Como en la novela de Ágatha Christie Diez
negritos, van cayendo uno a uno los dirigentes de la vieja guardia. González,
el viejo hiperlíder fue asesinado por prescripción freudiana. El nuevo
dirigente, como nuestros hijos adolescentes, se afirmó negando al padre. Es ley
del poder y de la vida. Su rival en el congreso que le encumbró, José Bono,
cayó víctima de un virus españolista disfrazado de ataque de contrición
familiar. El caudillo manchego había
presentado a Zapatero una dimisión sin fecha y el jefe se lo puso a la vista
cuando lo consideró oportuno; el ministro de Defensa ni se acordaba de aquélla
su elegante oferta de retirada. Las dimisiones en blanco son como el put del
mundo financiero, una letra que el acreedor pone a la vista sin previo aviso y
que hay que pagar cuando se presenta. ZP necesitaba al comando Rubalcaba en Interior para negociar con ETA y
ello exigía el desplazamiento de su paisano José Antonio Alonso a Defensa. El
presidente, como todos sus congéneres, lo reconozcan o no, no soportan a los
Pepito Grillo; lo del Estatut ya lo había pagado ZP, pero no aguantaba que Bono
pusiera mala cara a su apuesta fundamental, la negociación con ETA.
Los negritos han ido cayendo uno a uno.
Pasqual Maragall, que se considera apuñalado como en la novela Los apuñaladores,
de Leonardo Sciacia, murió asesinadito. El catalán ejerció tal influencia sobre
el candidato a la poltrona socialista que llegó a ofrecer a Bono la presidencia
del partido. Esto es lo que me cuenta el manchego para mi libro Las mil caras
de Felipe González: «“Maragall a mí me
hizo una propuesta aquel mismo día del Congreso y me dijo: “Tienes que ser el
presidente del partido”. “No. –le
contesté–. El presidente del partido tiene que tener otra edad”. Y él volvió a
la carga: “Piénsalo, porque los dos juntos nos daría mucha fuerza”. Entonces se
buscó a unos jesuseros –esos que cuando estornuda el jefe siempre dicen
¡Jesús!– que me vienen a decir: “Tienes que ser, tienes que ser”, y ya me tocó
las narices y le replico: “Mira, Maragall, no puedo serlo porque habéis hecho
un modelo de partido que no es el mío (...) Si yo fuera el secretario general
tú no le estabas ofreciendo la presidencia a nadie”. (...) Maragall apoyó a
Zapatero porque en una reunión que tuvo antes conmigo me dice: “Tú a mí, ¿qué me
vas a dar?”; y yo le contesté: “¿Yo a ti?, un disgusto detrás de otro, porque
yo no soy nacionalista”».
La ley del hiperliderazgo manda asesinar
al adversario y, con más urgencia, al aliado, como hiciera González con Guerra
y Aznar con Rodrigo Rato y Francisco Álvarez-Cascos. Las cabezas de Pasqual
Maragall y de José Bono han rodado juntas. Es la ley de la compensación; la
aplicaba Franco con los del Opus y
la Falange, y González, que despidió a Guerra pero
no hizo vicepresidente a Solchaga y se llevó por delante a Jorge Semprún.
La marcha de Juan Carlos Rodríguez
Ibarra, víctima de las secuelas de un infarto –son varios los infartos
provocados por el Estatut– no ha sido dictada por ZP pero no le ha venido mal
para redondear su hiperliderazgo. El Bellotari, título que le honra, ha
explicado que se va voluntariamente. Ha visto la muerte, que es lo que más
enseña sobre la vida, pero también reconocía que éste ya no es su tiempo:
“Zapatero representa
la España
de hoy y nosotros la de ayer, de lo que estamos muy orgullosos porque es
la España que ha heredado”.
Bono me dijo algo parecido: “Mira, Zapatero posee una virtud: es amable y
cariñoso en el trato y no tiene la servidumbre de los que tenemos diez años más
que él”.
El primer mensaje que mandó ZP a la tropa
cuando se sentó en Ferraz fue que se había acabado lo de guerristas y
felipistas. Pero lo que no se había acabado era el poder de los barones, los
caudillos territoriales. De los tres barones que había ya no queda más que uno.
Manolo Chaves empezó suspicaz hasta que, plenamente abducido, se ha convertido
en pieza clave de la nueva era. La fase mórbida del triunvirato, cuando los
barones se constituyeron en la verdadera Ejecutiva, ha sido felizmente
superada. El reparto del poder es clave en la democracia pero en el interior de
los partidos el poder es indivisible, tal como han demostrado Felipe González y
José Maria Aznar. Y cuando no ocurre así, como en el PP actual o como en la
primera etapa del leonés, mala cosa. Zapatero ha conseguido, como en su día Aznar,
el poder absoluto en el partido y el fin de toda discrepancia interna por
pequeña que fuere. Ni siquiera González en su época de esplendor –cuando se decía que él era el poder–, mandaba
tanto.