El Papa fomenta un debate sobre los límites entre ciencia y fe
Darwin y
la Iglesia
vuelven a enfrentarse
Antes de desatar las protestas en el
mundo musulmán a mediados de este mes, Benedicto XVI había despertado el
interés general sobre la relación existente entre
la Iglesia católica y la
ciencia. Por mucho que el reciente viaje del Papa a Alemania haya estado
marcado por las consecuencias de la cita que hizo Benedicto XVI en uno de sus
discursos retomando las palabras de un emperador bizantino que aseguraba que
Mahoma sólo ha aportado “cosas malvadas e inhumanas”, es la ciencia, y no
la Yihad, un tema prioritario
para el Sumo Pontífice.
Por Salvador Martínez (París)
A su paso por Múnich el pasado día 10 de
septiembre, el Papa no perdió la oportunidad de hablar de las “amenazas” que
suponen las “destrezas científicas y técnicas” constitutivas de una forma de
“racionalidad que excluye totalmente a Dios de la visión del hombre”. Según
Benedicto XVI, la ciencia y la razón ensordecen al hombre cuando éste considera
que lo que “se dice sobre Dios es pre-científico, anterior a nuestro tiempo”.
El Sumo pontífice se valía de esas palabras para señalar una vez más a los
fieles que la fuente primera de valores morales debe ser Dios en lugar de la
ciencia, la gran responsable del “secularismo agresivo” y hasta “intolerante”
que tantas veces ha denunciado quien se llamara Joseph Ratzinger hace poco más
de un año y medio.
Más innovador que estas ya típicas
arremetidas del nuevo Papa contra cientificismo de las sociedades occidentales
modernas es que Benedicto XVI hablara de “Creación y evolución” el primer fin
de semana de este mes. Lo hizo en la residencia papal de verano situada en
Castel Gandolfo, en el marco del “Ratzinger-Schülerkreis”, el encuentro anual
que mantiene desde los años setenta el actual Papa con los que fueran los
doctorandos que dirigió en sus estudios durante su etapa como profesor y
vicepresidente de
la
Universidad de Ratisbona.
El reverendo Stephan Horn, forma parte
del grupo de antiguos estudiantes de teología del profesor Ratzinger. Según
Horn, lo que se buscaba en el último encuentro que dio cita a casi una
cuarentena de teólogos, era “discutir dónde están los límites de la evolución y
dónde se encuentran los vínculos potenciales con los campos de la filosofía y
la teología”. El Cardenal Christoph Schönborn, arzobispo de Viena, señalaba la
importancia que tenía el encuentro para Benedicto XVI al apuntar que el
profesor Ratzinger “era uno de los teólogos alemanes que subrayaron
intensamente en los años setenta la necesidad de volver al tema de
la Creación”. El interés del
Sumo pontífice es sólo comparable al del propio Schönborn, quien también ha
declarado “estar interesado en estas cuestiones desde hace 30 años”.
La expectación generada por la cita de la
intelectualidad vaticana trajo consigo que se lanzaran a la opinión pública no
pocos rumores a cerca de un posible cambio de la posición de
la Iglesia respecto de
la Creación y de la
evolución. Tanto es así, que el rotativo británico The Guardian publicó a falta
de cuatro días para el encuentro una información cuyo titular rezaba: “El Papa
se prepara para adoptar la teoría del Intelligent Design” (I.D.).
Nada puede estar más lejos de la
realidad, porque independientemente de que no hubiera rueda de prensa después
de los tres días de reflexión teológica y de que aún se dude en las instancias
vaticanas a cerca de la publicación o no de las actas del encuentro, algunos de
los participantes han señalado que apenas se discutió sobre el I.D. en Castel
Gandolfo. El padre estadounidense y también antiguo alumno del Papa, Joseph
Fessio, dijo a su salida del “Ratzinger-Schülerkreis”: “no hemos hablado mucho
a cerca del I.D., en realidad, esa particular controversia no ha llegado a
plantearse”.
Intelligent Design: una teoría muy americana
“La teoría del I.D. mantiene que ciertas
características del universo y de los seres vivos se explican mejor a través de
una causa inteligente en lugar de hacerlo a través de procesos indirectos como
la selección natural”. Esta es la definición general del I.D. que da el
Discovery Institute, el think tank estadounidense que trata de difundir esta
idea desde principios de los años noventa. Según dicen en el Discovery
Institute, el I.D. es una teoría científica que debe enseñarse en las escuelas
como si se tratara de otra explicación de la evolución.
Hasta la fecha, este thik tank, cuyo
“cuartel general” se encuentra en Seattle, ha convencido de la pertinencia de
su teoría a una buena parte de la conservaduría política estadounidense. Prueba
de ello es que se hayan podido escuchar altos funcionarios estadounidenses
pronunciarse a favor del I.D. El presidente George W. Bush ha declarado que el
I.D. debería enseñarse en las escuelas porque, según dijo, “forma parte de la
educación que a las personas se les expongan diferentes escuelas de
pensamiento”.
Eso es precisamente lo que adoptaron en
Octubre de 2004 los responsables del distrito escolar de Dover, en el Estado de
Pennsylvania. Esta decisión contó con el apoyo político del Senador del Partido
Republicano, Rick Santorum, quien dijo del I.D. que “es una teoría científica
legítima que debería enseñarse en las clases de ciencias de las escuelas
públicas”. Sin embargo, la decisión del distrito escolar de Dover fue
finalmente considerada “anticonstitucional” por el juez federal John Jones
antes de que acabara el año pasado. Según el juez Jones, enseñar el I.D. en las
escuelas públicas atenta contra la primera enmienda de
la Constitución
estadounidense, es decir, contra la prohibición de legislar a favor del
“establecimiento de una religión de Estado”.
La decisión del juez Jones, miembro del
Partido Republicano y religioso practicante, da cuenta de que la campaña
lanzada por el Discovery Institute no ha logrado convencer a todos los
religiosos estadounidenses que ocupan cargos influyentes. El director adjunto
del Centro para
la Ciencia
y
la Cultura
del Discovery Institute, John West, aseguró al conocer la decisión del juez federal que la resolución buscaba “acabar
con la difusión de una idea científica”. No obstante, los hay, como el Juez
Jones, que niegan que el I.D. sea producto de la ciencia.“Si existe alguna
evidencia contra la evolución, en ese caso, los estudiantes deberían
estudiarla. Pero el I.D. no ha encontrado ninguna evidencia de este tipo”, ha
escrito recientemente en The New York Review of Books el filósofo
estadounidense, Ronald Dworkin.
