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Lista Al trasluz

Nº 709
25/9/2006

Nada está escrito

Juan Carlos Rodríguez Ibarra se va. Hace cuatro años estuvo a punto de hacerlo y aguantó el tirón una vez más. Entonces no gobernaba José Luis Rodríguez Zapatero y muchos pensaban que habría aznarismo –camuflado de rajoyismo- para rato. Ibarra resistió porque sólo hubiera faltado, en aquellas circunstancias adversas, que cayera Extremadura en manos de la derecha. Luego, transcurrido el tiempo, le dio el infarto. Ibarra ha optado prudentemente por el retiro, por el abandono de la política de alto riesgo. Durante casi un cuarto de siglo, Ibarra ha gobernado Extremadura. Y la ha transformado en positivo para asombro de propios y extraños. No la conoce, a Extremadura, ni la madre que la parió, que diría su amigo Alfonso Guerra. Los niños en las escuelas extremeñas aprenden informática y pueden practicar con ordenadores. Aquellos que tachan a Ibarra de socialista trasnochado no tienen ni idea.

¿Son los últimos de Filipinas Bono, Vázquez, Ibarra o Leguina? Son, en todo caso, viejos roqueros, barones veteranos con muchos trienios de mando en plaza. Son los restos del felipismo. O del guerrismo, algunos de ellos. Han desaparecido del escenario, como lo hizo hace ya diez años González. Sigue en el Congreso de los Diputados Alfonso Guerra, instalado además en la Fundación Pablo Iglesias y en la revista Temas, con Félix Tezanos en la dirección. En otro ámbito bien distinto, Pasqual Maragall está a punto de marcharse. Son unos y otros de edad similar, aunque ideológicamente no sean entre sí coincidentes. Han librado mil batallas al enemigo externo y se han peleado unos con otros incluso con excesiva hostilidad. Se los lleva el tiempo, que es inexorable, y también el zapaterismo, que no lo es menos. El relevo generacional continúa, a pesar de que haya excepciones notorias.

Primero fue sólo bambi. Después hubo que añadirle que bambi, sí, pero de acero. No despega en las encuestas de forma arrolladora. Pero mantiene, impávido, la velocidad de crucero. A su barco lo escoltan otros barcos menores y hasta alguna que otra muy útil chalupa. Forman juntos una flota difícilmente vulnerable al fuego de la derecha conservadora -política y mediática-; una especie de Armada Invencible. Han vuelto a arrinconar parlamentariamente al PP, empeñado en un estúpido y poco espléndido aislamiento. El PP se encuentra solo, acompañado por Federico, Pedro y otros enfebrecidos gurús del periodismo de ficción o de invención. O de manifiesta desmesura.

Aquellos que barruntan que la jubilación de Ibarra -como la los otros nombres citados- abre una brecha en el PSOE se equivocan de medio a medio. El riesgo que corre Zapatero, no obstante, es el de perder en las urnas Extremadura, Castilla La Mancha o A Coruña. Y con las peculiaridades que el caso requiere, que pierda Cataluña –incluso Barcelona- y regresen al palacio de la Generalitat los nacionalistas de CiU. Si todo eso pasara, sería grave, salvo que tamaño descalabro fuera compensado, al menos, con la Generalitat valenciana, la capital del Turia, el Gobierno autonómico de Madrid y la ciudad de Madrid.

Nada está escrito. Agarrados al mástil de un buque a la deriva, los peperos esperan que el maná les venga del cielo a través de la COPE o de una de las revelaciones de Fátima, formato El Mundo. Si el navío genovés se hunde, porque no reaparece ETA en el horizonte ni aparece en el retrovisor del 11-M, entonces Zapatero consolidará su reinado. Los veteranos jugarán algún partidito amistoso para nostálgicos. Habitualmente, desde la tribuna, aplaudirán encantados a ZP.


Enric Sopena

 
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