Nº 708 - 18 de septiembre de 2006

 


La maldad intrínseca del hombre blanco

por Joaquín Leguina


El desastre libanés no ha comenzado ahora con los recientes, desgraciados e injustificables bombardeos israelíes, sino que viene llegando en oleadas sobre este martirizado país desde hace al menos medio siglo. Todo lo allí sucedido (matanzas, guerras civiles, invasión siria, invasión israelí, abundante armamento importado ilegalmente, asesinatos de líderes políticos, secuestros, terrorismo y destrucción sin tregua...), si hemos de atender a lo que piensa y dice una parte contumaz de la izquierda española, de todo aquello, repito, tiene la culpa en exclusiva el hombre blanco. Vale decir en este caso: Israel y quien está detrás de los judíos, los Estados Unidos de América.

El Líbano era un país relativamente próspero, policultural, religiosamente abierto a varia creencias y políticamente pluralista. Y quizá por ello ha sido objetivo y carne de cañón para todo tipo de fundamentalismos y de ambiciones territoriales (de Siria, por ejemplo), que no le han dejado prosperar ni existir como Estado independiente. Pensar que la vecindad de Israel es la única o la principal causante de tal desaguisado es, sencillamente, un pensamiento insostenible desde cualquier punto de vista desde el que se quiera observar el conflicto.

¿Ha sido Israel quien le ha negado al Estado libanés su derecho a detentar el monopolio de las armas dentro de su territorio? Pues no ha sido Israel, sino los señores de la guerra, los fundamentalistas islámicos o los falangistas cristianos, siempre dirigidos por clérigos trabucaires ysiempre dispuestos a llevar el país a la Edad Media, época que tanto añoran estos retrógrados. Y dadas estas realidades, ¿cómo es posible que una parte numéricamente notable de la izquierda se niegue a condenar estas, tan reaccionarias, posiciones y ponga todo su énfasis, toda su buena conciencia en criticar y en execrar como único culpable de todo el desaguisado al hombre blanco, a la única democracia que hay en la región, a Israel? A Israel y, claro está, al Imperio Americano.

No creo, ni de lejos, que Estados Unidos e Israel estén exonerados de cualquier culpa en el desastre social y político de Oriente Próximo, pero hablar del Líbano y de sus problemas sin citar en el discurso ni una sola vez a Hezbolá, como hicieron los portavoces de varios grupos parlamentarios en el Congreso a propósito del envío de tropas españolas hacia aquel país, resulta cínico, necio, sectario o las tres cosas a la vez.

La izquierda no puede vivir en la mentira ni creerse sus propias falsedades sectarias. Tampoco puede adquirir ningún crédito social si se mantiene en la simplificación y en la buena conciencia. Por muy malo que sea el Imperio, no hay poder humano ni demoníaco capaz de causar él solo todos los males que sufre este aperreado mundo. Contemplar la política internacional con esas anteojeras para burros resulta, obvio es decirlo, una insensatez. Aquella sentencia, tan española, según la cual "el enemigo de mi enemigo es mi amigo" no expresa otra cosa que una estupidez, una necedad peligrosa.

Es cierto que el Estado de Israel hareaccionado de una manera desproporcionada y mortífera, llevándose por delante vidas y haciendas, a los ataques y secuestros realizados por los fundamentalistas de Hezbolá, que campaban por sus respetos, armados hasta los dientes, en el sur libanés (contraviniendo, por cierto, una Resolución de Naciones Unidas que ordenaba su desarme). Israel no ha obtenido con ello ningún beneficio en su imagen internacional, pero habrá de admitirse que, desde el punto de vista estrictamente político, ha conseguido alejar de sus fronteras a los de Hezbolá (las tropas de Naciones Unidas se encargarán de ello) y, lo que puede ser más importante, puede estar en condiciones de llegar a una paz duradera con Siria. A cambio, claro está, de devolverle a este último país los altos del Golán, territorio sirio en manos de Israel desde 1967.

Pues bien, durante el debate, al que me he referido más arriba, celebrado en el Congreso español, cuyos votos finales fueron unánimes a favor del envío de las tropas, cualquier observador hubiera llegado a varias conclusiones. La primera: que cada uno cuenta la feria como quiere y se va por los cerros de Úbeda que le apetece (con la excepción del ministro de Defensa, que fue el único que se atuvo a la cuestión y explicó con claridad y concisión los porqués de la presencia española); y la segunda: que muy pocos políticos españoles –de derechas o de izquierdas- a la hora de analizar o de describir aquel doloroso laberinto de Oriente Próximo se atreven a llamar a las cosas por su nombre.


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