El I.D. es, ante todo, una crítica a la
selección natural, y por tanto, a las tesis propuestas por biólogo británico,
Charles Darwin. Su libro, “El origen de las especies”, publicado en 1859, es
una de las mayores aportaciones científicas registradas en el siglo XIX, dado
que sienta las bases de la teoría de la evolución. Allen Orr, profesor de Biología de
la Universidad de
Rochester especializado en evolución genética, explica con los siguientes
términos el proceso descrito en un primer momento por el biólogo británico:
“según el darwinismo, la evolución refleja la combinada acción de mutaciones
aleatorias y de selección natural. Una mutación aleatoria en un organismo es
casi siembre nociva para el mismo. Muy de vez en cuando, una mutación del ADN
hace mejorar el funcionamiento de algún órgano del ser vivo y, con ello, la
supervivencia del mismo”. Por esta razón, continúa Allen Orr, “el nuevo y
mejorado organismo será más común en la siguiente generación”.
Sin embargo, las tesis de Darwin no
podían contar con los nuevos elementos que la ciencia ha descubierto en el
último siglo y medio. Así, en los años
cincuenta, el desarrollo de la biología molecular “reveló el asombroso e
inesperado grado de complejidad que hace que las células estén vivas”, asegura
el profesor de
la
Universidad de Rochester. Según los defensores del I.D., esta
forma de complejidad que escapa a las tesis sobre la evolución propuestas hasta
ahora, es lo que ellos llaman la “irreducible complejidad”. Michael Behe,
bioquímico de
la
Universidad Lehigh, miembro del Discovery Institute y uno de
los principales pensadores del I.D., asegura que esa “irreducible complejidad”
manifiesta la existencia del “Intelligent Design”.
Behe, como la mayoría de los miembros del
Discovery Institute, rehuye del término “creacionismo”, pero no duda a la hora
de poner ejemplos para ilustrar el I.D. . El modelo más citado por Behe es el
del flagelo de las bacterias, el filamento que sirve a estos organismos
unicelulares para desplazarse. Behe, como todo bioquímico que haya estudiado la
cuestión, observa que el orgánulo está formado aproximadamente por 50
moléculas. Pero el pensador del I.D. añade que la probabilidad de que estas
moléculas esenciales para la formación del flagelo se unan de manera aleatoria
es infinitesimal. De ahí, que Behe argumente que sólo un diseño inteligente
podría explicar la irreductiblemente compleja formación del flagelo.
Sin embargo, el ejemplo de Behe no es del
todo útil para otros científicos. “El flagelo puede ser complicado pero no es
algo irreductiblemente complejo”, escribían hace un año en The Chronicle of
Higher Education los académicos de
la Universidad George
Mason; Harol Morowitz, Robert Hazen y James Trefil, respectivamente, profesores
de biología y filosofía natural, ciencias de la tierra y física. Según estos
tres académicos, “ningún teórico evolucionista sugeriría que una estructura tan
compleja como la del flagelo apareció ab initio”. Morowitz, Hazen y Trefil,
señalan que el flagelo no se formó a partir de la nada, sino a través del
ensamblaje progresivo de diferentes grupos de moléculas hasta formar el orgánulo.
Behe no tuvo en cuenta este razonamiento en su día, por eso “ha confesado que
la prosa que ha empleado al explicarse no era la apropiada”, asegura Allen Orr.
Dado que a día de hoy no hay una tesis
verificada que explique la formación del flagelo, el descuido de Behe no le ha
impedido continuar junto a sus compañeros del Discovery Institute su particular
combate contra el darwinismo. Financiado por varios grupos conservadores
cristianos, el Discovery Institute sigue su andadura incluso cuando se constata
desde hace años que “el I.D. está falto de una hipótesis causal naturalista y
hasta ahora no es conciliable con ninguna rama científica”, según escribía el
profesor emérito de
la
Universidad de Berckley, Frédéric Crews, en The New York
Review of Books. Crews llegaba a esta conclusión tras haber analizado las obras
de las plumas de referencia que defienden el I.D. : el bioquímico Michael Behe,
el matemático, filósofo y teólogo, William Dembski, el ex profesor de derecho
en Berkley Phillip Jonson y el militante propagandista del I.D., Jonathan
Wells.
Un Discovery Institute a la francesa
“El problema de los investigadores del
Discovery Institute es que van demasiado lejos”, asegura Jean Staune, fundador
y secretario general de
la Université
Interdisciplinaire de Paris (UIP).
La UIP es una estructura
asociativa privada que no otorga títulos reconocidos por el ministerio de
Educación francés. Según Staune, “
la
UIP lleva diez años enseñando a la gente las nuevas ideas
científicas sobre la materia, el hombre y el universo, sin olvidar la carga
humanística que éstas implican”. A su modo de ver, “los avances científicos dan
una nueva credibilidad a las intuiciones de las grandes religiones”. De ahí,
que una importante especialidad de
la
UIP sean los trabajos que traten las “realidades
espirituales”. Sin embargo,
la UIP
“no es una asociación religiosa. Nosotros partimos de la ciencia para ver hasta
qué punto existen implicaciones metafísicas en los resultados de las
investigaciones científicas”, aclara el fundador de la organización.
Jean Staune reconoce ser alguien que se
encuentra “fuera de todo marco académico”. De hecho, el director de estudios
doctorales en el Museo Nacional de Historia Natural y jefe de equipo del CNRS,
el equivalente francés al CSIC español, Guillaume Lecointre, ha señalado que a
Staune “no se le conoce una experiencia de investigación de larga duración”. No
obstante,
la UIP
no es sólo Staune, por eso el fundador y secretario general de la organización
se enorgullece al mencionar que
la
UIP colabora en sus trabajos con varios premios Nobel y, de
hecho, cuenta en su Consejo científico con la participación del premio Nobel de
física de 1964, Charles Townes.
Sobre Lecointre, conocido por su
militancia materialista, Staune dice que es “mi gran oponente”. La rivalidad
entre Lecointre y Staune se explica porque a la separación entre ciencia y
religión que plantea el materialista, Staune, opone la supuesta “relación
existente entre la ciencia y la religión”. Su defensa de esta idea le llevó a
redactar un llamamiento publicado en el diario Le Monde el pasado 23 de febrero
en el que reputados científicos, dos Nobel incluidos, afirmaban junto a Staune
que si “los científicos renuncian a la reflexión metafísica y espiritual, éstos
se apartarán de la sociedad”.
