25 millones de dólares, que se reducirá a 7,5 millones a partir del sexto mes, según los cálculos del ministerio de Defensa.

La brigada multinacional de cascos azules desplegada al sur del Líbano está integrada, además de por Francia –con 2.000 soldados–, Italia –2.450– y España, por Bélgica –ofrece 400 militares–, Finlandia –250– Portugal –140–, Polonia –250– e Irlanda –otros países europeos contribuyen a la misión con recursos logísticos, no con personal militar–. Esta fuerza deberá estar operativa el 1 de noviembre, fecha en la que deberá relevar al contingente español.

Operaciones de paz en activo. Con la del Líbano ya son cinco las misiones internacionales en activo en las que participan las Fuerzas Armadas españolas, todas ellas por mandato de la ONU, la OTAN o la UE –sin contar los observadores en Sudán (7), Etiopía-Eritrea (5), la ex Yugoslavia (4), República Democrática del Congo (3), Kosovo (2) e Indonesia (2) y los 82 militares que participan en la operación de policía aérea del Báltico–. La más antigua, la Fuerza de Protección de la OTAN en Kosovo –junio de 1999–. La más reciente, la Operación de la Unión Europea en apoyo a la Misión de Naciones Unidas en la República Democrática del Congo –junio de 2006–.

Tras el cese de la ofensiva en Kosovo y la firma y puesta en marcha de los acuerdos de Rambouillet, suscritos por las autoridades serbias y la Alianza Atlántica, las tropas de la OTAN comenzaron a desplegarse en la provincia de Kosovo para proteger a las poblaciones que conviven en la zona, normalizar la situación política y social y crear las condiciones para la instalación de un territorio autonómico para la población kosovar.

La Resolución 1244/1999 del Consejo de Seguridad de la ONU establece un componente de seguridad asumido por la Alianza Atlántica que constituye la Fuerza de Protección de Kosovo en la que participa España con un contingente inicial de unos 1.200 soldados integrados en la Brigada Multinacional Italiana y desplegados en su mayoría en la zona de Pec.

Actualmente, la KFOR cuenta con 16.000 efectivos de 33 países –22 de ellos pertenecen a la OTAN– bajo mandato de las Naciones Unidas. La unidad española, que dispone de alrededor de 700 efectivos integrados en la fuerza internacional, se dedica al mantenimiento de la paz en previsión de conflictos entre la mayoría albano-kosovar y la minoría serbia. Asimismo, además de las labores de vigilancia y protección que requiere esta tarea, ofrecen ayuda humanitaria.

Aunque la presencia española es más reciente, Bosnia es la más antigua de las misiones internacionales que aún permanecen en activo. Desde 1992, primero la Alianza Atlántica y después la Unión Europea se han encargado de la interposición y el mantenimiento de la paz en la zona. En diciembre de 2004, cuando bajo el amparo del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas la UE asumió el mandato de la nueva fuerza internacional conocida como operación Althea, España entró a formar parte del grupo de 33 países –22 de ellos de la Unión– presentes en Bosnia. Actualmente, Althea cuenta con 6.000 efectivos, de los alrededor de 450 proceden de nuestro país. Las fuerzas españolas están desplegadas principalmente en Mostar como integrantes de la Agrupación Sudeste, en la que participan junto a militares de Alemania, Francia e Italia.

Una de las preguntas que reiteradamente se le formula al Gobierno estas últimas semanas es cuánto tiempo va a permanecer el Ejército español en el Líbano. Pero dependiendo del tipo de operaciones, no siempre existe respuesta. Los 131 efectivos desplazados a la República Democrática del Congo regresarán en noviembre; fueron para garantizar la seguridad del proceso electoral y, cuando concluyan los próximos comicios, regresarán a casa. Sin embargo en casos como el de Bosnia, donde a pesar de no registrarse incidentes graves desde hace años aún no puede confirmarse la total pacificación de la zona, no existe fecha límite y la ONU debe ir renovando periódicamente el mandato.

La Fuerza Internacional de Asistencia para la Seguridad en Afganistán (ISAF) fue establecida por medio de la Resolución 1386 del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas el 20 de diciembre de 2001 para prestar apoyo al Gobierno Interino afgano en el marco de los acuerdos alcanzados en Bonn. Pero poco antes, en el mes de octubre y en aplicación del principio de legítima defensa de la ONU, en el país se desplegó la operación multinacional Libertad Duradera liderada por Estados Unidos, en la que España entra a formar parte en enero de 2002 con un contingente de unos 350 efectivos pertenecientes a unidades de mando, comunicaciones y apoyo logístico, ingenieros, un equipo de desactivación de explosivos y otro de apoyo al despliegue aéreo –esta participación se redujo un año después a 130 militares de la unidad de ingenieros y otra de apoyo al despliegue aéreo–.

