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Nº 708 - 18 de septiembre de 2006

Europa en el Líbano


A punto de partir para el Líbano, y mientras las primeras tropas españolas embarcan hacia el Líbano, reflexiono sobre el papel ambivalente desempeñado por la UE en esta crisis.

Por una parte, es importante y positivo que las fuerzas europeas constituyan el núcleo duro de la fuerza creada por la Resolución 1.701 de la ONU

Además, la presencia europea ha sido solicitada por todas las partes en conflicto. Ello demuestra que Europa tiene credibilidad para mediar en el conflicto, a diferencia de EE UU, lastrado por su apoyo incondicional a Israel.

Pero, por otra, la crisis del Líbano ha demostrado las amplias divergencias que separan a los Estados europeos. Cada uno ha privilegiado sus intereses antes que una acción europea coordinada. En la Conferencia de Roma del 26 de julio la división ya quedó patente entre la exigencia del alto el fuego inmediato y el apoyo del Reino Unido a EE UU para dar tiempo al Ejército israelí.

Esas diferencias no han reforzado el papel de Europa, que sigue teniendo una gran presencia en la zona sin que le haya servido para definir claramente una política.

Sólo el tiempo dirá si esta participación europea en una misión de paz arriesgada en lo militar y en lo político permitirá a la UE convertirse en un actor de peso en la escena internacional. Por el momento ha actuado de forma rápida y coordinada, dando una dimensión claramente europea a las fuerzas de la ONU.

Pero su éxito dependerá de la capacidad de la UE de trascender el papel de guardián de la paz onusiano y resucitar el proceso de paz entre Israel y Palestina.

Mi visita tendrá especial valor simbólico, dado que el pasado 20 de julio, el Parlamento Europeo (PE) fue la primera institución en pedir un alto el fuego en la zona de Líbano, alarmado por la escalada militar y la crisis humanitaria en la zona.

En su último pleno, el PE aprobaba, por amplio consenso, una Resolución donde se considera que ningún alto el fuego podrá ser duradero sin la voluntad política de las partes directa o indirectamente implicadas de abordar las causas profundas de la reciente crisis. Y por ello es positivo que la Resolución 1.701 no se limite a las condiciones para establecer el alto el fuego, sino que se plantea las causas del conflicto mandatando al secretario general Annan para proponer una solución global.

Sobre las ruinas del Líbano se puede intentar hacerlo. Una de las lecciones de esta guerra es que no hay solución militar al conflicto y que ninguna solución unilateral es posible. Nadie ha ganado una guerra que sólo ha generado víctimas inocentes. En particular, Israel debe sacar conclusiones de su incapacidad para destruir Hezbolá y liberar a los dos soldados secuestrados.

Es evidente que la plena aplicación de la Resolución 1.701 requiere una participación constructiva de Siria y de Irán. Y sólo Europa puede intervenir para conseguirlo.

A esta búsqueda de una solución global debiera ayudar la convocatoria de una nueva conferencia de paz internacional, como la que se celebró en Madrid en 1991, en cuya organización debería intervenir activamente la Liga Árabe. De igual manera sorprende que no se haya convocado a ninguno de los órganos gubernamentales del proceso euromediterráneo.

Recordemos que ese proceso nació en Barcelona de la esperanza de paz que generaron los acuerdos de Oslo y se ha visto debilitado por su fracaso. Pero si queremos que sobreviva no puede limitarse a reuniones rituales con un calendario prefijado. Si cuando el Mediterráneo arde en las llamas de la guerra los ministros de Euromed no se reúnen, es difícil creer que queramos hacer del Mediterráneo un área de paz y cooperación.

El debate en el PE reflejó también la preocupación por las normas de intervención de la Finul, que deben ser definidas con claridad, recurriendo si fuera necesario a una nueva Resolución de la ONU que tenga en cuenta las experiencias de anteriores misiones de mantenimiento de la paz, especialmente en BosniaHercegovi na.

Es precisamente su carácter de misión de mantenimiento de la paz, legitimada por una resolución de la ONU, lo que la distingue de la invasión de Iraq, en la que no participaron, o se retiraron o se aprestan a hacerlo, los países europeos, España, Francia e Italia, que suministran ahora el grueso de las tropas que van al Líbano.

Lo cual no quiere decir que no sea una misión de alto riesgo, como han reconocido todos los gobiernos comprometidos con ella. Pero es precisamente asumiendo ese riego como la UE marca la diferencia entre la concepción defendida por el presidente Bush de la guerra contra el terrorismo y el retorno a los fundamentos del Derecho Internacional.


José Borrell
* Presidente del Parlamento Europeo

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