Uno de los dos Nobel que firmaban ese
llamamiento era el también miembro de
la
UIP, Charles Townes. Que este sea un conocido partidario del Intelligent Design, pues como el
propio Townes ha declarado, el ID, “si se considera desde un punto de vista
científico, parece ser completamente real”, y que el propio Staune haya
declarado que “un creador no puede ser excluido de la ciencia” facilita que se
considere a
la UIP
una versión francesa del Discovery Institute. Cada vez que un paralelismo de
este tipo tiene lugar, Staune aparece en la escena mediática para aclarar el
punto de vista de
la UIP.
La última de estas intervenciones de
Staune tuvo lugar en el diario Le Monde el pasado 14 de Septiembre. Ese día, el
rotativo publicó una carta al director firmada por Staune que sirvió de
respuesta a un artículo aparecido a principios de mes en el que se evocaba que
el I.D. era importado en Francia a través de
la UIP. En sus líneas Staune
daba cuenta de que todos los miembros de
la UIP apoyan “con fuerza la teoría de la evolución”
y “denuncian el creacionismo”. Esta última afirmación es una notable diferencia
respecto de la mayoría de los miembros del Discovery Institute. “Sólo la
posición de aquellos partidarios del I.D. que no son creacionistas y aceptan la
evolución es aceptable”, dice Staune. No sólo son “aceptables” por transigir
con la evolución porque, de hecho, el fundador de
la UIP comparte la crítica al
darwinismo de los escasos partidarios del I.D. que aceptan la evolución y
niegan el creacionismo.
Los trabajos por los que se interesa
la UIP en materia de evolución
son fundamentalmente aquellos que cuestionan la selección natural. Uno de esos
trabajos es el que ha desarrollado la paleontóloga Anne Dambricourt. Su teoría
señala que la evolución del ser humano no se explica gracias a la selección
natural y al azar, los mecanismos darwinistas que explican la evolución del
hombre hasta nuestros días. Frente a la tesis de Darwin, Dambricourt plantea la
existencia de una “lógica interna” que, al igual que la existencia del I.D, y
su diseñador, aún está por probar científicamente.
Los trabajos de Dambricourt cuestionan la
evolución tal y como ha sido expuesta por Darwin y los darvinistas. Lo mismo
ocurre con el trabajo de Michael Behe y sus compañeros del think tank de
Seattle. Sin embargo, la teoría de Dambricourt no lleva ni a Staune ni a
la UIP a sacar como conclusión
que la “lógica interna” de la que habla la paleontóloga es una prueba de la
existencia de Dios tal y como podrían hacer los defensores del I.D.. Según
Staune, la teoría de la “lógica interna” de Dambricourt no es más que uno “de
los muchos signos y de las tendencias que pueden manifestar la existencia de
Dios”.
Sin embargo, estas palabras, podrían ser
tenidas en cuenta como parte de lo que Guillaume Lecointre ha descrito como la
tendencia de
la UIP
“a sacar a la ciencia de su perímetro de legitimidad queriendo casarla por la
fuerza con la búsqueda de sentido”. Por esta razón, “
la UIP podría aparecer, en
efecto, como la promotora de un creacionismo templado”, según Lecointre.
La Iglesia católica, ¿
hacia un creacionismo templado ?
Por otras razones se podría utilizar la
expresión “creacionismo templado” para definir el posicionamiento actual de
la Iglesia católica frente a
la Creación y la evolución.
Aunque
la Iglesia
católica está obligada a mantenerse fiel al contenido del Génesis, en el
Vaticano no hay ataduras para quienes consideran pertinente tomar distancias
respecto del relato del primer libro del Antiguo Testamento. Un caso evidente
de alguien que está lejos de seguir al pie de la letra el Génesis es el
Cardenal Christoph Schönborn, Arzobispo de Viena. A falta de unos días para la
celebración del último “Ratzinger-Schülerkreis”, Schönborn aseguró que “la
primera página de
la Biblia
no es un tratado cosmológico sobre la constitución del universo en seis días”.
Con estas palabras Schönborn daba cuenta de la necesidad de interpretar las
primeras páginas de
la Biblia
más que cualquier otro pasaje del Antiguo Testamento.
Fue el mismo Schönborn quien a principios
de año escribió en la revista estadounidense especializada en temas vinculados
a
la Creación,
First Things, que “la evolución ocurrió y nuestra presente biosfera es el
resultado. Los dos hechos son perfectamente correlativos y no constituyen una
tautología porque ambos son sencillamente, verdad”. A este explícito
reconocimiento de la evolución se adhiere la crítica al darwinismo que el
arzobispo de la capital austriaca ha manifestado en varias ocasiones. El texto
más celebre en el que se recogen las
críticas de Schönborn a las tesis darvinistas se publicó en The New York Times
en julio de 2005. En ese texto, Schönborn mantiene que la evolución, entendida
desde un punto de vista “neo-darvinista”, es decir “como un proceso de
variaciones aleatorias y de selección natural, no es verdad”. Shönborn iba más
allá, al asegurar que “
la
Iglesia católica defenderá la razón humana proclamando que el
diseño inmanente contenido en la naturaleza es real”.
Jocelyn Bézecourt, doctorado en
astrofísica y militante ateo autor de un análisis descarnado contra
la Iglesia católica del nuevo
Papa, “Contre Benoît XVI” (Éditions Syllepse, 2005), extrae del texto de
Schönborn que, en el Vaticano, “la evolución no se admite a no ser que un
diseño divino la presida”. Bézecourt mantiene que en ese artículo, escrito a
petición del propio Joseph Ratzinger dos o tres semanas antes de que fuera
nombrado Papa, “el diseño es ‘divino’. Se trata de lo que otros llaman
Intelligent Design”.
No cabe duda de que, como asegura Bézecourt,
“el Papa está obligado a posicionarse respecto del creacionismo, del
evolucionismo, pero sobre todo, respecto del Intelligent Design”. En un
documento aparecido en 2004 titulado “Comunión and Stewardship”, “Ratzinger ha
decretado que la existencia de un sistema evolutivo no guiado es,
sencillamente, imposible”, asegura el autor de “Contre Benoît XVI”. El a priori de
la Iglesia católica que cita
Bezécourt pone de manifiesto que en el Vaticano se tendrán en cuenta los otros
mecanismos que expliquen la evolución, siempre y cuando, éstos sean diferentes
a los descritos por Charles Darwin y se apoyen en la tesis de un proceso
“evolutivo guiado”.
El interés por estos mecanismos ya fue
expuesto por el papa Juan Pablo II en una intervención oficial ante
representantes de
la
Academia Pontificia de las Ciencias el 23 de octubre de 1996.