En julio de 2004, el presidente Zapatero, que acababa de retirar las tropas de Iraq, decidió salir también de la misión Libertad Duradera para entrar a formar parte de la ISAF, operación bajo mandato de la ONU y control operativo de la OTAN desde agosto de 2003 –hasta entonces el mandato era rotatorio y variaba cada seis meses–. La aportación española es un hospital de campaña en Kabul complementado por elementos de transporte, cuatro helicópteros, un destacamento del Ejército del Aire en Manas (Kirguizistán) y una unidad de apoyo y protección. Asimismo, para apoyar los procesos electorales en Afganistán, las presidenciales de julio de 2004 y las legislativas de julio de 2005, el Consejo de Ministros autorizó el despliegue de un batallón de Infantería con un máximo de 500 efectivos.

Actualmente, España cuenta en la región con alrededor de 680 efectivos dedicados básicamente a dos operaciones. En Qala i Naw, capital de Baghis, trabaja el Equipo de Reconstrucción Provincial (en inglés, PRT), encargado de reconstruir el norte y el oeste del país. Además de militares, personal civil de la agencia de desarrollo permanece en la zona. El resto de efectivos se encuentran en la base avanzada de Herat, que desde este verano cuenta con otros 150 militares. Los soldados pertenecen a la Fuerza de Reacción Rápida, que el pasado 8 de julio sufrió la pérdida de Jorge Arnaldo Hernández, fallecido como consecuencia de una explosión. Las Fuerzas Armadas españolas también cuentan con una fuerza de apoyo logístico de aviación para transporte en Manás.

Esta es la operación con participación española en la que más bajas ha habido. Además del soldado Hernández, 62 militares fallecieron en el accidente aéreo en Turquía el 26 de mayo de 2003 y otros 17 perdieron la vida en el accidente de helicóptero del 16 de agosto de 2005.

La más reciente de las misiones en el exterior previas a la del Líbano es la Operación de la Unión Europea (EUFOR) en apoyo a la Misión de Naciones Unidas (MONUC) en la República Democrática del Congo del mes de junio. Se trata de una operación aprobada por una acción común de la UE en respuesta a la petición del secretario General de la ONU; Kofi Annan solicitó a la Unión el envío de una fuerza que garantizara el proceso electoral de finales del mes de julio y el previsto para el mes de noviembre. El pasado 2 de junio, el Consejo de Ministros autorizó la participación española por un período de cuatro meses. Actualmente la misión, en la que destaca la presencia de franceses y alemanes y en la que los soldados y oficiales suman un contingente de más de 2.000 militares, cuenta con 131 españoles desplegados en Kinshasa.

Otras misiones. Los antecedentes de la primera operación de paz en la que participó nuestro país se remontan a 1856, cuando algunas tropas españolas integraron un Ejército formado por soldados de varias nacionalidades en la ciudad china de Shanghai, que en aquella época era una pequeña torre de Babel sujeta a la jurisdicción de un órgano formado por 14 potencias con derechos extraterritoriales.

Pero la primera experiencia española en el exterior tal y como hoy las conocemos tiene lugar en enero de 1989, después de que el Gobierno autoriza la participación de las Fuerzas Armadas en operaciones de paz. Desde el punto de vista político, este acontecimiento histórico supuso la creación de un grupo de trabajo en el Ministerio de Asuntos Exteriores formado por representantes del propio departamento, de Presidencia del Gobierno y del Ministerio de Defensa, cuyo cometido consistió en la elaboración de unas directrices generales con las que definir la participación española en misiones de paz. Y desde el punto de vista militar, la cartera dirigida en aquel entonces por Narcis Serra proporcionó a sus oficiales la instrucción necesaria en este tipo de operaciones en prestigiosas escuelas internacionales.

Coincidiendo con la asunción de estas medidas, la primera misión internacional consistió en la verificación de la ONU en Angola del repliegue de las tropas cubanas. Con la participación de oficiales de diez países, entre ellos España con siete observadores, la operación finalizó en julio de 1991 con la firma del acuerdo de paz entre el gobierno y la guerrilla de la Unión Internacional para la independencia total de Angola (UNITA).

