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CafÉ con Naguib Mahfuz
Para siempre conservamos de Naguib Mahfuz el testimonio y el pulso del país que en todo el siglo pasado, especialmente a partir de los años 50, no ha dejado de dar tumbos históricos, con un paisaje urbano demolido y recreado a golpes en una secuencia frenética que apenas explicaba lo que estaba ocurriendo, al sepultar en las nuevas clases, las llamadas las clases emergentes, inevitables de encontrar, con mucho hortera, consumista, corrupto y frívolo, la memoria y lasensibilidad por los sucesos pasados, por muy recientes que fueran. Pero la verdad es que sólo las hospitalarias muchachas cairotas me distrajeron de patear los lugares más antiguos, sórdidos, humildes y abandonados de su ciudad, apropiados para sociólogos, antropólogos y arqueólogos, donde desde luego nunca me topé con esas clases emergentes, sus comportamientos odiosos y sus coches de preferencia alemanes, antes en París que en la Ciudad de los Muertos, como tampoco se cruzaban en las librerías de viejo buscando los libros de Lawrence y Cromer, de Ibrahim Pacha, el general Weygand padre y Butros Ghali abuelo, y los grabados de David Wilkie y David Roberts. Por Naguib Mahfuz, los cafés y lo que escribía, por los libros llenos de polvo en Talat Harb, etc., rememoro ilusionado mi vida en El Cairo, alejado de hoteles y casinos, agradecido por el privilegio de su compañía y su conversación suave, en general con un francés primoroso. Sus recorridos por el pasado de una ciudad en transformación al día siguiente ya estaban fijados en mis propios itinerarios, en los que sí deseaba y provocaba encontrar otras viejas glorias que asimismo los frecuentaban, como los mismos cafés, y que se dejaban caer también por el restaurante Estoril o por L'Atelier. Acabé enterándome de que todos esos antros con personajes consagrados, pero extravagantes y como de otro tiempo, con jóvenes progresistas y vulgares borrachines, repletos de gente rara, en definitiva, eran igualmente y para su mayor interés aún, áreas de observación de agentes de la seguridad del Estado, a veces los más activos en las acaloradas discusiones políticas, que luego informaban de parroquianos y conversaciones y nos tenían debidamente fichados a todos. Descubrirlo, sólo yo porque todos los demás lo sabían, no evitó que repitiera lugares y amigos, ni que mi expediente dejara de engordar en consecuencia. Que me quiten lo bailado. En la mesa de Naguib Mahfuz encontré a Gamal Ghitani, gran escritor, que por entonces publicaba su "Barra-cat", al Príncipe Hassan, magnífico pintor que además tocaba muy bien el piano, una persona exquisita de la Casa Real egipcia que se negó a abandonar el país al proclamarse la República, y un largo etcétera. Pude ver a Naguib Mahfuz años después, convertido ya en gloria nacional indiscutible por su Premio Nobel, en un Cairo que contribuía a rehabilitar porque sus obras figuraban en todos los rincones de la ciudad, incluso en un Khan Al Khalili muy mejorado donde incluso se abrió un café con su nombre, como para rivalizar con el gran café Fissawi. Sus problemas de visión se habían agravado y más se agravó su salud con las cuchilladas que recibiría, lo que no le impidió alcanzar edad muy avanzada, ni publicar sus artículos de vez en cuando en Al Ahram. Nos ha dejado para siempre pero en tierra siguen sus libros sobre ese Cairo que tanto colaboró en recomponer, devolviendo el orgullo a la ciudad llamada la "Madre de todas las ciudades", la "Ciudad victoriosa" y la "Madre del mundo", la de Maimónides, Mohammed Ali , Nasser y, sin afán de comparar, modestia aparte, también la mía en años irrepetibles. Ignacio Rupérez |
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