Ese día, el predecesor de Benedicto XVI aseguró que la evolución “es más que
una teoría”. Estas declaraciones trajeron una importante confusión a nivel
mundial, dado que la gran mayoría de los analistas y los medios de comunicación
sacaron la misma conclusión que expuso en su portada un día después de la
intervención Papa el periódico italiano, Il Giornale: “El Papa dice que
descendemos de los monos”.
En realidad, que Juan Pablo II aceptara
la evolución no podía implicar en modo alguno que
la Iglesia Católica
aceptase las tesis de Darwin. Jean Staune estuvo presente en
la Academia Pontificia
de las Ciencias cuando Juan Pablo II hizo aquella declaración. Según resume el
fundador de
la UIP
lo dicho por el difunto Papa: “Juan Pablo II aseguró que, primero, la evolución
es un hecho, segundo, que existen muchas mecanismos que la explican y, por
último, criticó a las teorías darvinistas diciendo que la realidad del espíritu
no puede ser explicada por Darwin”.
La conjunción del evolucionismo y
anti-darwinismo planteada en su día por Juan Pablo II perdura en las más altas
instancias católicas. Para John Allen, comentarista y experto sobre todo cuanto
ha escrito Joseph Ratzinger, Benedicto XVI “no es un creacionista”, según se
lee en su primer artículo de este mes publicado en la revista estadounidense
The National Catholic Reporter. Al mismo tiempo, Benedicto XVI ha puesto en
duda “las macro-mutaciones, a saber la transición evolutiva existente entre
unas especies y otras tal y como las explican las mutaciones aleatorias y la
selección natural”, escribe Allen. Esta forma de anti-darwinismo católico no
difiere de la oposición a las tesis de Darwin de los partidarios del I.D. y del
fundador UIP. Pero esto no significa que, como asegura Allen, por mucho que el
“I.D. pueda despertar la simpatía de Benedicto XVI”,
la Iglesia católica vaya a
adoptarlo tal y como publicó The Guardian a finales de agosto.
El reportero del semanario católico
asegura que Benedicto XVI “considera que son los científicos quienes deben
resolver el debate” sobre las diferentes tesis de la evolución. Aunque el Papa
tenga claro de qué lado está - en una de sus obras asegura que la selección
natural es una teoría “sedienta de sangre” - es poco probable que haya grandes
cambios en
la Iglesia
católica en materia de Creación y evolución.
Conviene tener en cuenta la forma de
gobierno que se ha instaurado en el Vaticano tras el paso de Juan Pablo II para
darse cuenta de que los cambios son algo que difícilmente van a caracterizar el
papado de Benedicto XVI. Según Garry Wills, reputado Historiador y profesor en
la Universidad de
Northwestern, “Roma está gobernada desde los extremos”. Wills explica este
hecho apuntando que el predecesor de Benedicto XVI gobernó el Vaticano
vinculándose “a pequeños grupos extremistas bien financiados, semi-secretos,
ascéticos y extremadamente papistas, como son el Opus Dei, los Legionarios de
Cristo o Comunión y Liberación”. La perseverancia de estos vínculos durante el
papado de Benedicto XVI impedirá las reformas doctrinales de
la Iglesia si es que éstas
llegan a plantearse. En todo caso, si se registraran cambios doctrinales en
este papado, las modificaciones no implicarían una revisita del pasaje bíblico
de
la Creación. Como
asegura Jocelyn Bézecourt, “
la
Iglesia no puede modificar ni modernizar lo que constituye el
primer libro de
la Biblia.
Si lo hacen, el edificio del catolicismo se derrumbará”.
Michel Onfray, filósofo y escritor
“La complejidad del mundo no tiene nada que ver con Dios”
Filósofo, escritor, y fundador de
la Universidad Popular
de Caen, Michel Onfray, autor del Tratado de ateología, es el pensador francés
de referencia en materia de reflexión crítica sobre religiones. Onfray asegura
que sólo cabe esperar el “endurecimiento” de las posiciones de
la Iglesia católica durante
el papado de Benedicto XVI. Por esa razón, aunque los teólogos católicos
reflexionen sobre el origen de la vida en
la Tierra,
la Iglesia no podrá “disimular su defensa del
creacionismo”.
—¿Existe una relación entre religión y
ciencia?
—La religión y la ciencia evolucionan en
dos planetas radicalmente separados. Su separación es para siempre. La religión
se alimenta de fe, de ausencia de pruebas, de aserciones gratuitas, de
misterios y de magia. Por su parte, la ciencia se alimenta de la razón, de
experimentaciones, de demostraciones, del planteamiento de hipótesis y su
verificación.
—¿Encuentra usted cambios en la relación
existente entre
la Iglesia
católica y la ciencia desde que Benedicto XVI fue elegido Papa?
—Benedicto XVI es, si me puedo permitir
la expresión, un alma servil a Juan Pablo II. La prueba es que le ha sucedido
en el cargo. No hay que esperar nada de él que no sea un endurecimiento de las
posiciones de
la Iglesia
católica. De hecho, ya ha dado cuenta de una cierta irritación respecto del
Concilio del Vaticano II.
—¿Qué piensa usted a cerca de la posición
de
la Iglesia
sobre
la Creación
y la evolución?
—No se puede tergiversar. El texto del
Génesis defiende el creacionismo. Sin embargo, la ciencia sostiene exactamente
lo contrario.
La Iglesia
puede convocar a teólogos católicos para disimular su defensa del creacionismo,
nublar la realidad, y evitar que un verdadero debate tenga lugar. Existen pruebas
de todo tipo que dan cuenta del hecho que el mundo en que vivimos es producto
de miles de millones de años de evolución. Hará falta todo el talento jesuítico
del Vaticano para que
la
Iglesia logre oscurecer semejante evidencia.
—¿El hecho de que Juan Pablo II expresase
que el darwinismo es más que una hipótesis, significa que
la Iglesia ha podido aceptar
las tesis de Darwin y dejar atrás el creacionismo?
—Seguro que no. “Más que una hipótesis”
puede querer decir al mismo tiempo: “una idea falsa sobre la cual se construye
una ideología no menos equivocada”.
—Sin embargo,
la Iglesia ha podido mantener
un discurso en el que darwinismo y creacionismo no son contradictorios.
—Sólo un teólogo cristiano, un filósofo
cristiano o un ‘científico’ cristiano pueden decir que agua y fuego pueden vivir juntos como si se tratara
de una afirmación inteligente.
—¿No es una contradicción filosófica
querer conciliar las ideas científicas de Darwin con aquellas de
la Iglesia según las cuales
Dios es el origen de todo ser?