Este tipo de misión, que se ha seguido sucediendo a lo largo de los años, ha requerido en ocasiones de la participación española en operaciones de fuerzas de interposición. Muchas de ellas se han desarrollado en los Balcanes, donde otras misiones precedieron a las ya mencionadas KFOR y Althea. La primera tuvo lugar en septiembre de 1992 en Bosnia (UNPROFOR), una de las más complejas emprendidas por las Naciones Unidas, en este caso para “facilitar el mantenimiento del alto el fuego entre croatas y serbios”, y en la que España participó de forma considerable con observadores, tropas en la zona y apoyo de unidades navales, aéreas y de la Guardia Civil. Con la extensión del conflicto a la República de Bosnia-Herzegovina, la presencia de nuestro país se incrementó significativamente; la participación máxima fue de alrededor de 1.000 hombres y, durante todo el conflicto, la misión contó con 7.800 militares españoles.

En 1992 se establece la Fuerza Específica para la Ayuda Humanitaria en la antigua Yugoslavia dependiente de la Agencia Humanitaria de la Comunidad Europea (ECHO), que desarrolla los programas de distribución de alimentos en Croacia y de coordinación con otras organizaciones internacionales. A la cabeza de la misión estuvo un General español, que contó con el apoyo de un oficial y un suboficial en la oficina de Zagreb.

Tras la partición política y geográfica de Bosnia Herzegovina en 1993 que contempla la ciudad de Mostar como un caso singular, la Unión Europea asume su administración durante dos años. En este caso, España volvió a jugar un importante papel: un general y dos oficiales de las Fuerzas Armadas son designados como asesores en asuntos militares del administrador de Mostar durante todo aquel periodo. En agosto de 1995 surge la Oficina del Alto Representante de la UE en Bosnia Herzegovina con la misión de supervisar los aspectos civiles del Acuerdo de Paz de Dayton. En junio de 1997, y tras ser nombrado alto representante el embajador Carlos Westerndorp, tres oficiales españoles se incorporan a la oficina en calidad de asesores, donde permanecen hasta julio de 2003.

Por su posición en el concierto internacional, España ha dirigido su actuación de forma preferente hacia aquellos ámbitos geoestratégicos considerados prioritarios por razones geográficas, históricas o culturales. Así, en la misión de la ONU de 1989 en Centroamérica solicitada por los cinco presidentes de los países de esta región, un general español fue nombrado primer comandante: era la primera vez que España ostentaba la jefatura de una operación internacional de este tipo, consistente en “verificar el cese de ayuda a las fuerzas irregulares y movimientos insurrectos y el no uso del territorio de un Estado para agredir a otros Estados”. Y en 1999 y a petición de las Naciones Unidas, oficiales de nuestro Ejército participaron como expertos en el conocimiento del terreno y de la población para apoyar a los observadores del referéndum del Sahara Occidental.

La polémica de Iraq. Los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 cambiaron el mundo. Algunas zonas del planeta más que otras. Como por ejemplo Iraq. En septiembre de 2002, el presidente norteamericano George Bush aseguraba que existían pruebas para demostrar que el Gobierno de Bagdad desarrolla armas de destrucción masiva y que debía haber un cambio de régimen. A pesar de que los inspectores de las Naciones Unidas no confirmaron tal extremo, Estados Unidos decidió liderar una coalición internacional para derrocar a Sadam Hussein y el 19 de marzo de 2003, el país norteamericano y el Reino Unido, con el respaldo explícito del entonces presidente español, José María Aznar, lanzan su primer ataque contra Iraq. La guerra finaliza oficialmente el 2 de mayo y Bush la enmarca en la lucha contra el terrorismo mundial, aunque después tuvo que reconocer que carecía de pruebas que relacionaran a Hussein con el 11-S.

La participación militar de España comenzó en el mes de abril de 2003, cuando el buque Castilla y un hospital de campaña, entre otras unidades de apoyo, llega a Unm Casar como soporte de la operación “Libertad Iraquí” para permanecer tres meses. En el mes de julio de ese mismo año, una vez finalizada la operación bélica, se produce el despliegue de la Brigada Multinacional Plus Ultra con 1.300 militares en la zona de An Najaf y An Nasiriya, cuya misión se encuadraba dentro de la categoría de ayuda humanitaria. La operación finaliza con la llegada de José Luis Rodríguez Zapatero, que nada más tomar posesión del cargo anuncia la retirada de las tropas españolas tal y como prometió durante la campaña electoral.

En el polémico envío de tropas está la raíz de uno de los cambios fundamentales en la legislación en materia militar. La Ley Orgánica 5/2005 de la Defensa Nacional introduce una serie de consideraciones acerca de las misiones en el exterior, como la definición del tipo de operaciones, las condiciones que deben reunir para que el Gobierno apruebe la intervención de los Ejércitos en escenarios de crisis o conflicto o el procedimiento a seguir para autorizar el envío de tropas.

