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| Nº 707 - 11 deseptiembre de 2006 |
‘Memoria de la melancolía’, de María Teresa León LA MEMORIA DEL EXILIO Por Josu Montalbán Se cumplen 70 años del Alzamiento
Nacional. Este nombre tan glorioso se atribuyó a la traición militar encabezada
por Franco, que dio lugar a
Los tiempos son otros. Ni los más
pesimistas pueden pensar que se pueden repetir hechos semejantes, pasado tanto
tiempo y modificadas tan drásticamente las circunstancias.
En ese espíritu hemos confluido todos los
españoles hasta que el PP, heredero lógico del régimen franquista, ha esgrimido
sus armas contra el gobierno socialista de José Luis Rodríguez Zapatero. Dichas
armas tienen ciertas semejanzas con las que se levantaron en vísperas del 36
contra el Gobierno legítimamente constituido de
La revisión de aquel tiempo se ha
denominado con un nombre que ha provocado no pocas controversias: Memoria
Histórica. Paralelamente al proceso iniciado, que tiene su máxima expresión en
la aprobación de una Ley en el Parlamento, la opinión pública se ha visto obligada
a debatir sobre lo acontecido. Por eso han surgido libros de análisis,
documentales y películas que han reconstruido los hechos, cada uno desde sus
puntos de vista. La profusión de tales obras obliga a seleccionar entre ellas.
No todas las obras tienen razón ni todas las obras son legítimas.
De cuantas conozco me inclino en este
momento por
¿De quién huían los exiliados? De sus hermanos, de sus vecinos, de sus compañeros de escuela, de sus paisanos. Quienes, como Maria Teresa León, se propusieron perpetuar sus sentimientos del exilio, lo hicieron con un compromiso indeleble: no olvidar nunca, sobrevivir en los espacios de la memoria. Y, cómo no, aquella memoria solo podía ser la de la añoranza y la melancolía, la del recuerdo de lo perdido, de lo que tan bárbaramente les había destruido. Gregorio Torres Nebrera hace en el prólogo una gran disección de la obra. Afirma que Memoria de la melancolía quiso ser no sólo un libro de memorias sino también y sobre todo un libro de testimonios, no una crónica en sí sino “un memorando de lo que fue un pueblo en éxodo, para los que aguardaban en la tierra en que se censuraba la memoria”. Desde luego, no escribieron libros con la
misma profusión quienes se quedaron a malvivir en España tras
Nada es trivial en este libro. Cada alusión a fechas, actos, personas o acontecimientos encierra un propósito. Nada se narra independientemente de lo que provocó que tal hecho tuviera lugar. Nada de cuanto se relata obedece a un mero entretenimiento. Se trata de una fotografía collage, o mejor, de un álbum fotográfico en el que casi la totalidad de los personajes tienen la mirada perdida en otro lugar. En palabras del estudioso Torres Nebrera, “es ante todo la defensa y la resistencia del exiliado y su derecho a que no le quiten la memoria de lo perdido; y simultáneamente la defensa ante el imparable paso del tiempo, la última barricada contra la vejez, que en M. T. León se advierte como sinónimo de desmemoria”. A lo largo del libro se empecina en subrayar la obligada responsabilidad que tienen los exiliados como ella de jamás entregarse al derrotismo del olvido: “Sí, desterrados de España, contad lo que nunca dijeron los periódicos, decid vuestras angustias y lo horroroso que fue la suerte que os echaron encima. Que recuerden los que olvidaron”. Por eso, tampoco hoy es posible el olvido, y sería bello que los españoles no nos diéramos tregua. Sin rencor pero con la inquietud propia de quienes persiguen la verdad: “Escribo con ansia, sin detenerme, tropiezo pero sigo. Sigo porque es una respiración sin la cual sería capaz de morirme. No establezco diferencia entre vivir y escribir”. Hay quienes nos proponen olvidar, quizás porque les produce vergüenza recordar lo que hicieron, o lo que aceptaron sin protestar, o porque se avergüenzan de haber soportado tantas vejaciones. Hay quienes nos conminan a no reabrir viejas heridas sin detenerse a pensar que la herida no ha cicatrizado aún, por tanto no se ha cerrado, porque aún viven muchas personas que sufrieron en sus propios cuerpos y mentes la guerra y la posguerra, porque viven los hijos y nietos de aquellos, que han sufrido las consecuencias. La herida está abierta porque aún hay varias decenas de miles de personas enterradas en las cunetas de las carreteras, bajo las arboledas o al lado de los muros de los cementerios, y todos ellos del bando legítimo, del de los republicanos que admitieron el orden constitucional y trabajaron para que siguiera su andadura. María Teresa León describe la melancolía sumando las añoranzas de quienes, lejos de sus casas, deseaban volver. Ciertamente su libro recoge los testimonios de sus más allegados y cercanos, pero debe hacerse extensivo a quienes también salieron en los múltiples barcos y trenes, arracimados, dejando en España a sus familiares combatientes; debe hacerse extensivo a las mujeres aferradas a sus hijos que preferían no mirar hacia atrás y cubrían las miradas de sus hijos curiosos con sus manos, para que no temieran como ellas temían. El exilio no fue un privilegio de unos pocos. Aunque algunos huyeran del peligro, fueron muchos los que lo hicieron para mantener la memoria de España. España había sido para María Teresa un pueblo nacido a la libertad el 14 de Abril de 1931: “El Duque de Medinaceli tenía cincuenta y cinco mil hectáreas de terreno y en algunos lugares, el valle del Guadalquivir, por ejemplo, la antigua pradera de plata para los árabes, el 72% de la propiedad estaba repartida entre el 5% de los propietarios. Ahora ( en los años 60, cuando lo escribía) no sé cuál será el reparto...”. Así expresaba su pesar la autora. Y así expresaba su esperanza incumplida: “La vieja piel española se enrojeció de pronto. Hemos sido testigos de uno de los movimientos de ascensión de un pueblo, el nuestro. Lo veíamos cada día disciplinarse, ganar batallas; el hombre español iba formándose en los sindicatos, en las minas, en las fábricas, en el campo, en las universidades”. La derecha fascista no participaba entonces del análisis que María Teresa León recoge en el libro. Tampoco la derecha actual comparte aquel análisis. Nada hay tan semejante al Bienio Negro que intentó eclipsar a aquel tiempo como los años de Gobierno de Aznar. Cada vez que algunos historiadores actuales han intentado poner de relieve las virtudes de aquella República, pseudohistoriadores en nómina del PP han salido a combatirlos con reflexiones tan torpes como inconsistentes. Justo es subrayar antes de terminar el importante papel de los intelectuales exiliados en la preservación del Patrimonio Artístico. Varios pasajes del libro se hacen eco de actuaciones en tal sentido. Conforme algunas ciudades iban cayendo en manos de los sublevados, los museos ya habían sido vaciados por los intelectuales y las obras llevadas a buen recaudo, en suma también el arte salió al exilio. Es bello leer este libro, esta Memoria de la melancolía, porque se trata de la expresión de los sentimientos más profundos que puede cobijar la humanidad cuando sufre. María Teresa León relata la nostalgia de modo magistral: la de los exiliados, que bien poco se diferenciaba del sufrimiento de quienes habían quedado en la patria. |