—En
la Biblia se dice de manera explícita y desde los
primeros versículos que, al principio, no hay nada más que caos. Dios genera la
tierra, la modela, sopla, sobre ella y obtiene un hombre. Cómo puede ser esta
versión compatible con la compleja explicación que dan los antropólogos, los
especialistas de la prehistoria y los científicos que están rehaciendo el
puzzle de la historia. Sus explicaciones prueban que el Homo sapiens se ha
constituido gracias al tiempo, las evoluciones y los cambios, las rupturas y el
conjunto de procesos que tienen lugar en un espacio de tiempo que dura varios
miles de millones de años.
—¿
La Iglesia católica defiende la idea gracias a la
cual el mundo es tan complejo que solamente la existencia de Dios podría
justificarlo? ¿No es esto algo muy similar a lo que en Estados Unidos llaman
Intelligent Design?
—Efectivamente. Pero ¿Por qué proteger el
fantasma de una inteligencia que quisiera crear el mundo, es decir, de una
inteligencia superior? En realidad, ninguna inteligencia responde a la cuestión
de la complejidad del mundo. Sin embargo, sí que lo hace la lógica natural, la
misma que preside la creación y el desarrollo de un ser humano. La naturaleza
responde a la complejidad del mundo. Ella es la principal enemiga de los teólogos.
Ella es el creador y la criatura al mismo tiempo. Ella se crea y se recrea a la
vez. En todo caso, la complejidad del mudo es algo que no tiene nada que ver
con Dios.
—Ciencia y Religión son ámbitos que
tratan realidades diferentes. La ciencia se ocupa de las realidades materiales
y la religión de las inmateriales. ¿Por qué cree usted que la ciencia es una de
las prioridades de Benedicto XVI?
—Porque todo avance de la ciencia, es
decir, de la razón y de la inteligencia, hacen retroceder a la fe, a las
creencias y a las sandeces. El Papa sabe que explicando el mundo de manera
racional pierde la posibilidad de explicar a través del mito, la fábula y la
magia, los grandes instrumentos de todas las religiones.
—¿Existen las realidades inmateriales?
—¡ No ! En este mundo no existe otra cosa
que no sea material. Todo es reductible à la materia. El alma es material como
también lo es el viento que, cierto es, no hemos visto nunca. Sin embargo, lo
constatamos gracias a los efectos de su existencia, como un remolino de hojas.
Con el alma pasa lo mismo, esto que yo digo, lo hago a través del alma. No la
vemos, pero se tiene constancia esto que cuento.
Las relaciones internacionales de
principios de los 90 propiciaron la aparición de un nuevo concepto llamado
seguridad colectiva y que según
la
Carta de Naciones Unidas se define como “la seguridad
compartida entre las naciones que defienden un orden internacional asentado
sobre valores democráticos, la defensa de los derechos humanos, de la libertad,
de la justicia, de la igualdad y del pluralismo político”. España, que formaba
ya parte de organismos como
la
OTAN y
la
Unión Europea Occidental, se sumó por aquel entonces a las
misiones proyectadas por estos organismos supranacionales; desde entonces ha
participado en 50 operaciones de cuatro continentes, ya sea como observadores,
fuerzas de interposición, de mantenimiento de la paz y de ayuda humanitaria. En
todas estas misiones, que han requerido de la participación de 70.000 militares
españoles a lo largo de casi 18 años y de más de 3.100 millones de euros de
presupuesto, se ha contabilizado un total de 125 fallecidos que pertenecían o
estaban relacionados con el Ministerio de Defensa.
La misión a la que acaban de
incorporarse, la del restablecimiento de la paz de
la Fuerza Interina de
las Naciones Unidas en el Líbano (FINUL) según la resolución 1701 del Consejo
de Seguridad, ha sido fuente de polémica entre el Gobierno y el principal
partido de la oposición. El PP reprocha al Ejecutivo que retirara las tropas de
Iraq y envíe ahora soldados españoles a un escenario bélico. Los socialistas se
defienden recordando que las Fuerzas Armadas se sumaron a la coalición
internacional liderada por Estados Unidos que inició la guerra sin autorización
de
la ONU,
mientras que la de ahora es una fuerza de interposición de paz de las Naciones
Unidas. Los populares recriminan al Gobierno que los 1.100 soldados
comprometidos vayan a superar el límite de 3.000 militares en misiones en el
exterior si se suman a los 2.047 que ahora participan en las operaciones de
Kosovo, Bosnia-Herzegovina, Afganistán y República Democrática del Congo, tal y
como determina
la Ley
Orgánica 5/2005 de
la Defensa Nacional.
El Ejecutivo ya prevé reducir el número de militares presentes en los Balcanes
–entre Kosovo y Bosnia suman actualmente 1.213– para ajustarse a la
legislación. El líder de la oposición, Mariano Rajoy, asegura que nunca se
habían desplegado tantos militares en el exterior. Lo cierto es que fue en 2002
cuando se alcanzó el máximo histórico de 3.784 efectivos –España participaba en
la operación “Libertad duradera”–; el mínimo es de 1.514 y se registró tras la
retirada de las tropas de Iraq.
En cualquier caso, tras la comparecencia
del 7 de septiembre en el Congreso del ministro de Defensa, José Antonio
Alonso, para solicitar la autorización del Parlamento, el Partido Popular
respaldó el envío de tropas españolas al Líbano, que un día después partían ya
desde
la Base Naval
de Rota a bordo de cuatro buques de
la Armada.
Los militares españoles han empezado a
desplegarse en la zona sureste del Líbano, concretamente en la base de la
ciudad de Marjayún, para controlar el alto el fuego entre la guerrilla chií de
Hizbolá e Irsael en un territorio de 40 por
60 kilómetros situado
al oeste de la frontera de Líbano con el Estado hebreo. El grueso del
contingente español está formado por soldados de Infantería de Marina,
concretamente del Tercio de
la
Armada con base en la localidad gaditana de San Fernando.
Estos infantes forman el Batallón Reforzado de Desembarco, compuesto por 490
militares, de los cuales 80 son extranjeros y 30 mujeres. En esta primera fase
de la misión también participan 76 militares del Ejército de Tierra
pertenecientes al Cuartel General, a Transmisiones a
La Legión, a la unidad NBQ
(intervención Nuclear, Bacteriológica y Química) y al apoyo logístico. Los
buques que han realizado la travesía hasta el Líbano son el de Asalto Galicia,
encargado del transporte de personal y material de Infantería de Marina, el de
Desembarco Pizarro, donde está embarcado el material y los soldados del
Ejército de Tierra, el de Aprovisionamiento de Combate Patiño, que ha zarpado
con los suministros y elementos de apoyo logístico de la fuerza, y la fragata
Almirante Juan de Borbón, encargada de proporcionar escolta y seguridad.
