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| Nº 709 - 25 de septiembre de 2006 |
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La migración de los muertos
por Miguel Ángel Aguilar Nos falta Luis Carandell, que plasmó su sabiduría en esta materia en su libro Tus amigos no te olvidan en unos momentos en que nos hubiera sido imprescindible. Porque, al hilo de la llamada Ley de la Memoria Histórica anunciada por el Gobierno del presidente Zapatero, ha estallado con toda virulencia la guerra de las esquelas en las páginas de los diarios. Los deudos de quienes fueron asesinados por diversos procedimientos expeditivos a partir del alzamiento de los sublevados el 18 de julio de 1936 han interpretado el proyecto de Ley como el banderazo de salida para rendir testimonio público a las víctimas, después de 70 años de silencio primero obligado y después muy recomendable. De la otra parte, de la de los que después fueron investidos como cruzados, esa publicidad ha producido una reacción muy activa para volver dejar constancia simultánea de otros muertos –tantas veces conmemorados bajo el lema "caídos por Dios y por España, ¡Presentes!"–. Unos muertos que figuran puestos a la cuenta de quienes en distintas formaciones políticas o sindicales procedieron a la aplicación de una peculiar justicia preventiva o a la ejecución de represalias sobre gentes tan inermes como los aludidos en el párrafo anterior. De modo que así, con cruces o sin cruces en distintos formatos, con indicación de las circunstancias de lugar y tiempo y con leyendas explicativas de la barbarie padecida, que en cada caso se atribuye según corresponda a los sublevados o a las hordas más o menos marxistas, día a día va quedando recuperada constancia de estos muertos aún vivientes en el recuerdo de sus parientes, por lo general hijos y nietos. Desde luego, sería del mayor interés el estudio pormenorizado de estas esquelas fúnebres pero mientras llega la oportuna tesis doctoral es muy relevante atender al diario elegido para publicarlas. En la ciudad de Madrid, que es la que tengo más a mano para una observación directa, los muertos a manos de la hueste franquista en las diversas encarnaciones que adoptó de modo sucesivo aparecen de preferencia en las páginas del diario El País, ubicado en el centro derecha del espectro y al que sería de todo punto excesivo considerar heredero de las publicaciones de la izquierda política y sindical. A falta de El Socialista o de Mundo Obrero, de la prensa de la FAI o de diarios afines a la derecha o el centro republicano como Ahora, o Heraldo de Madrid y por exclusión de cualquier otra posibilidad los muertos víctimas de la dictadura han aflorado en el periódico de PRISA. Pero la sorpresa viene del otro lado porque nunca hubiéramos imaginado que los mártires de Paracuellos migraran de su espacio natural en las páginas del diario Abc–el único periódico en el que cabía morirse como Dios manda– para ocupar su lugar en las páginas de El Mundo. Sabemos bien de la infame campaña que en los micrófonos de la Cadena de Radio Episcopal se viene librando contra el diario de la mañana que durante tantas décadas ha sido enseña permanente de la derecha y ahora la migración de los muertos que siempre se consideraron suyos viene a ser la prueba irrefutable de la desafección causada entre lectores que durante generaciones fueron sus incondicionales suscriptores. Falta el cálculo del lucro cesante y del daño emergente. Continuará. |
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