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Lista Al trasluz

Nº 707
11/9/2006

En mayo y, antes, el día de Todos los Santos

La designación de Trinidad Jiménez como candidata a la alcaldía de Madrid, en las elecciones de 2003, no fue una decisión tan inocente, o ligth, por parte del todavía bambi Zapatero, según algunos se apresuraron a subrayar maliciosamente. Produjo la candidatura de Trini un terremoto en el Madrid institucional controlado por el PP. Aznar tomó cartas en el asunto y reaccionó en aquella oportunidad con rapidez y olfato político.

Las encuestas internas de Génova 13 señalaron de inmediato, tras conocerse la apuesta de Trini -entonces una gran desconocida-, que la continuidad de la derecha en el Ayuntamiento madrileño corría serios peligros. Que la opción de Esperanza Aguirre para sustituir a Alvarez del Manzano no garantizaba la victoria conservadora. Aznar pudo comprobar que los sondeos demoscópicos indicaban que sólo GaIlardón podría salvar la situación. Aznar procedió a un rápido movimiento de fichas.

Le pidió a Gallardón, su eterno rival, que renunciara a repetir presidencia en el Gobierno autonómico y que bajara a la arena municipal. Trasladó a Aguirre al ámbito de la Comunidad, aun a riesgo de perder la autonomía. Aznar no se equivocó. Gallardón venció con relativa holgura a Trini, mientras en la Asamblea de Madrid pasó lo que pasó. Lo cierto es que el PP retuvo tanto el Ayuntamiento como la Comunidad madrileña.

Ahora, el ascenso de Jiménez a ministra de Asuntos Exteriores para Iberoamérica -un premio de consolación, aunque relevante, digamos que a lo Clos- ha desatado otro vendaval. En la actualidad ha sido dentro del PSOE y se trata, por el momento al menos, de un pacífico vendaval de expectación y rumorología. ¿Quién será el mirlo blanco con capacidad de derrotar a Gallardón? ¿Está Gallardón tan cuarteado o agrietado como les gustaría a Jiménez Losantos y su tribu mediática? Todo esto no hace más que confirmar la decisiva trascendencia política que corresponde a los ayuntamientos y a las comunidades autónomas. El triunfo espectacular del PSOE, el 28 de octubre de 1982, fue precedido en 1979 de un vuelco hacia la izquierda en la mayoría de ciudades y pueblos. Meses después, en 1983, tuvieron lugar los comicios conjuntos municipales y autonómicos, con algunas excepciones. La marea socialista todavía se extendió más.

Los primeros síntomas del declive, aún lejano, de Felipe González empezaron a notarse en las elecciones, también municipales y autonómicas, de 1987 y en las de 1991. En 1995, el fracaso fue monumental. Sólo tres capitales de provincia mantuvieron la hegemonía socialista: A Coruña, Girona y Barcelona. Luego se ha ido reequilibrando la situación, pero el esplendor de los primeros años de González ha desaparecido en zonas tan emblemáticas como Madrid o la Comunidad Valenciana.

El test de mayo es, por tanto, clave. Aunque a día de hoy parezca difícil -casi imposible- imaginar que Mariano Rajoy pueda vencer a ZP en las generales, los socialistas no terminan de despegar en las encuestas ni consiguen instalarse en un panorama más confortable y más cómodo. El techo del PP es más firme probablemente de lo que algunos pensaban y su giro hacia la resistencia a cualquier precio quizás pueda proporcionar a los conservadores ciertos beneficios electorales.

Que nadie se extrañe o se asombre. En mayo unos y otros se juegan mucho. Pero antes, el próximo 1 de noviembre, los comicios catalanes marcarán tendencia. Máxima atención, pues, este año a la festividad de Todos los Santos. El día siguiente -conviene no olvidarlo- es el de los Fieles Difuntos.

Enric Sopena

 
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