En su despedida al contingente español,
José Antonio Alonso no ocultó el riesgo que rodea al cometido que tiene
asignado
la FINUL,
encabezada por Francia, Italia y España, pero al tiempo subrayó que se han
adoptado las medidas para minimizarlo al máximo. El despliegue español en
Líbano tendrá un periodo de vigencia de un año, según aprobó el Consejo de
Ministros del 8 de septiembre, y contará con un presupuesto mensual para los
primeros seis meses de 25 millones de dólares, que se reducirá a 7,5 millones a
partir del sexto mes, según los cálculos del ministerio de Defensa.
La brigada multinacional de cascos azules
desplegada al sur del Líbano está integrada, además de por Francia –con 2.000
soldados–, Italia –2.450– y España, por Bélgica –ofrece 400 militares–,
Finlandia –250– Portugal –140–, Polonia –250– e Irlanda –otros países europeos
contribuyen a la misión con recursos logísticos, no con personal militar–. Esta
fuerza deberá estar operativa el 1 de noviembre, fecha en la que deberá relevar
al contingente español.
Operaciones de paz en activo. Con la del
Líbano ya son cinco las misiones internacionales en activo en las que
participan las Fuerzas Armadas españolas, todas ellas por mandato de
la ONU,
la OTAN o
la UE –sin contar los observadores
en Sudán (7), Etiopía-Eritrea (5), la ex Yugoslavia (4), República Democrática
del Congo (3), Kosovo (2) e Indonesia (2) y los 82 militares que participan en
la operación de policía aérea del Báltico–. La más antigua,
la Fuerza de Protección de
la OTAN en Kosovo –junio de
1999–. La más reciente,
la
Operación de
la Unión Europea en apoyo a
la Misión de Naciones Unidas
en
la República
Democrática del Congo –junio de 2006–.
Tras el cese de la ofensiva en Kosovo y
la firma y puesta en marcha de los acuerdos de Rambouillet, suscritos por las
autoridades serbias y
la
Alianza Atlántica, las tropas de
la OTAN comenzaron a desplegarse
en la provincia de Kosovo para proteger a las poblaciones que conviven en la
zona, normalizar la situación política y social y crear las condiciones para la
instalación de un territorio autonómico para la población kosovar.
La Resolución 1244/1999 del Consejo de Seguridad de
la
ONU establece un componente de seguridad asumido por
la Alianza Atlántica
que constituye
la Fuerza
de Protección de Kosovo en la que participa España con un contingente inicial
de unos 1.200 soldados integrados en
la Brigada Multinacional
Italiana y desplegados en su mayoría en la zona de Pec.
Actualmente,
la KFOR cuenta con 16.000
efectivos de 33 países –22 de ellos pertenecen a
la OTAN– bajo mandato de las
Naciones Unidas. La unidad española, que dispone de alrededor de 700 efectivos
integrados en la fuerza internacional, se dedica al mantenimiento de la paz en
previsión de conflictos entre la mayoría albano-kosovar y la minoría serbia.
Asimismo, además de las labores de vigilancia y protección que requiere esta
tarea, ofrecen ayuda humanitaria.
Aunque la presencia española es más
reciente, Bosnia es la más antigua de las misiones internacionales que aún
permanecen en activo. Desde 1992, primero
la Alianza Atlántica
y después
la Unión
Europea se han encargado de la interposición y el
mantenimiento de la paz en la zona. En diciembre de 2004, cuando bajo el amparo
del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas
la UE asumió el mandato de la
nueva fuerza internacional conocida como operación Althea, España entró a
formar parte del grupo de 33 países –22 de ellos de
la Unión– presentes en Bosnia.
Actualmente, Althea cuenta con 6.000 efectivos, de los alrededor de 450
proceden de nuestro país. Las fuerzas españolas están desplegadas
principalmente en Mostar como integrantes de
la Agrupación Sudeste,
en la que participan junto a militares de Alemania, Francia e Italia.
Una de las preguntas que reiteradamente
se le formula al Gobierno estas últimas semanas es cuánto tiempo va a
permanecer el Ejército español en el Líbano. Pero dependiendo del tipo de
operaciones, no siempre existe respuesta. Los 131 efectivos desplazados a
la República Democrática
del Congo regresarán en noviembre; fueron para garantizar la seguridad del
proceso electoral y, cuando concluyan los próximos comicios, regresarán a casa.
Sin embargo en casos como el de Bosnia, donde a pesar de no registrarse
incidentes graves desde hace años aún no puede confirmarse la total
pacificación de la zona, no existe fecha límite y
la ONU debe ir renovando
periódicamente el mandato.
La Fuerza Internacional de Asistencia para
la Seguridad en Afganistán (ISAF) fue establecida
por medio de
la Resolución
1386 del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas el 20 de diciembre de 2001
para prestar apoyo al Gobierno Interino afgano en el marco de los acuerdos
alcanzados en Bonn. Pero poco antes, en el mes de octubre y en aplicación del
principio de legítima defensa de
la
ONU, en el país se desplegó la operación multinacional
Libertad Duradera liderada por Estados Unidos, en la que España entra a formar
parte en enero de 2002 con un contingente de unos 350 efectivos pertenecientes
a unidades de mando, comunicaciones y apoyo logístico, ingenieros, un equipo de
desactivación de explosivos y otro de apoyo al despliegue aéreo –esta
participación se redujo un año después a 130 militares de la unidad de
ingenieros y otra de apoyo al despliegue aéreo–.
En julio de 2004, el presidente Zapatero,
que acababa de retirar las tropas de Iraq, decidió salir también de la misión
Libertad Duradera para entrar a formar parte de
la ISAF, operación bajo mandato
de
la ONU y
control operativo de
la OTAN
desde agosto de 2003 –hasta entonces el mandato era rotatorio y variaba cada
seis meses–. La aportación española es un hospital de campaña en Kabul
complementado por elementos de transporte, cuatro helicópteros, un destacamento
del Ejército del Aire en Manas (Kirguizistán) y una unidad de apoyo y
protección. Asimismo, para apoyar los procesos electorales en Afganistán, las
presidenciales de julio de 2004 y las legislativas de julio de 2005, el Consejo
de Ministros autorizó el despliegue de un batallón de Infantería con un máximo
de 500 efectivos.
