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Así de simple
Se le reprocha a Rodríguez Zapatero por éstos y aquéllos –incluso desde el interior de su Gobierno y de su partido– que apenas cultiva la tentación de casi todos los presidentes de transitar cada dos por tres por el escenario internacional. Felipe González y luego José María Aznar fueron jefes de Gobierno viajeros. Da la impresión, por el contrario, que Zapatero prefiere quedarse en Moncloa y que su afición predilecta es la de ubicarse de puertas adentro de España. No es un presidente/ministro de Asuntos Exteriores. O no lo parece.
Claro que Zapatero tiene su peculiar manera de entender la política exterior, no del todo similar a la de su antecesor socialista. González apostó por al atlantismo, de modo que su programa al respecto lo expuso con gran claridad en una de sus visitas a Nueva York, cuando dijo aquello –todavía con la guerra fría bastante caliente y él en la oposición– de que prefería "morir apuñalado en el metro de Nueva York que vivir en Moscú", frase legendaria que admite diversas versiones, pero cuyo sentido último siempre resulta inequívoco, como demostró el referéndum de la OTAN.
Y lo confimaron sus fluidas relaciones con Reagan y, más tarde, con Bush, papá. Cierto es, sin embargo, que la reciente entrevista entre él y el presidente Mahmoud Ahmadinejad, celebrada en Teherán, la capital de la República islámica de Irán, certifica que su apuesta occidental nunca le ha hecho menospreciar otros enfoques ideológicos y socioeconómicos. Felipe González es un pragmático con principios socialdemócratas, más partidario de la negociación y el pacto que del palo y tentetieso.
A Zapatero le tocó en suerte la guerra de Iraq y tanto por intuición como porconvicción optó por plantar cara a Aznar. No se equivocó ni un milímetro a la hora de hacer frente a una coyuntura especialmente delicada. Si hubiera emulado a Blair –al fin y al cabo, laborista–, no sé qué habría sucedido en 2004, pero todos los números de la rifa electoral los hubiera tenido Rajoy. A estas alturas, Zapatero habría vuelto –en el mejor de los supuestos para él– a ser un discreto profesor de Derecho Constitucional.
La obstinación bélica de Aznar fue el talismán de Zapatero para convertirse en ZP. La mayoría de los ciudadanos empezaban a estar hartos del autoritarismo de Aznar, pero la gota que colmó el vaso fue su pésima gestión del 11-M, agazapado tras el engaño e intentando salvar como fuere los comicios generales. O sea, que en parte Zapatero llegó a la Moncloa gracias a un grave episodio internacional. Ello le comportó un enfrentamiento no menor con el emperador de Occidente. Zapatero ha aguantado el tipo y ha hecho cuanto estaba en su mano –con mayor o menor acierto– para resistir con dignidad y coherencia la animadversión del emperador. Al mismo tiempo, ha tenido que espabilarse buscando aliados en otras zonas.
¿Explica este cúmulo de circunstancias la escasa afición que se le atribuye a Zapatero hacia el tablero internacional? Sucede, en todo caso, que Zapatero ha pasado a ser un referente, más allá de las fronteras españolas, de que otra política es posible. La asistencia del secretario de Estado de Exteriores, Bernardino León, a la XIV Cumbre del Movimiento de los No Alineados, en La Habana, ha exasperado a los conservadores. Y es que algunos no quieren asumir que también en política internacional se puede actuar desde la óptica de la derecha o de la izquierda. Así de simple.
Enric Sopena
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