De entre todas ellas cabe destacar la necesidad de que “se realicen por petición expresa del Gobierno del Estado en cuyo territorio se desarrollen o estén autorizadas en Resoluciones del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas o acordadas, en su caso, por organizaciones internacionales de las que España forme parte” y de que “sean conformes con la Carta de las Naciones Unidas y que no contradigan o vulneren los principios del derecho internacional convencional que España ha incorporado a su ordenamiento, de conformidad con el artículo 96.1 de la Constitución”. Asimismo, se establece que “para ordenar operaciones en el exterior que no estén directamente relacionadas con la defensa de España o del interés nacional, el Gobierno realizará una consulta previa y recabará la autorización del Congreso de los Diputados”. Desde su aprobación, el Ejecutivo socialista ha seguido todos estos trámites, los mismos que se echaron en falta en la controvertida decisión de Aznar de enviar tropas españolas a la guerra contra Iraq.

La ayuda humanitaria

La ayuda humanitaria se viene desarrollando desde 1991. La primera intervención, denominada Operación Provide Confort, fue ejecutada por un contingente del Ejército de Tierra que acudió a Iraq para colaborar en la construcción de campos de refugiados iraquíes de origen kurdo, aportando un hospital de campaña y ofreciendo seguridad a las instalaciones españolas desplegadas en la región.

Esta tuvo un origen bélico, pero gran parte de las misiones sucesivas han estado motivadas por catástrofes naturales. Es el caso del huracán Mitch de Centroamérica, donde una unidad de ingenieros del Ejército de Tierra acudió a la zona a bordo del buque Galicia de la Armada española para instalar puentes y permitir la reutilización de las vías de comunicación cortadas por la tormenta, tanto en Honduras como en Nicaragua. O del terremoto de Turquía de 1999, donde el Gobierno envió una unidad médica de campaña compuesta por 27 efectivos para instalar un hospital de campaña en la zona de la catástrofe y atender a miles de damnificados. O de las graves inundaciones que asolaron Mozambique en 2000, donde las Fuerzas Armadas desplegaron tres helicópteros para realizar evacuaciones y distribuir ayuda, una unidad sanitaria de campaña, 50 camas de hospitalización y dos quirófanos, una unidad de evaluación de daños y cooperación cívico militar para el apoyo a la distribución de ayuda y un contingente de 152 hombres.

Los casos más recientes tuvieron lugar el pasado año. La misión Respuesta Solidaria para atender a los damnificados por el maremoto que asoló el sureste asiático en Indonesia contó con dos contingentes españoles integrados por 650 militares; el aéreo, compuesto por cinco aviones con los que trasladar personal y ayuda humanitaria dentro de la zona de operaciones, y el naval, formado por el buque Galicia, tres helicópteros, dos embarcaciones de desembarco, una unidad quirúrgica, tres equipos médicos desplegables y una unidad de Ingenieros del Ejército de Tierra.

La otra misión, denominada Respuesta Solidaria II, se ha desarrollado en Pakistán. El 10 de octubre del años pasado, el país solicitó oficialmente ayuda de emergencia a la OTAN para paliar los efectos del terremoto del 8 de octubre. Poco después, la Alianza Atlántica aprobaba su autorización ordenando el despliegue de una fuerza en la que se integran las unidades españolas del cuartel general y unidad de cuartel general para el mando táctico de las operaciones en zona, la plana mayor de un batallón de ingenieros y una compañía de ingenieros, el elemento de apoyo nacional y un hospital de campaña.

La dependencia de la ONU

Desde el inicio de las misiones de paz tal y como hoy las conocemos, la ONU ha intentado articular su propia fuerza militar de cascos azules, el Ejército de pacificación que debería dotar al organismo internacional de mayor credibilidad y prestigio en todo el mundo. Sin embargo, los presupuestos de las Naciones Unidas no alcanzan para financiar a todos los recursos humanos, técnicos y logísticos requeridos; cada uno de los cascos azules cobran 1.000 euros al mes, cantidad insuficiente para la mayoría de ellos, y el material, apoyo logístico, estratégico o de comunicación es insuficiente y, por sí solos, ofrecen una muy insuficiente capacidad operativa. Además, en muchos casos no puede garantizar que las instalaciones del territorio donde están desplegados los efectivos militares reúna unas condiciones mínimas de vida y habitabilidad.

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