Actualmente, España cuenta en la región
con alrededor de 680 efectivos dedicados básicamente a dos operaciones. En Qala
i Naw, capital de Baghis, trabaja el Equipo de Reconstrucción Provincial (en
inglés, PRT), encargado de reconstruir el norte y el oeste del país. Además de
militares, personal civil de la agencia de desarrollo permanece en la zona. El
resto de efectivos se encuentran en la base avanzada de Herat, que desde este
verano cuenta con otros 150 militares. Los soldados pertenecen a
la Fuerza de Reacción Rápida,
que el pasado 8 de julio sufrió la pérdida de Jorge Arnaldo Hernández,
fallecido como consecuencia de una explosión. Las Fuerzas Armadas españolas
también cuentan con una fuerza de apoyo logístico de aviación para transporte
en Manás.
Esta es la operación con participación
española en la que más bajas ha habido. Además del soldado Hernández, 62
militares fallecieron en el accidente aéreo en Turquía el 26 de mayo de 2003 y
otros 17 perdieron la vida en el accidente de helicóptero del 16 de agosto de
2005.
La más reciente de las misiones en el
exterior previas a la del Líbano es
la Operación de
la Unión Europea
(EUFOR) en apoyo a
la Misión
de Naciones Unidas (MONUC) en
la República Democrática
del Congo del mes de junio. Se trata de una operación aprobada por una acción
común de
la UE en
respuesta a la petición del secretario General de
la ONU; Kofi Annan solicitó a
la Unión el envío de una fuerza
que garantizara el proceso electoral de finales del mes de julio y el previsto
para el mes de noviembre. El pasado 2 de junio, el Consejo de Ministros
autorizó la participación española por un período de cuatro meses. Actualmente la
misión, en la que destaca la presencia de franceses y alemanes y en la que los
soldados y oficiales suman un contingente de más de 2.000 militares, cuenta con
131 españoles desplegados en Kinshasa.
Otras misiones. Los antecedentes de la
primera operación de paz en la que participó nuestro país se remontan a 1856,
cuando algunas tropas españolas integraron un Ejército formado por soldados de
varias nacionalidades en la ciudad china de Shanghai, que en aquella época era
una pequeña torre de Babel sujeta a la jurisdicción de un órgano formado por 14
potencias con derechos extraterritoriales.
Pero la primera experiencia española en
el exterior tal y como hoy las conocemos tiene lugar en enero de 1989, después
de que el Gobierno autoriza la participación de las Fuerzas Armadas en
operaciones de paz. Desde el punto de vista político, este acontecimiento
histórico supuso la creación de un grupo de trabajo en el Ministerio de Asuntos
Exteriores formado por representantes del propio departamento, de Presidencia
del Gobierno y del Ministerio de Defensa, cuyo cometido consistió en la
elaboración de unas directrices generales con las que definir la participación
española en misiones de paz. Y desde el punto de vista militar, la cartera
dirigida en aquel entonces por Narcis Serra proporcionó a sus oficiales la
instrucción necesaria en este tipo de operaciones en prestigiosas escuelas
internacionales.
Coincidiendo con la asunción de estas
medidas, la primera misión internacional consistió en la verificación de
la ONU en Angola del repliegue de
las tropas cubanas. Con la participación de oficiales de diez países, entre
ellos España con siete observadores, la operación finalizó en julio de 1991 con
la firma del acuerdo de paz entre el gobierno y la guerrilla de
la Unión Internacional
para la independencia total de Angola (UNITA).
Este tipo de misión, que se ha seguido
sucediendo a lo largo de los años, ha requerido en ocasiones de la
participación española en operaciones de fuerzas de interposición. Muchas de
ellas se han desarrollado en los Balcanes, donde otras misiones precedieron a
las ya mencionadas KFOR y Althea. La primera tuvo lugar en septiembre de 1992
en Bosnia (UNPROFOR), una de las más complejas emprendidas por las Naciones
Unidas, en este caso para “facilitar el mantenimiento del alto el fuego entre
croatas y serbios”, y en la que España participó de forma considerable con
observadores, tropas en la zona y apoyo de unidades navales, aéreas y de
la Guardia Civil. Con
la extensión del conflicto a
la
República de Bosnia-Herzegovina, la presencia de nuestro país
se incrementó significativamente; la participación máxima fue de alrededor de
1.000 hombres y, durante todo el conflicto, la misión contó con 7.800 militares
españoles.
En 1992 se establece
la Fuerza Específica
para
la Ayuda
Humanitaria en la antigua Yugoslavia dependiente de
la Agencia Humanitaria
de
la Comunidad
Europea (ECHO), que desarrolla los programas de distribución
de alimentos en Croacia y de coordinación con otras organizaciones
internacionales. A la cabeza de la misión estuvo un General español, que contó con el apoyo de un oficial y un suboficial en la oficina de Zagreb.
Tras la partición política y geográfica
de Bosnia Herzegovina en 1993 que contempla la ciudad de Mostar como un caso
singular,
la Unión
Europea asume su administración durante dos años. En este
caso, España volvió a jugar un importante papel: un general y dos oficiales de
las Fuerzas Armadas son designados como asesores en asuntos militares del
administrador de Mostar durante todo aquel periodo. En agosto de 1995 surge
la Oficina del Alto
Representante de
la UE
en Bosnia Herzegovina con la misión de supervisar los aspectos civiles del
Acuerdo de Paz de Dayton. En junio de 1997, y tras ser nombrado alto
representante el embajador Carlos Westerndorp, tres oficiales españoles se
incorporan a la oficina en calidad de asesores, donde permanecen hasta julio de
2003.
Por su posición en el concierto
internacional, España ha dirigido su actuación de forma preferente hacia
aquellos ámbitos geoestratégicos considerados prioritarios por razones
geográficas, históricas o culturales. Así, en la misión de
la ONU de 1989 en Centroamérica
solicitada por los cinco presidentes de los países de esta región, un general
español fue nombrado primer comandante: era la primera vez que España ostentaba
la jefatura de una operación internacional de este tipo, consistente en
“verificar el cese de ayuda a las fuerzas irregulares y movimientos insurrectos
y el no uso del territorio de un Estado para agredir a otros Estados”. Y en
1999 y a petición de las Naciones Unidas, oficiales de nuestro Ejército
participaron como expertos en el conocimiento del terreno y de la población
para apoyar a los observadores del referéndum del Sahara Occidental.
