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Nº 709 - 25 de septiembre de 2006

Cracovia en septiembre


Recientemente tenía la oportunidad de participar en un seminario patrocinado por el Parlamento Europeo en Cracovia, ciudad llena de recuerdos de dos ilustres alumnos de su Universidad: el Papa Juan Pablo II y Nicolás Copérnico, que revolucionó el conocimiento de nuestro universo al decir que su centro era el Sol y no la Tierra. El proceso de integración europea es también una revolución copernicana, porque ha colocado la cooperación y el derecho en el centro de las relaciones entre Estados en vez de la guerra y la violencia.

Ésta es la gran aportación de la UE a la historia humana. Y en países como Polonia se siente de una manera muy especial porque pocos pueblos han sufrido tanto como el pueblo polaco. Y pocos pueblos han superado con tanto éxito el adverso destino que parecía depararles la Historia.

Pero, pese a su indudable éxito, el proyecto europeo vive momentos de desorientación. Y en Cracovia se constata también que la crisis post referéndum de la Constitución se está viviendo de manera diferente en los antiguos y los nuevos Estados miembros.

En la UE-15 y sobre todo en algunos de los países fundadores, como Francia, la "vieja" Europa, según Rumsfeld, la situación actual se vive aún bajo el efecto del shock que produjo la victoria del no. Ese rechazo reflejaba una desconfianza hacia el proyecto europeo y la crisis de un modelo socioeconómico que contrasta con el boom económico y el dinamismo social que se vive en los países de la Europa Central y Oriental.

Los nuevos Estados miembros parecen querer pasar cuanto antes una página que no creían necesaria escribir y relanzar Europa continuando el éxito de su ampliación al Este. Porque se trata sin duda de un éxito que ha desmentido todas las negras profecías del populismo antieuropeo. Los agricultores polacos no sólo no se han arruinado, sino que su renta media ha aumentado un 75% gracias a las subvenciones europeas. El más lento de los países del Este, Hungría, crece el doble de rápido que la zona euro.

Las opiniones públicas reflejan esta satisfacción. Pero, curiosamente, los gobiernos pro europeos que protagonizaron la adhesión han sido desalojados del poder en casi todas partes, y de manera especialmente tajante en Polonia.

En realidad, la crisis surgida tras el rechazo francés y holandés al Tratado Constitucional y prolongada por la tortuosa negociación de los Presupuestos, ha sido reveladora de otras líneas de fractura que existen en el seno de la UE: relaciones transatlánticas, modelo económico y social y la cuestión de los límites de Europa.
Sobre la primera, las divergencias parecen atenuadas desde la crisis de Iraq, pero con respecto a la segunda las diferencias persisten, y sobre la tercera son cada vez mayores.

Los pueblos al este del Oder son profundamente favorables a un fuerte vínculo con EE UU, condicionante de la política exterior y de seguridad común europea (PESC). Para los ciudadanos de estos países, EE UU y la OTAN siguen siendo los garantes de su seguridad como lo fueron de su l iberación.

La segunda fractura, la del modelo económico y social, les hace aparecer como los importadores del neoliberalismo a la americana. Pero estos países tratan de utilizar sus ventajas comparativas como lo hicimosen los 80 en España, aunque ahora paguemos esa apuesta por sectores intensivos en capital humano y con remuneraciones comparativamente bajas... Pero eso es otra historia.

En realidad, las temidas deslocalizaciones apenas si son responsables de entre el 5-10% de la pérdida de empleos sufrida en Europa occidental, y sólo una pequena parte de las mismas se ha dirigido hacia los nuevos Estados miembros.

Por eso es de lamentar el resultado de las pasadas negociaciones sobre las Perspectivas Financieras 2007-2013: en ausencia de una verdadera solidaridad europea, un Plan Marshall para el Este, los nuevos Estados miembros están jugando con sus ventajas comparativas: una mano de obra barata y muy bien cualificada, un mercado en crecimiento y una fiscalidad ventajosa para atraer las inversiones.

La tercera fractura, las futuras ampliaciones y los límites de Europa, quizás sea hoy la más difícil de gestionar. Mientras que en París o Amsterdam se reclama de manera firme una pausa en el proceso de ampliación, los nuevos Estados miembros son claramente partidarios de continuarlo.

Esa diferente actitud es consecuencia de los diferentes recorridos seguidos por unos y por otros a lo largo de la Historia, y en particular su relación con Rusia.

Por ello, en el fondo, la nueva cuestión heliocéntrica del debate en Cracovia es si las fronteras de la UE deben ser las de la democracia en el continente o las de un proyecto geopolítico propio y diferenciado. Pero, ¿cómo definir los límites de un proyecto político si no se conoce su naturaleza?

José Borrell
* Presidente del Parlamento Europeo

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