La polémica de Iraq. Los atentados
terroristas del 11 de septiembre de 2001 cambiaron el mundo. Algunas zonas del
planeta más que otras. Como por ejemplo Iraq. En septiembre de 2002, el
presidente norteamericano George Bush aseguraba que existían pruebas para
demostrar que el Gobierno de Bagdad desarrolla armas de destrucción masiva y
que debía haber un cambio de régimen. A pesar de que los inspectores de las
Naciones Unidas no confirmaron tal extremo, Estados Unidos decidió liderar una
coalición internacional para derrocar a Sadam Hussein y el 19 de marzo de 2003,
el país norteamericano y el Reino Unido, con el respaldo explícito del entonces
presidente español, José María Aznar, lanzan su primer ataque contra Iraq. La
guerra finaliza oficialmente el 2 de mayo y Bush la enmarca en la lucha contra
el terrorismo mundial, aunque después tuvo que reconocer que carecía de pruebas
que relacionaran a Hussein con el 11-S.
La participación militar de España
comenzó en el mes de abril de 2003, cuando el buque Castilla y un hospital de
campaña, entre otras unidades de apoyo, llega a Unm Casar como soporte de la
operación “Libertad Iraquí” para permanecer tres meses. En el mes de julio de
ese mismo año, una vez finalizada la operación bélica, se produce el despliegue
de
la Brigada
Multinacional Plus Ultra con 1.300 militares en la zona de An
Najaf y An Nasiriya, cuya misión se encuadraba dentro de la categoría de ayuda
humanitaria. La operación finaliza con la llegada de José Luis Rodríguez Zapatero,
que nada más tomar posesión del cargo anuncia la retirada de las tropas
españolas tal y como prometió durante la campaña electoral.
En el polémico envío de tropas está la
raíz de uno de los cambios fundamentales en la legislación en materia militar.
La Ley Orgánica 5/2005
de
la Defensa
Nacional introduce una serie de consideraciones acerca de las
misiones en el exterior, como la definición del tipo de operaciones, las
condiciones que deben reunir para que el Gobierno apruebe la intervención de
los Ejércitos en escenarios de crisis o conflicto o el procedimiento a seguir
para autorizar el envío de tropas.
De entre todas ellas cabe destacar la
necesidad de que “se realicen por petición expresa del Gobierno del Estado en
cuyo territorio se desarrollen o estén autorizadas en Resoluciones del Consejo
de Seguridad de las Naciones Unidas o acordadas, en su caso, por organizaciones
internacionales de las que España forme parte” y de que “sean conformes con
la Carta de las Naciones Unidas
y que no contradigan o vulneren los principios del derecho internacional
convencional que España ha incorporado a su ordenamiento, de conformidad con el
artículo 96.1 de
la
Constitución”. Asimismo, se establece que “para ordenar
operaciones en el exterior que no estén directamente relacionadas con la
defensa de España o del interés nacional, el Gobierno realizará una consulta
previa y recabará la autorización del Congreso de los Diputados”. Desde su
aprobación, el Ejecutivo socialista ha seguido todos estos trámites, los mismos
que se echaron en falta en la controvertida decisión de Aznar de enviar tropas
españolas a la guerra contra Iraq.
La ayuda humanitaria
La ayuda humanitaria se viene
desarrollando desde 1991. La primera intervención, denominada Operación Provide
Confort, fue ejecutada por un contingente del Ejército de Tierra que acudió a
Iraq para colaborar en la construcción de campos de refugiados iraquíes de
origen kurdo, aportando un hospital de campaña y ofreciendo seguridad a las
instalaciones españolas desplegadas en la región.
Esta tuvo un origen bélico, pero gran
parte de las misiones sucesivas han estado motivadas por catástrofes naturales.
Es el caso del huracán Mitch de Centroamérica, donde una unidad de ingenieros
del Ejército de Tierra acudió a la zona a bordo del buque Galicia de
la Armada española para
instalar puentes y permitir la reutilización de las vías de comunicación
cortadas por la tormenta, tanto en Honduras como en Nicaragua. O del terremoto
de Turquía de 1999, donde el Gobierno envió una unidad médica de campaña
compuesta por 27 efectivos para instalar un hospital de campaña en la zona de
la catástrofe y atender a miles de damnificados. O de las graves inundaciones
que asolaron Mozambique en 2000, donde las Fuerzas Armadas desplegaron tres
helicópteros para realizar evacuaciones y distribuir ayuda, una unidad
sanitaria de campaña, 50 camas de hospitalización y dos quirófanos, una unidad
de evaluación de daños y cooperación cívico militar para el apoyo a la
distribución de ayuda y un contingente de 152 hombres.
Los casos más recientes tuvieron lugar el
pasado año. La misión Respuesta Solidaria para atender a los damnificados por
el maremoto que asoló el sureste asiático en Indonesia contó con dos
contingentes españoles integrados por 650 militares; el aéreo, compuesto por
cinco aviones con los que trasladar personal y ayuda humanitaria dentro de la
zona de operaciones, y el naval, formado por el buque Galicia, tres
helicópteros, dos embarcaciones de desembarco, una unidad quirúrgica, tres
equipos médicos desplegables y una unidad de Ingenieros del Ejército de Tierra.
La otra misión, denominada Respuesta
Solidaria II, se ha desarrollado en Pakistán. El 10 de octubre del años pasado,
el país solicitó oficialmente ayuda de emergencia a
la OTAN para paliar los efectos
del terremoto del 8 de octubre. Poco después,
la Alianza Atlántica
aprobaba su autorización ordenando el despliegue de una fuerza en la que se
integran las unidades españolas del cuartel general y unidad de cuartel general
para el mando táctico de las operaciones en zona, la plana mayor de un batallón
de ingenieros y una compañía de ingenieros, el elemento de apoyo nacional y un
hospital de campaña.
La dependencia de
la ONU
Desde el inicio de las misiones de paz
tal y como hoy las conocemos,
la
ONU ha intentado articular su propia fuerza militar de cascos
azules, el Ejército de pacificación que debería dotar al organismo
internacional de mayor credibilidad y prestigio en todo el mundo. Sin embargo,
los presupuestos de las Naciones Unidas no alcanzan para financiar a todos los
recursos humanos, técnicos y logísticos requeridos; cada uno de los cascos
azules cobran 1.000 euros al mes, cantidad insuficiente para la mayoría de
ellos, y el material, apoyo logístico, estratégico o de comunicación es
insuficiente y, por sí solos, ofrecen una muy insuficiente capacidad operativa.
Además, en muchos casos no puede garantizar que las instalaciones del
territorio donde están desplegados los efectivos militares reúna unas
condiciones mínimas de vida y habitabilidad. |